Thomas M. Disch
Título original: The Genocides
Traducción: Ariel Bignami
© 1965 by
Thomas M. Disch
© 1974 Editorial Sudamericana S.A.
Humberto 1º 545 - Buenos Aires
Edición digital: Daniel Sierras
R6 03/03
Thomas M. Disch nació en
Minnesota, en 1939, Estados Unidos. Fue cajero de un banco, dibujante, sereno
de una casa funeraria. Publicó el primer cuento en 1962 y luego trabajó durante
dos años en una agencia de publicidad, haciendo textos para licores, órganos
eléctricos y Volkswagens. En 1964 dejó la agencia y se fue a vivir a México.
Desde entonces dedica todo su tiempo a escribir y a viajar. Ha residido durante
períodos cortos en varios países de Europa (Inglaterra, España, Italia) y en
Turquía. Auténtico renovador del género, Thomas M. Disch ha publicado, además
de Los genocidas, los siguientes libros: Echo Round His Bones, Mankind Under
the Leash, Camp Concentration, 101 H-Bombs, Under Compulsion, Fun With Your New
Head, White Fang Goes Dingo, 334. Compiló también una antología de
ciencia-ficción política, Bad Moon Rising.
Pasóse la
siega, acabóse el estío,
y no hemos
sido salvados.
Jeremías 8:20
INDICE:
Dos: Deserción
Tres: Un manojo de alegría
Cuatro: Adiós, Civilización Occidental
Cinco: Parientes de sangre
Seis: Día de Acción de Gracias
Siete: Advenimiento
Ocho: El descenso
Nueve: El dulce alimento del
gusano
Diez: Disgregación
Once: Muerte natural
Doce: Fantasmas y monstruos
Trece: ¡Cucú, chag-chag, piu-uí,
tuitú!
Catorce: El ascenso
Quince: Sangre y regaliz
Dieciséis: A salvo
Epilogo: La extinción de la
especie
Uno: El hijo pródigo
Mientras las estrellas más pequeñas y luego las más grandes
desaparecían ante el avance de la luz, la imponente masa de la selva que
circundaba el maizal retuvo un momento la negrura total de la noche. Desde el
lago soplaba una leve brisa que agitaba las hojas del maíz nuevo, pero el
follaje de esa oscura selva no se movía. Ahora la muralla de la selva que daba
al este lanzaba un resplandor verde grisáceo, y los tres hombres que aguardaban
en el campo supieron que el sol había salido, aunque todavía no podían verlo.
Anderson escupió, dando comienzo oficial al día de trabajo,
y emprendió la marcha subiendo la suave cuesta hacia la muralla oriental de la
selva. A cuatro hileras de distancia de cada lado suyo, lo seguían los hijos: a
la derecha Neil, el menor y más corpulento; a la izquierda Buddy.
Cada hombre llevaba consigo dos baldes de madera vacíos.
Ninguno tenía puestos zapatos ni camisa, ya que era pleno verano. Vestían
harapientos pantalones de dril. Anderson y Buddy se cubrían con sombreros de
ala ancha, tejidos con rafia cruda, parecidos a los que en otra época se
vendían en las ferias y parques de diversiones. Neil, que iba sin sombrero, usaba
anteojos para el sol. Estos eran viejos, de armazón roto y arreglado con cola y
una tira de la misma fibra con que estaban hechos los sombreros. Neil tenía un
callo en la nariz, en el sitio donde apoyaba los anteojos.
Buddy fue el último en alcanzar la cima de la colina. Allí
lo esperaba su padre, sonriendo. La sonrisa de Anderson nunca era buena señal.
-¿Sigues dolorido desde ayer?
-Estoy bien. Cuando empiezo a trabajar se me pasa el dolor.
-Buddy está dolorido porque tiene que trabajar -rió Neil-.
¿No es cierto, Buddy?
Era una broma, pero Anderson, cuyo estilo consistía en ser
lacónico, jamás celebraba una broma, y Buddy nunca encontraba mucha gracia en
los chistes de su medio hermano.
-¿No entienden? -preguntó Neil- Dolorido. Buddy está
dolorido porque tiene que trabajar.
-Todos tenemos que trabajar -comentó Anderson, y eso puso
fin al intento de broma.
Iniciaron la tarea.
Buddy retiró un tarugo de un árbol e introdujo en su lugar
un tubo de metal. Bajo el grifo improvisado colgó uno de los baldes. Retirar
los tarugos era difícil, ya que hacía una semana que estaban puestos y se
habían atascado. La savia, al secarse alrededor del tarugo, se pegaba como si
fuera cola. Ese trabajo parecía durar siempre el tiempo suficiente para que se
asentara el dolor -en los dedos, las muñecas, los brazos, la espalda-, pero
nunca para que amenguara.
Antes de que comenzara la terrible labor de trasladar los
baldes, Buddy se detuvo a contemplar la savia que goteaba por el caño hasta
manar en el balde, como miel verde lima. Esta vez salía despacio. A fines del
verano el árbol estaría moribundo, listo para ser derribado.
Visto de cerca, no se parecía gran cosa a un árbol. Tenía la
superficie lisa, como el tallo de una flor. Un verdadero árbol de ese tamaño
habría tenido toda la piel partida bajo la presión de su propio crecimiento, y
el tronco cubierto de áspera corteza. Más al fondo de la selva se podían ver
árboles grandes que, llegados al límite de su crecimiento, habían comenzado a
formar algo semejante a corteza. Por lo menos los troncos, aunque verdes, no
eran húmedos al tacto como aquél. Esos árboles -o Plantas, como las llamaba
Anderson- tenían doscientos metros de alto, y las hojas más grandes eran del
tamaño de pizarrones. Allí, en las orillas del maizal, el brote era más
reciente -no más de dos años- y los más altos alcanzaban apenas a cincuenta
metros. Aun así, tanto allí como más en lo hondo de la selva, el sol que
penetraba el follaje a mediodía era tan pálido como la luna en una noche
nublada.
-¡A ver si se apresuran! -gritó Anderson, que ya estaba en
medio del campo con los baldes llenos de savia.
También los baldes de Buddy rebosaban. ¿Por qué nunca hay
tiempo para pensar? Buddy envidiaba la obstinada capacidad de Neil para hacer
simplemente cosas; para hacer girar la rueda de su jaula sin interesarse
demasiado en su funcionamiento.
-¡Ya va! -contestó Neil desde cierta distancia.
-¡Ya va! -repitió Buddy, agradeciendo que su medio hermano
también se hubiera enredado en sus propios pensamientos, fueran los que fuesen.
De los tres hombres que trabajaban en aquel terreno, sin
duda era Neil quien tenía mejor cuerpo. Fuera de una mandíbula huidiza que daba
una falsa impresión de debilidad, era vigoroso y bien proporcionado. Llevaba
por lo menos diez centímetros de altura a su padre y a Buddy, que eran bajos.
Tenía hombros muy anchos, pecho más amplio y sus músculos, aunque no tan bien
formados como los de Anderson, eran más grandes. Sin embargo, no había economía
en sus movimientos. Cuando caminaba, lo hacía pesadamente; cuando se ponía de
pie, estaba encorvado. Soportaba el esfuerzo de la tarea diaria mejor que Buddy
simplemente porque tenía mejor material con que soportar. En esto era brutal;
pero Neil era peor que brutal, estúpido; y peor que estúpido, era malvado.
Es malvado y peligroso, pensó Buddy, mientras echaba a andar
por la hilera de maíz, con un balde lleno de savia en cada mano y el corazón
rebosante de inquina.
Eso le infundía una especie de vigor, y él necesitaba toda
la fuerza que pudiera reunir, cualquiera que fuese su origen. Había desayunado
liviano; sabía que el almuerzo sería insuficiente y que no habría cena digna de
tal nombre.
Había aprendido que hasta el hambre proporcionaba su propio
tipo de fuerza: la voluntad de arrancar más alimento a la tierra y más tierra a
las Plantas.
Por más cuidado que pusiera, la savia le salpicaba los
pantalones al caminar, y los harapos de tela se le pegaban a la pantorrilla.
Más tarde, cuando hiciera más calor, tendría todo el cuerpo cubierto de savia.
La savia se secaría, y cuando él se moviera, la tela endurecida le arrancaría
uno. por uno los encostrados pelos del cuerpo. Gracias a Dios, lo peor de
aquello ya había pasado -los pelos del cuerpo no son infinitos-; pero todavía
quedaban las moscas que revoloteaban sobre su carne para alimentarse con la
savia. Buddy odiaba las moscas, que sí parecían infinitas.
Una vez llegado al pie de la cuesta, y en medio del campo,
dejó un balde en el suelo y comenzó a nutrir con el otro a las sedientas
plantas nuevas. Cada planta recibía más o menos medio litro del espeso alimento
verde, y con buen resultado. Todavía no era el Día de la Independencia y ya
muchas plantas le llegaban por encima de las rodillas. De cualquier manera, el
maíz habría crecido bien en el generoso terreno lacustre; pero con el alimento
adicional que extraían de la savia robada, las plantas medraban asombrosamente
como si aquello fuera el centro de Iowa en vez del norte de Minnesota. Además,
ese inconsciente parasitismo del maíz servía a otra finalidad, ya que mientras
el maíz crecía, morían las Plantas cuya savia había bebido y cada año se podía
empujar un poco más lejos el límite del sembrado.
Enfrentar así la Planta consigo misma había sido idea de
Anderson, y cada mazorca del campo testimoniaba su sagacidad. Contemplando las
largas hileras, el anciano se sintió como un profeta en presencia de su
profecía cumplida. Ahora lamentaba no haberlo pensado más pronto: antes que se
dispersara su aldea: antes que las Plantas derrotaran su granja y las de sus
vecinos.
Si hubiéramos...
Pero aquello era historia, agua bajo el puente, leche
derramada; y por eso podía esperar algún anochecer invernal en la sala de
reunión, cuando hubiera tiempo para perder en lamentaciones. Ahora, y por el
resto de aquel largo día, había trabajo que hacer.
Anderson miró a su alrededor en busca de los hijos, que se
retrasaban vaciando todavía sus segundos baldes sobre las raíces del maíz.
-¡A ver si se apuran! -gritó.
Después, al reanudar el ascenso por la colina con sus dos
baldes vacíos sonrió con una sonrisa tenue y sin alegría, la sonrisa de un
profeta, y por el hueco entre los dientes delanteros lanzó un fino chorro del
jugo de la Planta que estaba masticando.
Odiaba las Plantas, y ese odio le daba vigor.
Trabajaron, sudando al sol, hasta el mediodía. A Buddy le
temblaban las piernas por el esfuerzo y el hambre. Pero cada viaje bordeando
las hileras de maíz era más corto, y cuando volvía a la Planta había un momento
(cada uno más prolongado que el anterior) en que podía descansar.
A veces, a pesar de que no le agradaba ese sabor vagamente
parecido al anís, metía el dedo en el balde y lamía el agridulce jarabe que,
aunque no nutría, atenuaba un momento lo peor del hambre. Podía haber mascado
la pulpa vaciada del líber del tronco, tal como lo hacían su padre y Neil; pero
"mascar" le recordaba la vida de la cual había intentado escapar diez
años antes, cuando abandonó la granja para irse a la ciudad. Su fuga había
fracasado de modo tan terminante como habían fracasado las ciudades mismas. Al
final, como en la parábola, se habría dado por satisfecho con las vainas que
comían los cerdos, y había regresado a Tassel y la granja de su padre.
Como en la tradición, mataron un ternero cebado, y si su
regreso hubiera sido una parábola, habría tenido un final feliz. Pero era su
vida, y en su fuero interno él seguía siendo un hijo pródigo; y en algunas
ocasiones deseaba haber muerto durante la hambruna en las ciudades.
Sin embargo, en una contienda entre el hambre del vientre y
las variables predilecciones del espíritu, lo más probable es que triunfe el
vientre. La rebelión del hijo pródigo había quedado reducida a palabras
altisonantes y mezquinos remilgos: una obstinada negativa a hablar como los
campesinos, un arraigado desprecio hacia la música rural, un asco de
"mascar" y una abominación por los palurdos, los rústicos y los
patanes. En una palabra, por Neil.
El calor y el cansancio conspiraban en su cuerpo para
encauzar los pensamientos por canales menos turbulentos; mientras contemplaba
inmóvil cómo se llenaban lentamente los baldes, su espíritu rebosaba con las
imágenes recordadas de otros tiempos. De Babilonia, la gran ciudad.
Recordaba cómo de noche las calles eran correntosos ríos de
luz, por donde se deslizaban veloces los coches brillantes y antisépticos.
Pasaban horas y horas sin que el ruido disminuyera ni se atenuaran las luces.
Había cinematógrafos al aire libre para automovilistas, y cuando escaseaba el
dinero, los Castillos Blancos, donde atendían muchachas en shorts. A veces los
shorts tenían en los bordes unos pequeños flecos relucientes que se agitaban
sobre esos tostados muslos.
En verano, mientras los rústicos trabajaban en el campo,
había playas iluminadas, y ahora la lengua reseca se le enrollaba recordando
cómo -en el laberinto de tambores vacíos de nafta que sostenía el trampolín
flotante- habría besado a Irene. O a cualquiera; los nombres ya no importaban
tanto.
Volvió a recorrer la hilera, y mientras alimentaba el maíz,
recordó los nombres que ya no importaban. Oh, cómo abundaban las muchachas en
la ciudad: Si uno se detenía en cualquier esquina, veía pasar centenares en una
hora. Entonces se hablaba incluso de un problema de población. ¡Cientos de
miles de personas!
Recordó las multitudes en invierno, en el caluroso salón
auditorio de la Universidad. El habría ido de camisa blanca. El cuello le
apretaría. En la imaginación, se tocó el nudo de una corbata de seda. ¿Sería
lisa o a rayas? Pensó en las tiendas repletas de trajes y chaquetas. ¡Ah,
cuántos colores había! ¡La música, y después los aplausos!
Pero lo peor de todo, pensó mientras descansaba de nuevo
junto a la Planta, es que ya no queda nadie con quien hablar. La población
total de Tassel era ahora de doscientas cuarenta y siete personas, y de ellas
ninguna, ni siquiera una, podía entender a Buddy Anderson. Se había perdido un
mundo, y ellos ni siquiera se daban cuenta. Nunca había sido el mundo de ellos,
pero sí, brevemente, el de Buddy, y había sido hermoso.
Los baldes ya estaban llenos; Buddy los tomó por las asas y
emprendió el regreso al campo. Por centésima vez en el día pasó por sobre el
gangrenoso bulto de tejido que se había formado sobre la cepa de la Planta
utilizada el año anterior para irrigar aquellas hileras. Esta vez pisó con el
pie descalzo en un tramo de la madera lisa donde había un charco de resbalosa
savia. Cargado con los baldes, no pudo recobrar el equilibrio y cayó de
espaldas, derramándose encima la savia que llevaba. Tendido en tierra, la savia
le corrió por el pecho y los brazos, y los enjambres de moscas se posaron sobre
él.
No intentó levantarse.
-Vamos, no te quedes ahí acostado. Hay trabajo por hacer
-dijo Anderson, mientras tendía una mano, más bondadosa que las palabras, para
ayudarlo a incorporarse.
Cuando agradeció a su padre, la voz le tembló de manera
apenas perceptible.
-¿Te sientes bien?
-Creo que sí -repuso Buddy, con una mueca de dolor al
tocarse el coxis, donde se había golpeado contra un nudo de la madera.
-Entonces ve al arroyo y lávate esa porquería. De todos
modos ya nos íbamos a comer.
Buddy asintió con la cabeza, y asiendo los baldes (era
sorprendente lo automático que se había vuelto el trabajo, aun para él) echó a
andar por un sendero boscoso que conducía al arroyo (que antes, más adentro,
había sido el río Gooseberry) de donde el poblado extraía agua. Siete años
atrás, toda aquella zona -campos, selva y poblado- estaba cubierta por tres a
cuatro metros de agua; pero las Plantas la habían succionado. Aún estaban
haciéndolo, y cada día la Costa Norte del Lago Superior se trasladaba algunos centímetros
más al sur, aunque la retirada parecía hacerse menos rápida a medida que todas
las Plantas, salvo las más nuevas, llegaban al límite de crecimiento.
Se desvistió y se acostó en el arroyo. El agua tibia se
movía lánguidamente sobre sus miembros desnudos, llevándose la savia, la tierra
y las moscas muertas que se le habían quedado pegadas como en papel matamoscas.
Contuvo el aliento e introdujo la cabeza lentamente en el agua hasta dejarla
totalmente sumergida.
Con el agua en los oídos, le llegaban con mayor nitidez
sonidos leves: la espalda que raspaba contra los guijarros del lecho del arroyo
y, más distante, otro sonido, un retumbo sordo que con demasiada rapidez se
convirtió en un golpeteo. Conocía ese ruido, y sabía que no debía estar oyéndolo
allí y en aquel momento.
Levantó la cabeza a tiempo para ver la vaca que corría
directamente hacia él... y a tiempo para que ésta lo viera. Cuando Gracie
saltó, las pezuñas traseras le pasaron a pocos centímetros del muslo. Después
la vaca siguió corriendo hasta internarse en la selva.
Otras la siguieron. Mientras cruzaban el arroyo chapoteando,
Buddy las contó: ocho... once... doce. Siete Herefords y cinco Guernseys; eran
todas.
Resonó en el aire el anhelante bramido de un toro, y
apareció a la vista Studs, el gran Hereford pardo del poblado, con el ondeante
mechón blanco. Miró fijamente a Buddy, con indiferente desafío: pero tenía
tareas más importantes que zanjar viejos agravios, y siguió en pos de las
vacas.
Que Studs hubiera salido del establo era mala noticia, ya
que todas las vacas estaban preñadas y no les haría ningún bien ser montadas
por un toro ansioso. La noticia sería peor aún para Neil, que era responsable
de Studs. Podía significarle una tunda. Esta idea no entristecía demasiado a
Buddy, pero le preocupaba el ganado. Se apresuró a ponerse el overol, todavía
pegajoso de savia.
Antes de que llegara a pasarse las correas sobre los
hombros, Jimmie Lee, el menor de los dos hermanastros de Buddy, salió del
bosque corriendo, tras los pasos del toro. Tenía la cara enrojecida por la
excitación de la búsqueda, y una sonrisa le asomó a los labios cuando anunció
la calamidad:
-¡Studs escapó!
Todos los niños -y Jimmie no era ninguna excepción-
simpatizan de manera demoníaca con lo que causa desorden en el mundo de los
adultos. Les encantan los terremotos, los tornados y los toros escapados.
Buddy comprendió que no convenía dejar que su padre viera
esa sonrisa, ya que en Anderson la secreta simpatía por los poderes
destructivos se había transformado con el tiempo en una austera y solemne
oposición a esos mismos poderes; un empecinamiento magnífico y crudo, tan
despiadado, a su manera, como el enemigo al que se oponía. Nada provocaría esa
crueldad con mayor certeza que ver el rubor de exaltación en las mejillas del
hijo menor y (como se suponía en general) más querido.
-Avisaré a papá -declaró Buddy-. Tú persigue a Studs... Y
los otros, ¿dónde están?
-Clay está reuniendo todos los hombres que pueda encontrar y
Lady, Blossom y las mujeres irán a espantar las vacas del maíz, por si toman
por allí. -Jimmie gritó la información por sobre el hombro, mientras trotaba
por el amplio sendero abierto por la manada.
Jimmie era un buen chico, y de lo más avispado. Buddy estaba
seguro de que en el viejo mundo habría llegado a ser otro hijo pródigo. Era
siempre el más despierto el que se rebelaba. Ahora tendría suerte si
sobrevivía, como todos.
Cumplida la tarea matinal, Anderson contempló el campo y la
aprobó. No cosecharían mazorcas grandes y jugosas, como antes. Habían dejado
las bolsas de simiente hibridizada pudriéndose en los abandonados depósitos del
viejo Tassel. Los híbridos daban el mejor producto, pero eran estériles. La
agricultura ya no podía permitirse tales refinamientos. La variedad que
Anderson estaba utilizando era hereditariamente mucho más cercana al antiguo
maíz indio, el zea mays de los aztecas. Toda su estrategia contra las Plantas
usurpadoras se basaba en el maíz. El maíz había llegado a ser la vida de su
gente: era el pan que comían y también la carne. En verano Studs y sus doce
esposas podían salir del paso con la corteza verde y tierna que los niños
raspaban de los costados de las Plantas, o pastar entre los arbustos junto a la
orilla del lago, pero cuando llegaba el invierno, el maíz sustentaba al ganado
tanto como a los pobladores.
El maíz cuidaba casi tan bien de sí como de los demás. No
necesitaba que nadie removiera la tierra con un arado; solamente un palo
afilado que la arañase, manos que echaran en ella las cuatro semillas y el
puñado de estiércol que sería su primer alimento. Nada rendía tanto por acre
como el maíz; nada como el arroz daba tanto alimento por onza. La tierra era
ahora muy codiciada. Las Plantas ejercían una constante presión sobre los
maizales. Todos los días, los niños más pequeños tenían que salir a buscar,
entre las hileras de maíz, los brotes verde lima, que en una semana podían
crecer hasta el tamaño de arbustos, y en un mes serían tan grandes como arces
adultos.
¡Malditas sean! -pensó-. ¡Que Dios las maldiga! Pero esta
maldición perdía mucho de su vigor debido a la convicción de que Dios las había
enviado. Que otros hablaran del Espacio cuanto quisieran: Anderson sabía que el
mismo Dios colérico y celoso que antes lanzara un diluvio sobre una tierra
corrupta había creado y sembrado las Plantas. Nunca discutía al respecto.
Cuando Dios podía ser tan persuasivo, ¿qué necesidad tenía Anderson de elevar
la voz? Aquella primavera se habían cumplido siete años desde que fueran vistos
los primeros gérmenes de la Planta. Habían llegado de pronto en abril de 1972,
un billón de esporas, invisibles salvo para los más potentes microscopios,
sembradas en todo el planeta por un sembrador igualmente invisible (y ¿qué
microscopio, telescopio o pantalla de radar podría hacer visible a Dios?), y en
pocos días cada centímetro de suelo, sembrado y desierto, jungla y tundra, se
hallaba cubierto por una esplendorosa alfombra verde.
Desde entonces, cada año, a medida que quedaba menos gente,
había más conversos a la tesis de Anderson. Igual que Noé, él reía último. Pero
eso no le impedía odiar, como Noé debe haber odiado las lluvias y las
crecientes.
No siempre Anderson había odiado tanto las Plantas. En los
primeros años, cuando acababa de caer el gobierno y las granjas se hallaban en
su apogeo, salía de noche a ver cómo crecían a la luz de la luna. Era como las
películas aceleradas sobre crecimiento vegetal que había visto años atrás en la
Escuela de Agricultura. Entonces había creído que podría resistirles, pero se
equivocaba. Las infernales hierbas le habían arrancado la granja de las manos,
y el poblado de las manos de su gente.
Pero él; por Dios, la reconquistaría. Hasta el último
centímetro cuadrado. Aunque tuviera que arrancar de raíz cada Planta con sus
propias manos. Escupió significativamente.
En momentos como ese, Anderson era tan consciente de su
propia fuerza, del vigor de su decisión, como un joven es consciente de la
compulsión de su carne o una mujer es consciente del hijo que engendra. Era un
vigor animal; y Anderson sabía que ese era el único vigor lo bastante fuerte
como para prevalecer contra las Plantas.
Su hijo mayor salió de la selva corriendo y gritando. Cuando
Buddy corría, Anderson sabía que algo andaba mal.
-¿Qué dijo? -preguntó a Neil. Aunque no quería admitirlo, el
anciano empezaba a perder el oído.
-Dice que Studs se metió entre las vacas. Me parece que son
tonterías de él.
-Roguemos a Dios que lo sean -replicó Anderson, posando la
mirada sobre Neil como una pesa de hierro.
Ordenó a Neil que fuera al poblado para que los hombres no
olvidaran llevar sogas y picanas en su prisa por perseguir las vacas. Luego,
con Buddy, echó a andar siguiendo el claro rastro dejado por el rebaño. Según
cálculos de Buddy, éste les llevaba unos diez minutos de ventaja.
-Demasiado -comentó Anderson, y echaron a correr, en vez de
trotar.
Correr entre las Plantas era fácil, ya que crecían muy
separadas y el follaje era tan denso que no dejaba crecer maleza. Hasta los
hongos languidecían allí por falta de alimento. Los pocos álamos todavía en pie
estaban podridos hasta la médula, y sólo esperaban un viento fuerte que los
derribara. Los abetos habían desaparecido totalmente, digeridos por el mismo
suelo que antes los alimentara. Años atrás, las plantas habían sustentado
hordas de parásitos comunes, y Anderson había abrigado la firme esperanza de
que las lianas y hiedras destruyeran a sus huéspedes, pero las Plantas
reaccionaron, y fueron los parásitos los que, sin motivo aparente, murieron.
Los gigantescos troncos de las Plantas crecían hasta
perderse de vista, las copas ocultas por su propio y tupido follaje; el verde
suave y viviente de las Plantas era impoluto, intacto; y como todas las cosas
vivas, eran reacias a tolerar otra vida que la suya propia.
Había en aquellas selvas una soledad extraña, malsana; una
soledad más honda que la adolescencia, más despiadada que la prisión. En cierto
modo, pese al floreciente verdor, parecían muertas. Tal vez se debiera a la
ausencia de sonido. Arriba, las grandes hojas eran demasiado pesadas y de
estructura demasiado rígida para ser agitadas por otra cosa que una tempestad.
La mayoría de las aves habían muerto. El equilibrio natural había sido
trastornado a tal punto que incluso animales a los que no se habría supuesto
amenazados habían engrosado las crecientes filas de extintos. En aquellas
selvas las Plantas estaban solas; y la sensación de que eran algo aparte, de
que pertenecían a otro orden de cosas, era ineludible; penetraba en el corazón
del hombre más fuerte.
-¿Qué es ese olor? -preguntó Buddy.
-Yo no huelo nada.
-Parece algo que se quema.
Anderson se sintió movido por una remota esperanza:
-¿Un incendio? Pero en esta época del año no pueden arder.
Están demasiado verdes.
-No son las Plantas; es otra cosa.
Olía a carne quemada, pero no quería decirlo. Sería demasiado
cruel, demasiado irracional perder una de las valiosas vacas en manos de un
grupo de merodeadores.
Disminuyeron el paso de carrera a trote, de trote a un
cauteloso andar acechante.
-Ahora sí lo huelo -susurró Anderson, mientras retiraba de
su pistolera la Colt Python .357 Magnum que era el signo visible de su
autoridad entre los ciudadanos de Tassel. Desde que ascendiera a su alto grado
(formalmente era alcalde del poblado, pero en la práctica mucho más) nunca se
lo había visto sin ella. La potencia de aquella arma como símbolo (ya que el
poblado disponía aún de un buen surtido de armas y proyectiles) se basaba en el
hecho de ser empleada únicamente para la finalidad más grave: matar hombres.
El olor se había hecho muy fuerte cuando, en un recodo del
sendero, hallaron las doce osamentas. Aunque estaban incineradas, hechas
cenizas, los perfiles eran lo bastante claros como para indicar cuál había sido
Studs. También había un montoncito de cenizas más pequeño, cerca de ellos, en
el sendero.
-¿Cómo...? -empezó Buddy; pero en realidad quería decir qué,
ó incluso quién, algo que su padre comprendió con mayor rapidez.
-¡Jimmie! -gritó el anciano, furioso, y hundió las manos en
el pequeño montón de cenizas todavía humeantes.
Buddy apartó la mirada, porque la pena excesiva es como una
borrachera: no era correcto que viera a su padre en ese momento.
Ni siquiera queda carne -pensó mirando las demás osamentas-.
Nada más que cenizas.
-¡Mi hijo! -gritó el anciano-. ¡Mi hijo!
Tenía en la mano un trozo de metal que antes fuera la
hebilla de un cinturón. El calor había fundido los bordes, y el calor que
conservaba el metal quemaba los dedos del anciano. Este no se dio cuenta; su
garganta lanzó un sonido más hondo que un gemido, y volvió a enterrar las manos
entre las cenizas. Luego hundió en ellas la cara y lloró.
Al cabo de un rato llegaron los hombres del poblado. Uno
traía consigo una dala, para utilizarla como picana. Enterraron allí las
cenizas del muchacho, ya que el viento comenzaba a dispersarlas por el suelo;
Anderson guardó la hebilla.
Mientras Anderson oraba sobre la tumba del hijo, oyeron
mugir a la última vaca, Gracie. En cuanto dijeron amén, corrieron tras la vaca
sobreviviente. Todos menos Anderson, que volvió solo a casa.
Les costó mucho alcanzar a Gracie.
Dos: Deserción
Tuvieron que abandonar Tassel, el antiguo Tassel en que
todavía pensaban como su verdadero hogar, la anteúltima primavera. Las Plantas
habían lanzado las simientes (aunque la forma exacta en que lo hacían seguía
siendo un misterio, ya que las Plantas no mostraban la menor señal de flores o
frutos) sobre los campos circundantes con una prodigalidad que había terminado
por doblegar todo esfuerzo humano. Ellos, los humanos, estaban demasiado
dispersos; al construir el poblado, y las granjas que lo rodeaban, no habían
considerado la posibilidad de ser sitiados.
Durante los primeros tres años habían resistido bien -o así
parecía- esparciendo las simientes envenenadas que preparó el gobierno. Cada
año, mientras duró el gobierno y sus laboratorios, fue un veneno nuevo, ya que
la Planta desarrollaba inmunidades casi con tanta rapidez como se inventaban
venenos. Pero aún entonces, los esparcían solamente en los campos. En los
pantanos y junto a la orilla salvaje del lago, en las selvas y a lo largo de los
caminos, las simientes brotaban fuera del alcance de todo enemigo que no fuera
el hacha... y las Plantas eran demasiadas, y las hachas demasiado pocas, para
que esa tarea fuera concebible. Donde crecían las Plantas no había suficiente
luz, suficiente agua, ni siquiera tierra suficiente para otra cosa. Cuando los
antiguos árboles, arbustos y pastos fueron desplazados y murieron, la erosión
asoló la tierra.
A las granjas no, por supuesto; todavía no. Pero en apenas
tres años, las Plantas estaban cubriendo los campos y tierras de pastoreo, y
después fue sólo cuestión de tiempo. De muy poco tiempo, en realidad: las
Plantas mordisquearon, mordieron y, durante el verano de su quinto año,
simplemente dominaron.
Del poblado no quedaba más que aquella sombría ruina. Buddy
hallaba un cierto placer elegíaco en sus visitas allí. Estas tenían incluso un
aspecto práctico: revolviendo entre los restos, con frecuencia podía encontrar
herramientas viejas y metal laminado, hasta libros a veces. En cambio ya había
pasado la época de los comestibles. Hacía mucho que las ratas, y los
merodeadores que llegaban desde Duluth, habían limpiado lo poco abandonado
después del traslado a Nueva Tassel. Por eso renunció a seguir buscando y fue a
sentarse en los escalones de la Iglesia Congregacionalista, que gracias a los
constantes esfuerzos de su padre era uno de los últimos edificios del pueblo
que permanecía intacto.
Recordaba que antes había un roble, un alto roble
arquetípico, a la derecha de la Planta que había atravesado la acera, a orillas
de lo que antes era el parque local. Durante el invierno pasado habían usado el
roble para leña. Y también muchos olmos. Por cierto que olmos no habían
faltado.
Oyó a la distancia la lúgubre queja de Gracie, que era
arrastrada de vuelta al poblado con una soga. La persecución había sido
demasiado para Buddy; las piernas no le respondieron. Se preguntó si la raza
Hereford estaría ahora extinta. Tal vez no, ya que Grade estaba preñada,
todavía era joven, y si paría un ternero habría esperanza para su raza, aunque
fuera una esperanza remota. ¿Qué más se podía pedir que eso?
Se preguntó también cuántos enclaves habían resistido tanto
como Tassel. Durante los dos últimos años, los merodeadores capturados habían
sido el último vínculo del poblado con el exterior; pero llegaban cada vez
menos merodeadores. Era probable que las ciudades hubieran llegado por último a
su fin.
Agradecía el no haber estado presente para verlo, ya que
hasta el pequeño cadáver de Tassel podía causarle melancolía. Nunca habría creído
que pudiera importarle tanto. Antes de la llegada de las Plantas, Tassel había
sido la objetivación de todo cuanto detestaba: pequeñez, mezquindad, ignorancia
deliberada y un código moral tan contemporáneo como el Levítico. Y ahora él la
lloraba como si hubiera sido Cartago caída en manos de los romanos y cubierta
de sal, o Babilonia, esa gran ciudad.
Tal vez lo que lloraba no era el cadáver de ese pueblo, sino
todos los demás cadáveres que lo componían. Antes vivían allí más de mil
personas, todas las cuales, salvo apenas doscientas cuarenta y siete, estaban
muertas. Con qué invariabilidad habían sobrevivido los peores y muerto los
mejores.
Pastern, el pastor congregacionalista, y su esposa Lorraine,
que habían sido bondadosos con Buddy durante los años anteriores a su partida
para la Universidad, cuando la vida había sido una sola disputa prolongada con
su padre, quien quería que fuera a la Escuela de Agricultura de Duluth. Y
Vivian Sokulsky, la maestra de cuarto grado. La única mujer mayor del pueblo con
sentido de humor y una pizca de inteligencia. Y también todos los otros,
siempre los mejores.
Ahora, Jimmie Lee. Racionalmente no se podía culpar a las
Plantas por la muerte de Jimmie. Había sido asesinado, aunque cómo y por quién,
Buddy no lograba imaginárselo. O por qué. Sobre todo, ¿por qué? Sin embargo, la
muerte y las Plantas eran parientes tan cercanos que uno no podía sentir el
aliento de aquélla sin que le pareciera ver la sombra de éstas.
-Hola, desconocido, ¿qué tal?
La voz tenía un marcado timbre musical, como la de una
contralto en una opereta; pero a juzgar por la reacción de Buddy se podría
suponer que había sido una voz áspera.
-Hola, Greta. Vete.
La voz rió con una risa plena y sensual que habría alcanzado
las últimas filas de cualquier platea; y luego apareció Greta en persona, tan
plena y sensual como su risa, que entonces cesó bruscamente. Se detuvo ante
Buddy como si estuviera presentando una demanda ante el tribunal. Prueba A:
Greta Anderson, brazos en jarras y hombros echados atrás, amplias caderas hacia
adelante, pies descalzos plantados en la tierra como raíces. Merecía mejor ropa
que la camisa de algodón que llevaba puesta. Con telas más ricas, colores más
vivos y mejor alimentación, el tipo de belleza que Greta representaba podía superar
a cualquier otro; ahora parecía solamente un tanto demasiado opulenta.
-Apenas si te veo ya. Sabes que somos prácticamente vecinos
de puerta...
-Salvo que no tenemos puertas.
-...y sin embargo, no te veo en toda la semana. A veces creo
que tratas de evitarme.
-A veces lo hago, pero tú misma ves que sin resultado.
Ahora, ¿por qué no vas a preparar la cena a tu marido, como una buena esposa?
Ha sido un mal día en todo sentido.
-Neil está muerto de miedo. Supongo que esta noche lo
azotarán, y yo no pienso estar cerca de casa... ¿o debo decir la carpa?, cuando
vuelva de eso. A su regreso al poblado, acomodó la soga del corral de Studs
para tratar de aparentar que no fue culpa suya, que Studs saltó por sobre la
tranca. Me imagino a Studs saltando una cerca de tres metros de alto. Pero de
nada le sirvió. Clay y otros cinco o seis vieron cuando lo hacía, y ahora lo
único que ganará será que lo azoten un poco más fuerte.
-¡Qué estúpido!
-Lo dijiste tú, no yo -rió Greta, sentándose con fingida
naturalidad en el escalón inferior al suyo-. ¿Sabes, Buddy?, yo también vengo
mucho aquí. Me siento tan sola en el nuevo poblado...; realmente no es un
poblado, se parece más a un campamento de verano, con las carpas y el agua que
hay que traer desde el arroyo. Oh, qué aburrido es. Tú me entiendes. Lo sabes
mejor que yo. Siempre quise ira vivir en Minneapolis, pero primero fue papá, y
después... No necesito explicártelo.
El poblado en ruinas estaba ya bastante oscuro. Un chaparrón
de verano comenzó a caer sobre las hojas de las Plantas, pero apenas unas gotas
penetraron el entoldado. Era como estar sentado bajo el rocío que el viento
traía desde el lago.
Al cabo de un prolongado silencio (durante el cual se
reclinó apoyando los codos en el escalón de Buddy, dejando que el peso de la
cabellera espesa, blanqueada por el sol, le echara atrás la cabeza, de modo que
al hablar contemplaba las lejanas hojas de la Planta), Greta lanzó otra bien
modulada risa.
Buddy no podía dejar de admirar esa risa, que parecía ser
una especialidad de Greta, una nota que otras contraltos no podían alcanzar.
-¿Recuerdas cuando echamos vodka en el ponche, durante la
reunión juvenil que organizó papá, y nos pusimos todos a bailar el twist con
esos discos suyos, tan viejos y espantosos? ¡Ah, fue precioso, tan divertido!
Nadie más que tú y yo sabía bailar el twist. Eso del vodka fue terrible... Papá
nunca supo qué había pasado.
-Según recuerdo, Jacqueline Brewster bailaba bien.
-Jacqueline Brewster es una buena pieza.
Buddy rió, y como esto -era mucho menos habitual en él, la
risa fue áspera y un tanto aguda.
-Jacqueline Brewster está muerta -dijo.
-De veras. Bueno, creo que después de nosotros dos era la
mejor bailarina de estos alrededores. -Al cabo de otra pausa comenzó de nuevo,
con grandes muestras de vivacidad:- Y esa vez que fuimos a la casa del viejo
Jenkins, sobre el Camino Rural B... ¿lo recuerdas?
-Greta, no hablemos de eso.
-¡Pero fue tan divertido, Buddy! Fue lo más divertido del
mundo. Allí estábamos nosotros dos, dándole sobre aquel viejo sofá chirriante a
un kilómetro por minuto, y él arriba, tan dormido que ni siquiera se enteró.
A pesar suyo, Buddy lanzó un resoplido de risa.
-Bueno, era sordo -dijo, pronunciando la palabra a la manera
campesina.
-Ah, nunca volveremos a pasar momentos así. -Cuando se
volvió para mirar a Buddy, algo más que el recuerdo le brillaba en los ojos.-
Qué alocado eras entonces. Nada te detenía. Eras el rey de la comarca, y ¿no
era yo la reina? ¿No lo era, Buddy?
Y tomándole la mano, se la apretó. En otra época las uñas le
habrían cortado la piel, pero ya no tenía uñas, y él tenía la piel más curtida.
Retirando la mano, Buddy se puso de pie.
-Basta, Greta. No conseguirás nada.
-Tengo derecho a recordar. Fue así, no me digas que no. Ya
sé que no es más así. Me basta mirar alrededor para verlo. Dónde está ahora la
casa de Jenkins, ¿eh? ¿Alguna vez trataste de encontrarla? Ya no está,
simplemente desapareció. Y la cancha de fútbol... ¿dónde está? Todos los días
desaparece algo, alguna cosa. El otro día fui a la tienda de MacCord, donde
solían tener los vestidos más lindos del pueblo, por poca que valiesen. No
quedaba nada, ni un botón. Parecía el fin del mundo, aunque no sé; quizá esas
cosas no sean tan importantes. Lo más importante es la gente. Pero todos los
mejores han desaparecido también.
-Sí, es cierto -respondió Buddy.
-Salvo unos pocos. Durante tu ausencia vi cómo ocurría todo.
Algunos, los Douglas y otros, se fueron a las ciudades, pero eso fue sólo
cuando recién comenzaba el, pánico. Volvieron, como tú... los que pudieron
hacerlo. Yo quería irme, pero cuando murió mamá, papá enfermó y tuve que
cuidarlo. Se pasaba el tiempo leyendo la Biblia. Y rezando. Me hacía arrodillar
junto a su cama y rezar con él. Pero como la voz le fallaba entonces, solía
terminar rezando sola. Yo pensaba que a otro le habría parecido raro, como si
le estuviera rezando a papá y no a Dios. Pero ya entonces no quedaba nadie que
pudiera reírse. La risa se había secado, como el río. La estación de radio ya
no funcionaba, salvo el noticiero dos veces por día, y ¿quién quería oír las
noticias? Estaban todos esos tipos de la Guardia Nacional, tratando de
obligarnos a hacer lo que decía el gobierno. A Delano Paulsen lo mataron la
noche en que eliminaron a la Guardia Nacional, y yo no me enteré por una
semana. Nadie quería decírmelo, porque después de tu partida Delano y yo nos
pusimos de novios. A lo mejor no te enteraste. En cuanto papá estuviera en pie,
nos iba a casar a nosotros dos. De veras, lo iba a hacer. Entonces las Plantas
parecían estar por todas partes. Destrozaban los caminos y las cañerías de
agua. La costa del viejo lago era puro pantano, y ya no crecían allí las
Plantas. Todo era tan horriblemente feo. Ahora es lindo, en comparación. Pero
lo peor de todo era el aburrimiento. Nadie tenía tiempo para divertirse. Tú te
habías ido, Delano estaba muerto y papá... bueno, ya puedes imaginártelo. No
debería admitirlo, pero cuando murió, casi me alegré. Aunque en ese entonces
fue cuando eligieron alcalde a tu padre y se puso realmente a organizar a
todos, diciéndoles qué hacer y dónde vivir, y yo pensé: "No habrá lugar
para mí." Pensaba en el arca de Noé, porque papá solía leerme eso a cada
rato. Y pensé: "Se irán sin mí." Tuve miedo. Supongo que todos lo
tenían. También la ciudad debe haber sido espantosa, con toda esa gente
muriéndose. Oí hablar de eso... ¡Pero yo tenía miedo de veras! ¿Cómo explicas
eso? Y entonces tu hermano empezó a venir a visitarme. Tenía unos veintiún
años, y realmente no era mal parecido, según lo ve una muchacha. Salvo la
barbilla. Pero yo pensé: "Greta, tienes posibilidad de casarte con
Jafeth."
-¿Con quién?
-Jafeth. Era uno de los hijos de Noé. ¡Pobre Neil! Quiero
decir que realmente no tuvo otras oportunidades ¿verdad?
-Me parece que ya recordaste bastante.
-Quiero decir que no sabía nada de mujeres. No era como tú.
Tenía veintiún años, apenas tres meses menor que tú, y no creo que pensara
siquiera en mujeres. Más tarde dijo que fue tu padre quien me recomendó.
¡Imagínate! ¡Como si estuviera criando un toro!
Buddy comenzó a alejarse de ella.
¿Qué debía haber hecho? Dímelo. ¿Debí haberte esperado? ¿Con
una vela encendida en la ventana?
-No hace falta una vela cuando se está ardiendo.
Otra vez la risa lírica, pero ahora acompañada por un tono
chillón no disimulado. Se puso de pie y caminó hacia él. Los pechos de Greta,
que antes se notaban flojos, lo estaban perceptiblemente menos.
-Bueno, ¿quieres saber por qué? No. Temes oír la verdad. Si
te lo dijera, no te permitirías creerlo, pero te lo diré igual. Tu hermano es
un montón de carne inútil. Es completa y totalmente incapaz dé moverse.
-Es mi medio hermano -dijo Buddy, casi automáticamente.
-Y para mí es medio esposo.
Greta sonreía de manera extraña; y de algún modo habían
llegado a quedar de pie frente a frente, a centímetros de distancia. Bastaba
con que ella se estirara para que sus labios se tocaran. Ni siquiera lo tocó
con las manos.
-No -dijo Buddy, empujándola para apartarla-. Eso terminó.
Terminó hace mucho. Fue hace ocho años. Entonces éramos niños. Adolescentes.
-Vaya, ¡qué miedoso te has vuelto!
Buddy la abofeteó con tanta fuerza que la derribó al suelo,
aunque es justo decir que ella pareció cooperar y hasta disfrutar del golpe.
-Eso es lo mejor que sabe hacer Neil -dijo, ya sin nada de
la antigua música en la voz-. Y debo decir que, de los dos, él lo hace mejor.
Buddy lanzó una sólida carcajada, llena de buen humor, y se
alejó, sintiendo que se levantaba en él algo de la antigua sangre de semental.
Ah, se había olvidado del ingenio que ella sabía emplear. Es absolutamente la
única que queda con sentido del humor, pensó. Y sigue siendo la más linda...
Tal vez volvieran a reunirse.
En alguna ocasión.
Entonces recordó que no era un día apto para estar de buen
humor; la sonrisa se le borró de los labios, y el semental se aquietó y regresó
al establo.
Tres: Un manojo de alegría
Maryann Anderson tenía algo de ratón. De ratón era el color
de su pelo: un pardo grisáceo sin brillo. Cuando pensaba en otra cosa, tenía
una ratonil tendencia a entreabrir los labios, mostrando unos incisivos más
bien largos y amarillentos. Peor aún: a los veintitrés años tenía un tenue
bigote, como un plumón. Era baja, de no más de un metro cincuenta y cinco de
altura, y flaca: con el pulgar y el dedo medio, Buddy podía rodearle totalmente
el antebrazo.
Hasta sus buenas cualidades eran ratoniles: era animosa,
trabajadora y se contentaba con migajas. Aunque nunca sería una belleza, en
otra época se la podría haber considerado simpática. Era dócil; no se
entrometía.
Buddy no la quería. En algunos momentos, esa misma pasividad
lo enfurecía. En general había estado habituado a algo más. Sin embargo, era
tan difícil hallar defectos a Maryann como encontrar algo que admirar en
particular. Buddy estaba cómodamente seguro de que ella nunca le sería infiel,
y mientras le colmara las necesidades, no le molestaba realmente que Maryann
fuera su mujer.
Maryann, por su parte, no podía devolverle esta
indiferencia. Estaba dedicada al marido como una esclava, y lo amaba sin
esperanzas, como una adolescente. Buddy siempre había podido suscitar una
especie de abnegada devoción, aunque habitualmente había exigido otro tipo de
sacrificio; y sus altares, por así decirlo, estaban teñidos con la sangre de
las víctimas. Pero nunca había intentado ejercer esa influencia sobre Maryann,
quien le había interesado sólo un breve momento, y no por amor sino por
compasión.
Había sido en el otoño del cuarto año después de la llegada
de las Plantas, cuando Buddy recién regresaba a Tassel. Un grupo de
merodeadores, entre ellos Maryann, había logrado llegar desde Minneapolis. En
vez de saquear, habían cometido la tontería de ir al poblado y pedir comida.
Era inaudito. La regla invariable era que los merodeadores fueran ejecutados
(el hambre podía convertir los corderos en lobos), pero en este caso surgió una
pequeña controversia, debido a la aparente buena voluntad de los prisioneros.
Buddy había sido uno de los partidarios de soltarlos, pero su padre -y la
mayoría de los hombres- insistió en la ejecución.
-Entonces, por lo menos respeten a las mujeres -rogó Buddy,
que todavía era un tanto sentimental.
-La única mujer que saldrá en libertad será la que tomes por
esposa -proclamó Anderson, improvisando la ley, como era su costumbre.
Y de manera totalmente inesperada, y por pura terquedad,
Buddy había elegido una de ellas, ni siquiera la más bonita y la hizo su
esposa. Los otros veintitrés merodeadores fueron ejecutados, y eliminados sus
cadáveres.
Aunque Maryann no hablaba si no le dirigían la palabra, en
los tres años de vida en común Buddy había reunido fragmentos de los
antecedentes de ella que bastaban para convencerlo de que no era más
interesante en el fondo que en la superficie.
El padre de Maryann había sido un empleado bancario, poco
más que cajero; y ella había trabajado un mes como taquígrafa antes de que el
mundo se derrumbara totalmente. Aunque había concurrido a la escuela primaria
parroquial, y más tarde a Santa Brígida, donde siguió el curso comercial, su
catolicismo nunca había sido más que tibio, en todo caso, recrudeciendo durante
las fiestas santas. En Tassel pudo adoptar sin escozores la variedad casera y
apocalíptica de congregacionalismo sostenida por Anderson.
Pero la distinción especial de Maryann no era su conversión
de la religión papal, sino el nuevo oficio que había traído a Tassel. Una vez,
casi por casualidad, había seguido un curso nocturno de cestería en la
organización de jóvenes católicos. Algo en Maryann, algo muy fundamental, había
respondido a las simplicidades de aquella antigua artesanía. Experimentó con
los juncos más gruesos y con hierbas del pantano, y cuando comenzó a escasear
todo, Maryann salió por su cuenta, se puso a despojar los troncos verdes y
lisos de las Plantas y a cortar las grandes hojas como rafia. Hasta el fin,
hasta ese día en que el camión del gobierno dejó de aparecer en la ciudad para
el subsidio matinal, siguió fabricando cestas, gorros, sandalias y felpudos de
bienvenida.
La gente pensó que era una tontería, y la misma Maryann lo
consideraba una debilidad. Ni ellos ni ella advirtieron que era lo único que el
pobre ratón había hecho bien, o en lo que hallaba una satisfacción algo más que
pasajera.
En Tassel, la luz de Maryann ya no quedó escondida, por así
decirlo, bajo una pantalla. Su cestería transformó totalmente la vida del poblado.
Después de aquel verano fatal en que las Plantas invadieron los campos, los
pobladores (los quinientos que quedaban) habían recogido todas las pertenencias
que podían llevar consigo y se trasladaron a orillas del Lago Superior, a pocos
kilómetros del río Gooseberry. El lago venía retrocediendo a un ritmo
prodigioso, y en varias zonas el agua estaba a dos o tres kilómetros de la
antigua costa rocosa. Dondequiera que retrocedía el agua, los sedientos
arbustos brotaban, hundían sus raíces y se aceleraba el proceso.
Aquel otoño, y durante todo el invierno, los sobrevivientes
(cuyo número, como el lago, disminuía siempre) trabajaron despejando la zona
más amplia que podrían de veras conservar para sus propios campo el año
siguiente. Luego comenzaron a echar sus propias raíces. La madera era poca,
salvo la que podían saquear del antiguo pueblo. La de las Plantas era menos;
sustancial que el abeto, y casi todos los árboles nativos de la zona estaban ya
secos. Los pobladores tenían arcilla, pero no sabían fabricar ladrillos y hacer
canteras era imposible. Pasaron entonces el invierno en una grane choza de
hierba, cuyas paredes y techo fueron tejidos bajo la supervisión de Maryann.
Fue un noviembre frío y desdichado, pero tejiendo se podía mantener los dedos
calientes. Hubo una semana de diciembre en que el viento llevó los paneles de
la sala común casi hasta el antiguo pueblo. Pero al llegar enero ya habían
aprendido a tejer como para resistir la peor ventisca, y en febrero la sala
común quedó realmente cómoda. Hasta tenía un felpudo de bienvenida en cada
puerta.
Nadie había lamentado jamás haber admitido al avispado ratón
en el poblado. Salvo, a veces, el marido del ratón.
-¿Por qué no hay cena? -preguntó Buddy.
-Estuve todo el día con Lady. Está terriblemente alterada
por lo de Jimmie Lee. Ya sabes que era su favorito. Tu padre tampoco ayudó gran
cosa; se pasó el, tiempo hablando de la Resurrección del Cuerpo. Ya debe saber
que ella no cree lo mismo que él.
-De todos modos hay que comer.
-Lo estoy preparando, Buddy. Lo más rápido que puedo. Buddy,
hay algo que...
-Entonces, ¿papá se siente mejor?
-...quería decirte. Nunca sé qué siente tu padre; está
actuando igual que siempre. Nunca pierde el control. Neil será azotado esta
noche. Supongo que te enteraste.
-Se lo merece. Si hubiera cerrado el portón, no habría
pasado nada.
-¿Qué fue lo que pasó, Buddy? ¿Cómo puede quedar alguien
convertido en cenizas en pleno bosque? ¿Cómo es posible eso?
-No sé qué decirte. No parece posible. Y además esas vacas y
Studs. Siete toneladas de carne convertida en ceniza en menos de diez minutos.
-¿Fue un rayo?
-No, a menos que haya sido el rayo del Señor. Sospecho que
son merodeadores, que han inventado algún nuevo tipo de arma.
-Pero, ¿para qué vana matar vacas? Habrían querido robarlas,
y matar gente.
-No sé qué pasó, Maryann. No me preguntes más.
-Quería decirte algo...
-¡Maryann!
Ella, abatida, volvió a revolver la polenta en la olla de
barro que se calentaba sobre las brasas; al costado, envueltos en chalas, había
tres peces luna pescados esa mañana por Jimmy a orillas del -lago.
En adelante, sin leche ni manteca que agregar a la harina,
tendrían que contentarse con gachas, a veces con un huevo revuelto adentro. Una
de las cosas buenas de estar casada con un Anderson había sido siempre la
comida extra. Especialmente la carne. Maryann no había preguntado demasiado de
dónde venía todo, limitándose a recibir lo que le ofrecía Lady, la esposa de
Anderson.
Bueno -pensó-, todavía hay cerdos, pollos y un lago lleno de
peces. El mundo no ha terminado. Tal vez después de la cosecha los cazadores
lograran traer bastante como para compensar los Hereford. Un par de años atrás,
la caza había sido tan buena que se habló de volverse nómades y seguir a los
animales, como hacían los indios. Después los gamos comenzaron a escasear. Hubo
un invierno de lobos. y osos, y después fue todo como antes. Salvo para los
conejos, que podían comer la corteza de las Plantas. Los conejos eran bonitos,
¡cómo meneaban el hocico! Pensando en los conejos sonrió.
-Buddy, quisiera hablarte de algo -dijo.
Maryann estaba diciendo algo, lo cual era casi un suceso en
sí mismo; pero después de un día así la mente de Buddy no parecía poder enfocar
bien las cosas: Pensaba de nuevo en Greta: la curva de su cuello cuando había
echado atrás la cabeza, en la escalera de la iglesia. La leve protuberancia de
su nuez de Adán. Y los labios. Quién sabe cómo, todavía tenía lápiz labial. ¿Se
lo habría puesto especialmente para él?
-¿Qué dijiste? -preguntó a Maryann.
-Nada. Oh, nada.
Buddy siempre había pensado que Maryann habría sido la
esposa ideal para Neil. Tenía la misma barbilla, la misma falta de humor, la
misma estólida laboriosidad. Ambos tenían dientes delanteras como los de un
conejo o una rata. Neil, que era abyecto ante Greta, no habría reprochado a
Maryann su pasividad. En la cama, con Maryann, Buddy recordaba siempre la clase
de gimnasia del décimo grado, cuando el señor Olsen los obligaba a hacer
cincuenta flexiones diarias. Pero aparentemente, ese aspecto de las cosas no
era tan importante para Neil.
Volver y encontrara Greta Pastern casada con el hermanastro
había sido un golpe. De alguna manera contaba con que ella estaría esperándolo.
Había sido una parte tan importante de aquel Tassel que él abandonara.
Esas primeras semanas la situación había sido delicada en
general. Durante el último año de Buddy en Tassel, Greta y él no habían sido
nada discretos. Su conducta era discutida en todos los mostradores y sobre cada
cerca del pueblo: Greta, única hija del pastor, y Buddy, hijo mayor del
agricultor más rico y severo de todo el distrito. Todos sabían entonces que
Greta pasaba de mano en mano en la familia Anderson, y todos preveían que algo
malo resultaría de eso.
Pero el hijo pródigo que regresaba a Tassel no era el mismo
hijo pródigo que partiera. Entretanto, había pasado hambre hasta perder la
tercera parte del peso; había integrado las cuadrillas gubernamentales de
trabajo obligatorio, y regado con sangre el camino desde Minneapolis a Tassel,
uniéndose a las jaurías humanas o peleando contra ellas según se presentaba la
ocasión. Cuando llegó a Tassel, le interesaba mucho más salvar el pellejo que
levantar las polleras a Greta.
Por eso casarse con Maryann, además de ser un gesto
humanitario, había sido prudente. Buddy casado parecía mucho menos propenso a
turbar la tranquilidad del pueblo que Buddy soltero, y podía cruzarse con Greta
en la calle sin causar una tempestad de comentarios.
-Buddy...
-¡Dímelo más tarde!
-La polenta está lista, nada más.
Qué infeliz, pensó. Pero pasable cocinera. Por lo menos,
mejor que Greta, y eso era un consuelo.
Llevándose a la boca el humeante potaje amarillo, hizo señas
a Maryann de que estaba satisfecho. Después de mirar cómo devoraba dos tazones
de polenta y los tres pescados, ella comió lo que quedaba.
Se lo diré ahora, mientras está de buen humor, pensó. Pero
antes de que lograra pronunciar palabra, Buddy se había levantado y, pisando
fuera de la estera que cubría el piso, se disponía a salir.
-Ya debe ser la hora de los azotes -dijo.
-No quiero verlo. Me enferma.
-Las mujeres no tienen obligación de ir -y con una
semisonrisa para animarla, salió de la casa.
Aunque hubiera sido quisquilloso (y no lo era), habría
tenido que estar presente, como todo hombre del poblado que tuviera más de
siete años. Una buena azotaina podía infundir tanto temor a Dios en los
corazones de los espectadores como en el único corazón a cuyo alrededor se
enroscaba el látigo.
En la plaza, frente a la casa común, Neil ya estaba atado al
poste de castigo, con la espalda desnuda. Buddy fue uno de los últimos en
llegar.
Anderson, látigo en mano, estaba preparado, las piernas bien
abiertas. Su posición era un poco demasiado rígida. Buddy sabía que al anciano
debía costarle mucho seguir actuando como si aquello no fuera sino un error
común, cuestión de unos veinte latigazos.
Cuando Anderson tenía que azotara Buddy o a Neil,
administraba el dolor imparcialmente; ni más ni menos del que habría infligido
a cualquier otro por igual transgresión. Su pulso era tan preciso como un
metrónomo. Pero esa noche, después del tercer latigazo, se le doblaron las
rodillas y cayó al suelo.
Del círculo de espectadores brotó una exclamación ahogada;
luego Anderson volvió a incorporarse. Estaba pálido, y cuando entregó el látigo
a Buddy, la mano le temblaba.
-Sigue tú -ordenó.
Si el viejo le hubiera entregado la pistola, o un cetro,
Buddy no habría quedado más sorprendido.
Maryann lo oyó todo desde el interior de la carpa, mientras
lamía la olla. Cuando hubo una pausa después del tercer golpe, tuvo la esperanza
de que fuera el último. Comprendía, por supuesto, que esas cosas eran
necesarias; pero eso no quería decir que tuviera que gustarle. No era de buena
educación disfrutar cuando alguien era lastimado, aunque no se simpatizara con
él.
Los latigazos recomenzaron.
Deseó que Buddy hubiera dejado más comida. ¡Y ahora, con
todas las vacas muertas, ya no habría más leche!
Trató de pensar qué le diría cuando volviera. Decidió
decirle: "Querido, vamos a tener un manojo de alegría.
Era una expresión muy linda. La había oído por primera vez
en una película, mucho tiempo atrás. Los protagonistas eran Eddie Fisher y
Debbie Reynolds.
Por él, esperaba que fuera varón, y se quedó dormida
preguntándose cómo se llamaría. ¿Patrick, por el abuelo? ¿O Lawrence? Por algún
motivo, siempre le había gustado ese nombre. Joseph era un buen nombre también.
¿Buddy? Se preguntó si habría un San Buddy. Nunca lo había
oído mencionar. Tal vez fuera un santo congregacionalista.
Cuatro: Adiós, Civilización Occidental
El 22 de agosto de 1979, de acuerdo con instrucciones del 4
de julio de 1979, se iniciaron preparativos para la incineración del artefacto
indicado en los mapas como "Duluth Superior". Las condiciones
meteorológicas eran ideales: hacía 17 días que no llovía, apenas habrá humedad
por la mañana. "Duluth Superior" fue dividido en cuatro partes, y
cada una de éstas en res secciones, como se indica en las fotografías adjuntas,
tomadas desde una altura de 1,33 km. La acción comenzó a las 20.34 horas del 23
de agosto de 1979.
Este artefacto fue construido sobre numerosos montículos
bajos de formación natural, topográficamente similares al artefacto “San
Francisco". Aquí, sin embargo, el principal elemento de construcción era
la madera, que arde con rapidez. Se inició el fuego en las zonas más bajas de
cada sección, y la corriente natural de aire ascendente logró tanto como los
dispositivos incendiarios.
Con excepción de las secciones II-3 y III-1, cerca de la
antigua costa del lago (donde, por algún motivo, los elementos del artefacto
eran más grandes y construidos con piedra y ladrillo, en lugar de madera), la
incineración total fue lograda en 3.64 horas. Cuando la tarea en cada parte
quedaba cumplida a satisfacción, el equipo de esa parte era trasladado a las
secciones ll-3 y III-1, las cuales fueron incineradas a las 01.12 horas del 24
de agosto de 1979.
Hubo dos fallas mecánicas en la sección IV-3. La evaluación
de los daños ha sido enviada a la Oficina de Aprovisionamiento, y se adjunta
una copia de la misma. Mamíferos que habitaban en las partes I, II y IV
escaparan a los campos adyacentes, debido a la insuficiencia de equipo y al
terreno abierto. Los cálculos actuales san entre 200 y 340 de los mamíferos
grandes, constructores de las artefactos, y entre 15.000 y 24.000 mamíferos
pequeños, dentro de límites establecidos de posible error.
Todos los insectos parásitos de la madera fueron
exterminados.
Se han iniciado operaciones para rastrear los mamíferos
escapados y otros mamíferos que viven fuera de los límites de "Duluth
Superior", pero el equipo es limitado. (Consúltese Formulario de
Requisición 800-B: 15 de agosto 1979; 15 de mayo 1979; 15 de febrero 19 79)
Con posterioridad ala incineración, se niveló la ceniza en
las concavidades del artefacto, y se iniciaron las operaciones de sembrado el
27 de agosto de 1979.
Basándose en los resultados de muestras tomadas desde el 12
de mayo de 1979 hasta el 4 de julio 1979, esta unidad se puso luego en
movimiento para seguir una ruta a lo largo de la orilla sur del "Lago
Superior". (Consúltese mapa de "Estado de Wisconsin ") El
muestreo habrá indicado que esa zona se hallaba muy densamente poblada con
mamíferos nativos.
Para esta operación se utilizará el obsoleto Modelo
Esferoide 37-Mg, debido a la escasea de Modelos 39 Mg y 45-Mg. Pese a su
volumen, estos modelos son adecuados para exterminar toda vida mamífera que
puedan encontrar. En verdad, tienen mecanismos termotrópicos más desarrollados
que los modelos más recientes. En circunstancias excepcionales, sin embargo, la
operación del Modelo 37-Mg no puede ser asumida sin excesiva demora por el
Depósito Central de Información de esta Unidad.
Se prevé que el posterior proceso de incineración avance con
menor rapidez, ahora que ha sido nivelado y sembrado este artefacto, el último
de los principales. Los artefactos restantes son pequeños, y están muy
separados. Aunque nuestra muestra indica que la mayoría de éstos ya no se
hallan habitados, efectuaremos, según instrucciones del 4 de julio de 1979, su
total incineración.
Finalización aproximada del proyecto: 2 de febrero de 1980.
-¿Qué te parece, querida? -preguntó él.
-Es muy hermoso -respondió ella-. ¿Y lo hiciste sólo para
mí?
-Amor mío, en cuanto a mí concierne, eres la única mujer en
el mundo.
Jackie sonrió con una sonrisa agridulce, la que reservaba
para desastres irremediables. Luego cerró los ojos; no para ocultarse la
escena, sino porque los tenía muy cansados, y se sacudió la ceniza del pelo
corto y rizado.
Jeremiah Orville la estrechó en sus brazos. No hacía frío,
pero parecía el gesto adecuado, como quitarse el sombrero en un funeral.
Sereno, contempló la ciudad que ardía.
Jackie le frotaba la corta nariz en la áspera lana suéter.
-De todos modos esa ciudad nunca me gustó -dijo.
-Nos mantuvo vivos...
-Por supuesto, Jerry. No es ingratitud. Sólo quise decir
que...
-Comprendo. No fue más que mi conocido sentimentalismo, que
vuelve a salirse de quicio.
Pese al calor y a los brazos que la rodeaban, Jackie se
estremeció.
Ahora moriremos. Moriremos, sin lugar a dudas.
-¡Animo, señorita Whythe! ¡A la carga! ¡Recuerda el Titanic!
Jackie rió.
-Me siento como Carmen, en la ópera, cuando da vuelta la
Reina de Espadas. -Tarareó el tema del Destino, y cuando la última nota le
salió demasiado baja murmuró:- En una producción de aficionados.
-No es raro sentirse deprimido cuando el mundo arde
alrededor. -dijo él en su mejor estilo David Niven. Luego, con auténtico acento
del Medio Oeste -: ¡Oye mira! ¡Se acabó el Edificio Alworth!
Jackie se volvió con rapidez, y los ojos oscuros bailaron a
la luz del incendio. El Edificio Alworth, el más alto de Duluth, ardía con
magnificencia. Toda la zona central estaba ahora en llamas. A la izquierda del
Edificio Alworth, el First American National Bank, que empezó más tarde,
llameaba ahora con mayor esplendor aún, por ser más voluminoso.
-Uuuuy -gritó Jackie-. ¡Ooooh!
Habían vivido los últimos años en la bóveda de seguridad
subterránea del First American National Bank. Su valiosa provisión de latas y
frascos saqueados estaba todavía guardada en las cajas de seguridad, y
probablemente el canario estuviera en su jaula, en un rincón. Había sido un
hogar muy acogedor, aunque los visitantes fueron pocos y a la mayoría tuvieron
que matarlos. Tanta suerte no podía durar eternamente.
Jackie lloraba lágrimas verdaderas.
-¿Triste? -le preguntó él.
-Oh, triste no... Sólo un poco fastidiada conmigo misma
porque no lo entiendo. -Aspiró con fuerza y las lágrimas desaparecieron.- Se
parece horriblemente a lo que solían llamar un Acto de Dios. Como si Dios fuera
el origen de todo lo irracional. Me gusta conocer la razón de las cosas.
-Luego, tras una pausa-: Tal vez hayan sido las termitas.
-¡Las termitas! -Al mirarla, incrédulo, vio que en la
mejilla de ella aparecía el hoyuelo delator. Le estaba tomando el pelo. Echaron
a reír juntos.
A la distancia, el Edificio Alworth se derrumbó. Más allá,
en el seco puerto, un barco tendido de costado lanzaba llamas por los ojos de
buey.
Aquí y allá, correteando entre los escombros, se divisaban
mecanismos incendiarios que cumplían su tarea. A esa distancia parecían
realmente muy innocuos. A Jackie le recordaban sobre todo los Volkswagen de
principios de la década del cincuenta, cuando todos los Volkswagen parecían ser
grises. Eran diligentes, pulcros y rápidos.
-Conviene ponerse en camino -dijo él-. Pronto empezarán a
limpiar, los suburbios.
-Bueno, adiós, Civilización Occidental -dijo Jackie,
saludando con la mano aquel resplandeciente infierno, sin temor. ¿Quién podía
temer a un Volkswagen?
Cruzaron en bicicletas la Alameda Skyline, desde donde habían
contemplado la ciudad incendiada. Al llegar a la cuesta, tuvieron que seguir a
pie, llevando las bicicletas, porque la de Orville tenía rota la cadena.
La Alameda, sin reparar desde hacía años, estaba llena de
baches y cubierta de basura. Bajaron del Parque Amity a oscuras, ya que la
colina ocultaba la luz del incendio. Iban lentamente, con los frenos puestos.
Al pie de la colina, una voz femenina les gritó desde la
oscuridad.
-¡Paren!
Saltando de las bicicletas, se aplastaron contra el suelo.
Habían ensayado esto muchas veces. Orville sacó la pistola.
La mujer salió a la vista, los brazos en alto, las manos
vacías. Era bastante vieja -es decir, tenía sesenta años o más- y de actitud
desafiantemente inocente. Se acercó demasiado.
-Es un señuelo -susurró Jackie.
Eso era obvio, pero Orville no pudo determinar dónde estaban
los demás. Por todos lados había. árboles, casas, setos, vehículos detenidos.
Cualquiera de ellos habría sido un refugio adecuado. Estaba oscuro, y el aire
cargado de humo. Mirando el incendio, Orville había perdido, por el momento, su
visión nocturna. Decidido a demostrar igual inocencia, enfundó de nuevo su
arrea y se incorporó.
Cuando ofreció la mano a la mujer para estrechársela, ella
sonrió, pero no se acercó tanto.
-No les conviene pasar la elevación siguiente, hijos míos.
Del otro lado hay no sé qué clase de máquina, creo que algo así como un
lanzallamas. Si quieren les mostraré una salida mejor.
-¿Qué aspecto tiene esa máquina?
-Ninguno de nosotros la vio. Sólo vimos a la gente que ardía
al llegar a la cima de la colina. Espantoso.
No era imposible, ni siquiera improbable; igualmente posible
y probable era que lo estuvieran llevando a una trampa.
-Un momento -dijo a la mujer, y haciendo señas a Jackie de
que permaneciera en su sitio inició el ascenso de la suave cuesta de la colina.
Revolviendo la basura acumulada allí durante años, eligió un listón que debía
haber caído allí de una carga de leña. En medio de la cuesta, se detuvo tras
una de las Plantas que había atravesado el asfalto, y arrojó el listón por
sobre la cresta de la colina.
Antes de alcanzar la parte superior de su arco, el listón
estalló en llamas, que se extinguieron antes de que cayera perdiéndose de
vista. La madera había quedado totalmente consumida.
-Tiene razón, y le agradecemos -dijo Orville, volviendo
junto a la mujer. Jackie se puso de pie.
-No tenemos nada de comer -anunció, menos para la anciana
que para quienes, según suponía, los estaban rodeando. El hábito de desconfiar
era demasiado. fuerte para romperlo en un instante.
-No se preocupen, hijos míos, ya pasaron la primera prueba,
por así decir. En cuanto a nosotros concierne, han demostrado lo que valen. Si
supieran cuántos siguen subiendo... -suspiró-. Me llamo Alice Nemerov, E.D.
Llámenme Alice. -Luego, como si recién se le ocurriera:- Las letras significan
que soy enfermera, ¿saben? Si se enferman, puedo decirles cómo se llama lo que
tienen. Y a veces hasta ayudar un poco.
-Yo me llamo Jeremiah Orville, l.M. Llámeme. Orville. Mis
letras significan que soy ingeniero en minería. Si tiene minas, las observaré
con mucho gusto.
-¿Y usted, hija?
-Jackie Janyce
Whythe, sin letras. Soy actriz,
¡Dios me valga! Como tengo manos Tinas, hacía muchos avisos de jabones. Pero sé
tirar y no tengo escrúpulos, que yo sepa.
-¡Espléndido! Ahora vengan, que les presentaré a los demás
lobos. Somos suficientes para hacer una manada regular. ¡Johnny! ¡Ned!
¡Christie! ¡Vengan todos!
De la estática oscuridad se desprendieron jirones de sombra,
que se adelantaron.
Encantada, Jackie apretó la cintura a Orville, y le tironeó
la oreja para que se inclinara y poder susurrarle:
-¡Sobreviviremos, al fin y al cabo! ¿No te parece
maravilloso?
Era más de lo que habían esperado.
Durante toda su vida, Jeremiah Orville había esperado algo
mejor. Cuando inició los estudios universitarios había esperado llegar a ser
investigador científico. En. cambio, había derivado hasta un puesto cómodo, más
seguro (según parecía) que San Quintín. Había esperado dejar ese puesto y
Duluth en cuanto tuviera ahorrados diez mil dólares; pero antes de haber
reunido la ansiada sumó, o siquiera la mitad, estaba casado y era dueño de una
hermosa casita suburbana (tres mil dólares de entrega inicial, el resto a pagar
en diez años). Había esperado un matrimonio feliz; pero ya entonces (se casó
tarde, a los 30 años) había aprendido a no esperar demasiado. En 1972, cuando
llegaron las Plantas, estaba. a punto de trasladar todas esas acariciadas
esperanzas a los pequeños hombros de su hijo, que tenía cuatro años.
Pero el pequeño Nolan resultó incapaz de soportar incluso el
peso de la propia existencia durante la primera hambruna que castigó a las
ciudades; y Therese duró apenas uno o dos meses más. El se enteró de su muerte
por casualidad, el. año siguiente: la había abandonada poco antes.
Como todos los demás, Orville fingía odiar la invasión (en
las ciudades nunca se la consideraba otra cosa), pero en secreto la disfrutaba,
se gloriaba en ella, no quería otra cosa. Antes de la invasión, Orville se
encontraba en el umbral de una madurez gris y panzona; y de pronto se le
imponía una nueva vida... ¡la vida misma! Aprendió (como cualquiera de los que
sobrevivieron) a ser tan inescrupuloso como los héroes de las historietas que
leyera cuando niño; a veces, tan inescrupuloso como los villanos.
Tal vez el mundo muriera a su alrededor. No importaba; él
volvía a vivir.
Mientras duró, estuvo la embriaguez del poder. No el poder
frío y amortiguado de la riqueza que antes dominaba, sino un tipo de poder más
nuevo (o más viejo) que salía del hecho de poseer la fuerza para perpetuar la
desigualdad extrema. Dicho de modo más directo, había trabajado. para el
gobierno. Primero como capataz de cuadrillas de trabajo obligatorio; más tarde
(apenas unos meses después, ya que el ritmo de los acontecimientos se
aceleraba) como director de todo el funcionamiento laboral de la ciudad. A
veces se preguntaba qué diferencia había entre él, digamos, y un Eichmann; pero
no permitía que las reflexiones interfirieran en el trabajo.
En verdad fue esto, la fuerza de su imaginación, lo que le
permitió advertir que la posición del gobierno era insostenible, y prepararse
de manera adecuada para su derrumbe. No era posible empujar mucho más a los
agricultores, acostumbrados a la independencia y reacios al parasitismo de las
ciudades. Se revelarían y se guardarían el poco alimento que poseían. Sin
raciones, los esclavos de la ciudad (ya que eso eran, por supuesto, esclavos)
se rebelarían o morirían. En cualquier caso, morirían. Por eso, habiendo hecho
clausurar el edificio mediante adecuadas ficciones burocráticas y unos cuantos
sobornos, Orville aprovisionó su fortaleza en el sótano del First American
National Bank y abandonó la vida de funcionario público.
Hubo hasta un romance, que avanzó (a diferencia de su
matrimonio) exactamente como debía avanzar un. romance: un cortejo
vigorosamente disputado; declaraciones extravagantes; fiebres, celos,
triunfos... oh, triunfos incesantes, y siempre el afrodisíaco del peligro:
mortal que impregnaba los callejones y tiendas saqueadas, de la ciudad
moribunda.
Hacía tres años que estaba con Jackie Whythe, y no parecían
más que un fin de semana festivo.
Si esto era cierto para él, ¿no lo sería también para los
demás sobrevivientes? ¿No sentían todos en su corazón esta clandestina alegría,
como adúlteros secreta-, mente juntos en una población desconocida? Debe ser
así, pensó. Debe ser así.
Más allá del Campamento Turístico de la Playa de Brighton,
las Plantas crecían más densas, y la extensión urbana se reducía. El pequeño
grupo fortuitamente reunido había llegado al yermo, donde quizá estuvieran a
salvo. Mientras iban hacia el noreste por la Ruta 61, la tenue luz de la ciudad
incendiada se extinguía a sus espaldas, y el follaje ocultaba la luz, más tenue
aún, de las estrellas. Avanzaban en total oscuridad.
Sin embargo, se movían con rapidez, ya que las Plantas,
aunque habían atravesado el camino donde y querían, no lo habían destruido. No
era lo mismo que si el apresurado grupo hubiera tenido que abrirse paso a
través de uno de los antiguos bosques de arbustos que antes crecían en esos
alrededores: ninguna rama les azotaba el rostro; ninguna zarza les aprisionaba
los pies.
Ni siquiera había mosquitos, ya que las Plantas habían
desagotado todos los pantanos cercanos. Las únicas obstrucciones eran baches
ocasionales, y a veces, donde las Plantas habían roto el asfalto lo suficiente
como para abrir paso a la erosión, una hondonada.
Orville y los demás siguieron la carretera hasta que el gris
resplandor de la mañana penetró la masa selvática al este; entonces viraron
hacia la luz, hacia el lago, que antes era visible para los coches que pasaban
por ese camino. Parecía peligroso seguir más lejos por la Ruta 61, como si no
fuese más que una extensión de la ciudad y sujeta al destino de ésta. Además
tenían sed; y si la suerte los acompañaba, tal vez hasta encontraran peces en
el lago.
Las circunstancias los habían obligado a tomar esa ruta. Con
el invierno por delante, habría sido más sensato ir hacia el sur; pero eso
habría significado circundar la ciudad incendiada, un riesgo que de ningún modo
valía la pena correr. Al oeste no había agua, y al este demasiada. Aunque
disminuido, el Lago Superior seguía siendo una barrera efectiva. Quizá en
alguna aldea de la costa lacustre se conservaran embarcaciones utilizables, en
cuyo caso tal vez pudieran hacerse piratas, como aquella flota de remolcadores
tres años antes, al secarse el puerto de Duluth. Pero la mejor dirección
probable era continuar hacia el noreste siguiendo la costa del lago, saqueando
granjas y poblados y preocuparse por el invierno cuando llegara.
El Lago Superior hormigueaba de peces luna, que preparados
en una fogata de leños llevados por el agua eran sabrosos aun sin sal. Más
tarde el grupo discutió, con algún intento de optimismo, su situación y
perspectivas. No había mucho que decidir: la situación dictaba sus propios
términos. La reunión en realidad no fue tanto una discusión como un certamen
entre los dieciséis hombres para ver quién asumiría el liderazgo. El grupo se
había formado al azar. Salvo las parejas, no se conocían.
(En esos últimos años había habido poca vida social; la
única comunidad que sobrevivió en las ciudades fue la manada, y si alguno de
aquellos hombres había estado antes en una manada, no lo mencionaba ahora.) Ninguno
de los contendientes para el liderazgo parecía inclinado a discutir los
detalles de su propia supervivencia. Tal reticencia era natural y correcta: por
lo menos, no se habían brutalizado tanto como para exultar en su depravación ni
jactarse de sus culpas. Habían hecho lo que tuvieron que hacer, pero esto no
los enorgullecía necesariamente.
Alice Nemerov los rescató de esta dificultad narrando su
propia historia, singularmente libre de circunstancias desagradables, si se
tiene en cuenta todo lo ocurrido. Desde los primeros días de la hambruna había
permanecido en el hospital principal, viviendo en la sala de aislamiento.
Recurriendo a sus habilidades y provisiones médicas, el personal hospitalario
había salido adelante aun de los peores momentos... salvo, aparentemente, en
ese momento último, el peor de todos. Los sobrevivientes eran en su mayoría
enfermeras y practicantes; los médicos se habían retirado a sus casas de campo
cuando, al fracasar el gobierno, la anarquía y el hambre dominaron la ciudad. En
los últimos años, Alice Nemerov anduvo por la ciudad, escudada en su inocencia
y en la certeza de que sus habilidades serían un pasaporte incluso entre los
más perversos sobrevivientes; segura también al saber que estaba mucho más allá
del punto en que podía temer que la violaran. Así había llegado a conocer a
muchos de los otros refugiados, a quienes presentó con aplomo y tacto. Habló
también de otros sobrevivientes, y de los extraños recursos que les habían
permitido salvarse de morir de hambre.
-¿Ratas? -preguntó Jackie, tratando de no parecer demasiado
delicada en su asco.
-Ah, sí, hija mía; muchos las probamos. Admito que fue
sumamente desagradable. -Varios de los oyentes movieron la cabeza asintiendo.-
Y también había caníbales, pero eran pobres almas llenas de remordimiento, y no
lo que se podría imaginar en un caníbal. Siempre estaban patéticamente ansiosos
por hablar, ya que vivían muy solos. Afortunadamente nunca me encontré con uno
de ellos cuando estaba hambriento; si no tal vez opinaría de otro modo.
A medida que el sol se acercaba al mediodía, el cansancio y
la mera contigüidad hizo que los demás bajaran la guardia y hablaran del pasado
propio. Orville comprendió por primera vez que no era el monstruo de iniquidad
que a veces había creído ser. Aun cuando reveló haber sido capataz en las
cuadrillas de trabajo gubernamentales, los oyentes no se mostraron
escandalizados ni hostiles, a pesar de que muchos habían sido reclutados para
ellas en algún momento. La invasión los había convertido a todos en relativistas:
tan tolerantes de los usos y costumbres de los demás como si hubieran sido
delegados en una convención de antropólogos culturales:
Hacía calor y necesitaban dormir. La caída de las barreras
de la soledad les había cansado los espíritus casi tanto como el pantano los
cuerpos.
El grupo apostó centinelas, pero uno de ellos debió haberse
quedado dormido. La oportunidad para resistirse pasó antes de que fuera
advertida.
Los agricultores -los huesos tan mal cubiertos de carne como
esa carne de harapiento dril- los superaban en número de tres a uno; y mientras
los lobos dormían (¿quizás sería mejor decir corderos?) habían podido confiscar
la mayor parte de las armas e impedirles el uso de las demás.
Con una sola excepción: Christie, a quien Orville había
creído que podría llegar a estimar, logró balear a un agricultor, un anciano,
en la cabeza. Lo estrangularon.
Todo sucedió con suma rapidez, pero no demasiada como para
que Jackie no alcanzara a besara Orville por última vez. Cuando la arrancó de
su lado, brutalmente un joven agricultor que parecía mejor alimentado que la
mayoría, ella sonreía con la sonrisa agridulce especial que reservaba
precisamente para ocasiones como esa.
Cinco: Parientes de sangre
Esa noche, Lady arropó a Blossom en su cama como si todavía
fuera la hijita pequeña. Al fin y al cabo, tenía apenas trece años. Afuera, los
hombres seguían en lo suyo. Era terrible; ojalá hubiera podido dejar de oírlos.
-Quisiera que no tuvieran que hacer eso, mamá -susurró
Blossom.
-Es inevitable, querida. Un mal inevitable. Esa gente no
habría vacilado en matarnos. ¿Estás abrigada bajo esa manta liviana?
-Pero ¿por qué no los enterramos, simplemente?
-Tu padre sabe lo que hace, Blossom. Estoy segura de que lo
apena tener que hacer esto. Recuerdo que tu hermano Buddy... -Lady siempre se
refería al hijastro como si fuera hermano de Blossom y Neil, pero nunca podía
olvidar que esto era, en todo caso, una verdad a medias, y vaciló al decirlo-
...antes pensaba lo mismo que tú.
-No estuvo aquí esta noche. Se lo pregunté a Maryann y me
dijo que había ido al campo oeste.
-Para vigilar por si llegan otros merodeadores. -El
constante chirriar de afuera penetraba a través del tejido liviano de las
paredes, y flotaba en el aire. Lady apartó un mechón de pelo canoso, y acomodó
los rasgos en algo parecido a la severidad.- Ahora tengo que hacer, querida.
-¿Puedes dejar la luz?
Blossom sabía que no debía quemar combustible sin razón; ni
siquiera ese combustible, extraído de la Planta. Sólo quería ver hasta dónde
podía llegar.
-Sí -concedió Lady (porque no era una noche cualquiera)-,
pero mantenía muy baja.
Antes de cerrar la cortina que separaba la cama de Blossom
del resto de la sala común, le preguntó si había dicho sus oraciones.
-¡Oh, mamá!
Lady bajó la cortina sin aprobar ni reprochar a la hija por
la ambigua protesta. Sin duda su marido habría visto en ella algo impío, y
digno de castigo.
Lady no podía evitar una sensación de complacencia al ver
que Blossom no era tan impresionable (y si la muchacha tenía un defecto, era
ese) como para adoptar con demasiado fervor o demasiado temor el calvinismo
feroz e irracional del padre. Lady pensaba que si había que portarse como
infieles, era pura hipocresía hacerse pasar por cristianos. A decir verdad,
dudaba mucho de que existiera el dios a quien oraba su esposo. Si existía,
¿para qué rezarle? Había tomado su decisión muchos eones antes. Era como los
antiguos dioses aztecas que exigían sacrificios de sangre sobre los altares de
piedra. Un dios celoso y vengativo; un dios para primitivos; un dios
sangriento. ¿Qué texto del Evangelio había elegido Anderson el domingo
anterior? Uno de los profetas menores. Pasando las páginas de la Biblia del
marido, Lady lo encontró en Naúm: "Dios es celoso, y el Señor se venga; el
Señor se venga, y está furioso, el Señor tomará venganza de sus adversarios, y
reserva la ira para sus enemigos." ¡Ah, ese era Dios de pies a cabeza!
Cuando la cortina estuvo baja, Blossom se deslizó fuera del
lecho y oró con obediencia. Gradualmente, sustituyó las fórmulas aprendidas de
memoria por sus propios pedidos: primero, beneficios impersonales (que la
cosecha sea buena, que los próximos merodeadores tengan más suerte y escapen);
después, favores más delicados (que el pelo le creciera más rápido, para poder
rizarlo de nuevo; que los pechos se le llenaran un poco más, aunque ya eran
bastante plenos para su edad, por lo cual agradecía). Por último, mientras se
acomodaba de nuevo en la cama, reemplazó estos pedidos formales por meras
ilusiones, y añoró las cosas que ya no existían o que no existían todavía.
Cuando se durmió, la maquinaria de afuera seguía chirriando.
La despertó algo, un ruido. La lámpara lanzaba todavía un
poco de luz.
-¿Qué hay? -preguntó soñolienta.
Su hermano Neil estaba a los pies de la cama, con el rostro
extrañamente vacío, la boca abierta y la barbilla floja. Aunque parecía verla,
ella no pudo interpretar la expresión de aquellos ojos.
-¿Qué hay? -volvió a preguntar con mayor nitidez.
El hermano no le contestó ni se movió. Vestía los pantalones
que había llevado puestos todo el día, y que estaban manchados de sangre.
-Vete, Neil. ¿Para qué me despertaste?
Neil movió los labios, como dormido, y con la mano derecha
hizo varios ademanes como subrayando las palabras silenciosas del sueño.
Blossom se cubrió con la manta hasta la barbilla, se sentó en la cama y gritó,
aunque sólo se proponía decirle que se fuera. con voz un poco más alta, para
que la oyera.
No tuvo que gritar más que una vez, ya que Lady tenía sueño
liviano.
-¿Tienes pesadillas, hija? Neil, ¿qué haces aquí?
-No dice nada, mamá. Se queda allí parado sin contestarme.
Lady tomó por el hombro al hijo mayor -ahora que Jimmie
estaba muerto, su único hijo- y lo sacudió con fuerza. Los movimientos de la
mano derecha se hicieron más enfáticos, pero la mirada pareció volverse menos
fija y abstraída.
-¿Eh? -masculló Neil.
-Neil, vuelve junto a Greta, ¿oyes? Greta te espera.
-¿Eh?
-Estuviste sonámbulo... o no sé qué. Ahora vete.
Ya lo había apartado de la cama y dejado caerla cortina,
ocultando a Blossom. Tardó unos minutos más en acompañar a Neil hasta la
puerta, antes de volver junto a la temblorosa Blossom..
-¿Qué quería? ¿Por qué...?
-Está alterado por lo que pasó esta noche, querida. Todos
están nerviosos. Tu padre salió a caminar y todavía no volvió. Son nervios,
nada más.
-Pero ¿por qué vino?
-Quién sabe por qué hacemos lo que hacemos en sueños. Ahora
será mejor que te vuelvas a dormir. Sueña tus propios sueños, y mañana...
-Es que no entiendo.
-Ojalá tampoco Neil entienda, linda. Y mañana, ni una
palabra de esto a tu padre, ¿comprendes? Tu padre está muy alterado
últimamente, y es mejor que mantengamos esto en secreto. Sólo entre nosotras
dos. ¿Me lo prometes?
Blossom asintió y Lady la arropó en el lecho. Luego volvió a
su propia cama y esperó el regreso del marido. Aguardó hasta la madrugada,
mientras afuera continuaba sin cesar el monótono chirrido de la máquina de
hacer salchichas.
Despertar era doloroso. La conciencia era conciencia del
dolor. Moverse era doloroso. Era doloroso respirar:
Del dolor entraban y salían, remolineando, figuras de
mujeres: una anciana, una muchacha, una hermosa mujer y otra muy vieja. La
mujer hermosa era Jackie, y como Jackie estaba muerta, sabía que era una
alucinación. La mujer muy vieja era la enfermera, Alice Nemerov, E.D. Cuando
aparecía ella el dolor aumentaba, por eso sabía que debía ser real. Le movía
los brazos y, peor, la pierna. Basta, pensaba. A veces quería gritar. La odiaba
por estar viva, o porque le causaba dolor. Al parecer, también él vivía. De lo contrario,
¿sentiría aquel dolor? ¿O acaso el dolor lo mantenía vivo? Oh, basta. A veces
podía dormir. Eso era mejor. ¡Ah, Jackie! ¡Jackie! ¡Jackie!
Pronto el hecho de pensar fue más doloroso que cualquier
otra cosa, incluso que le movieran la pierna. No podía aliviar ni disminuir ese
dolor, como tampoco el anterior. Permanecía tendido allí, mientras entraban y
salían las tres mujeres -la vieja, la muchacha y la muy vieja-, pensando.
La muchacha le habló.
-Hola, ¿qué tal se siente hoy? ¿Puede comer esto? No podrá
comer nada si no abre la boca. ¿Quiere abrir la boca? ¿Un poquito? Así... muy
bien. Se llama Orville, ¿verdad? Yo me llamo Blossom. Alice nos contó todo
acerca de usted. Es ingeniero en minas. Debe ser muy interesante. Yo estuve en
una caverna, pero nunca vi una mina. A menos que se llame minas a los pozos de
hierro. Pero no son más que agujeros. Abra un poco más... muy bien. En
realidad, por eso papá... -Se interrumpió.- Pero no debería hablar tanto.
Cuando esté mejor, podremos tener largas charlas.
-Por eso papá ¿qué? -preguntó él. Hablar dolía más que
comer.
-Por eso papá dijo que... que no lo... quiero decir que
tanto usted como la señorita Nemerov están vivos, pero tuvimos que...
-Matar.
-Sí, a todos los demás, tuvimos que hacerlo.
-¿A las mujeres también?
-Es que tuvimos que hacerlo, ¿entiende? Papá lo explica
mejor que yo, pero si no lo hiciéramos, vendrían los demás, muchos, todos
juntos, y están muy hambrientos, y no tenemos comida suficiente, ni siquiera
para nosotros. El invierno es tan frío. Lo comprende, ¿verdad?
Orville no dijo nada más durante algunos días.
Era como si todo ese tiempo hubiera vivido solamente para
Jackie, y desaparecida ella no tuviera ya necesidad de vivir. Estaba vacío de
deseo para cualquier otra cosa que no fuera dormir. Cuando ella vivía, él no se
había dado cuenta de que Jackie significaba tanto para él, de que algo pudiera
significar tanto. Jamás había sondeado la medida de su amor. Podía haber muerto
con ella; intentó hacerlo. Solamente el dolor del recuerdo podía aliviar el
dolor de la pena, y nada podía aliviar el dolor del recuerdo.
Quería morir. Se lo dijo a Alice Nemerov, E.D.
-Tenga cuidado con lo que dice, o le harán el gusto -le
aconsejó ella-. No confían en nosotros dos... Ni siquiera deberíamos estar
conversando; creerán que complotamos. Y será mejor que procure reponerse. Coma
más. No les gusta que esté acostado sin trabajar. Sabe quién le salvó la vida,
¿verdad? Fui yo. Fue un tonto al dejar que le rompieran una pierna. ¿Por qué no
quiso hablar? Sólo querían saber su profesión.
-A Jackie la...
-No fue distinto para ella que para los demás. Ya vio las
máquinas. Pero tiene que dejar de pensar en ella.
Usted; usted tiene suerte de estar vivo. Punto.
-¿Quién es la muchacha que me alimenta?
-La hija de Anderson. Es el que manda aquí. Ese viejo
fornido con cara de constipado. Tenga cuidado con él. Y con su hijo, el
grandote; es peor. -Lo recuerdo aquella noche... Recuerdo sus ojos. -Pero la
mayoría aquí es como usted y yo. Salvo que están organizados. No son mala
gente: hacen lo que tienen que hacer, nada más. Por ejemplo Lady, la madre de
Blossom, es una excelente mujer. Ahora debo irme; coma más.
-¿Por qué no come más? -lo regañó Blossom-. Debe recuperar
la fuerza.
El hombre tomó de nuevo la cuchara.
-Eso es -Blossom sonrió. Cuando sonreía, en la mejilla
pecosa le aparecía un profundo hoyuelo; por lo demás era una sonrisa vulgar.
-¿Qué es este sitio? ¿Solamente su familia vive aquí?
-Es la sala común. La tenemos solamente para el verano,
porque papá es alcalde. Más tarde, cuando hace frío, toda la población se
traslada a este sitio. Es terriblemente grande, más de lo que se puede ver
desde aquí, pero igual queda repleta. Somos doscientos cuarenta y seis...
cuarenta y ocho con usted y Alice. ¿Podrá tratar de caminar mañana? Buddy, que
es mi hermano, mi otro hermano, le hizo una muleta. Le gustará Buddy... Cuando
recobre la salud se sentirá mejor... quiero decir, estará más contento. leo
somos tan malos como cree. Somos congregacionalistas, ¿y usted?
-Yo no.
-Entonces no tendrá inconveniente para ingresar. Pero no
tenemos un verdadero pastor desde que murió el reverendo Pastern, que era el
padre de mi cuñada, Greta... Ya la vio, es nuestra belleza. Papá siempre fue
importante en la iglesia, de modo que al morir el reverendo, lo reemplazó
naturalmente. Sabe pronunciar buenos sermones, no vaya a creer. En realidad es
un hombre muy religioso.
-¿Su padre? Me gustaría oír un sermón de esos.
-Ya sé lo que piensa, señor Orville. Por lo que les ocurrió
a los demás, piensa que papá es malo. Sin embargo, él no es cruel
deliberadamente. Hace lo que tiene que hacer, nada más. Lo que hizo fue un mal
necesario. ¿Por qué no come más? Pruebe. Le contaré algo sobre papá, y entonces
comprenderá que no ha sido justo con él. Un día del verano pasado, a fines del
verano, el toro escapó y se puso a perseguir a las vacas. Jimmie Lee, que era
su hijo menor, salió a buscarlas. Era algo así como el benjamín de papá, que le
tenía mucho afecto, aunque procuraba no demostrarlo ante los demás. Cuando papá
los encontró, Jimmie Lee y las vacas estaban todos quemados, como dicen que
ocurrió en Duluth. Ni siquiera quedaba un cadáver que llevar a casa, nada más
que cenizas. Papá casi enloqueció de pena, frotaba la cara con esas cenizas y
lloraba. Después procuró conducirse como si nada hubiera pasado... Pero esa
noche, más tarde, no pudo más y se echó a llorar y sollozar de nuevo, y se fue
solo hasta la tumba, donde lo había encontrado, y se pasó dos días allí
sentado. Tiene sentimientos muy profundos, aunque casi nunca lo demuestra.
-¿Y Neil? ¿También es así?
-¿A qué se refiere? Neil es mi hermano.
-Es el que me interrogó aquella noche. A mí y a otras
personas a quienes conocía. ¿También él es como su papá?
-De esa noche no sé nada. No estuve allí. Ahora debe
descansar. Piense en lo que le dije: Y procure olvidar esa noche, señor
Orville...
Crecía en él un deseo y voluntad de sobrevivir; pero a
diferencia de cualquier otro deseo que abrigara hasta entonces, aquel era un
brote canceroso, y la fuerza que infundía a su cuerpo era la fuerza del odio.
Ansiaba apasionadamente, no vivir, sino vengarse: por la muerte de Jackie, por
su propia tortura, por toda aquella horrible noche.
Hasta entonces nunca había sentido mucha simpatía por los
vengadores. Las premisas básicas de la venganza sangrienta le habían parecido
siempre bastante improbables, como el argumento de Il Trovatore; por eso al
principio le sorprendió encontrarse obsesionado de manera tan exclusiva por un
solo tema: la muerte de Anderson, la agonía de Anderson, la humillación de
Anderson.
Al principio satisfacía la imaginación ideando muertes para
el anciano; después, a medida que sus fuerzas aumentaban, a esas muertes se
agregaron torturas, que finalmente desplazaron por entero a la muerte. Las
torturas podían ser prolongadas, en tanto que la muerte era un foral.
Pero Orville, que había probado la hiel más amarga, sabía
que más allá de cierto límite no se puede aumentar el dolor. Deseaba que
Anderson soportara los sufrimientos de Job. Quería llenar de cenizas el cabello
del anciano, aplastarle el espíritu, arruinarlo. Recién entonces le dejaría
saber que él, Jeremiah Orville, había sido el agente de su humillación.
Por eso, cuando Blossom le contó la angustia del viejo por
lo sucedido a Jimmie Lee, comprendió lo que debía hacer. ¡Si lo tenía ante los
ojos!
Blossom y Orville caminaron juntos hasta el maizal. Tenía la
pierna curada, aunque probablemente cojeara para siempre. Ahora, por lo menos,
podía cojear solo, sin otra muleta que Blossom.
-¿Y ese es el maíz que nos alimentará todo este invierno?
-preguntó él.
-Es más de lo que realmente necesitamos. Una gran parte era
para las vacas.
-Supongo que, si no fuera por mí, usted estaría cosechando
junto con los demás...
Durante la cosecha, era costumbre que las ancianas y las
muchachas más jóvenes se ocuparan de las tareas del poblado, mientras las
mujeres más fuertes iban al campo con los hombres.
-No, soy demasiado joven.
-Oh, vamos. Tiene por lo menos quince años.
-Lo dice por decir -rió Blossom-. Tengo trece. Recién el 31
de enero cumpliré catorce.
-Nunca lo habría dicho. Está muy bien desarrollada para
trece años.
Ella se ruborizó antes de preguntar:
-Y usted, ¿cuántos años tiene?
-Treinta y cinco.
Era mentira, pero sabía que podía hacerla pasar por verdad.
Siete años antes, a los treinta y cinco, había parecido más viejo que entonces.
-Soy lo bastante joven como para ser su hija, señor.
Orville.
-Por otro lado, señorita Anderson, usted es casi lo bastante
grande como para ser mi esposa.
Esta vez ella enrojeció con mayor violencia aún, y se habría
marchado de no haber sido porque él necesitaba su apoyo. Era la primera vez que
iba solo tan lejos. Se detuvieron para que descansara.
Salvo por la cosecha, resultaba difícil advertir que era
otoño. Las Plantas no cambiaban de color según las estaciones; sólo plegaban
las hojas, como sombrillas, para que la nieve llegara al suelo. Tampoco el aire
tenía ese matiz picante, como en otoño; el frío de las mañanas era un frío sin
carácter.
-Qué hermoso es aquí en el campo -dijo Orville.
-Ah, sí, yo pienso lo mismo...
-¿Siempre vivió aquí?
-Sí, aquí o en el antiguo pueblo. -Echó una mirada de reojo
al hombre.- Ya se siente mejor, ¿verdad?
-Sí, es magnífico estar vivo.
-Me alegro. Me alegro de que esté bien de nuevo.
Impulsiva, le tomó la mano, y él respondió apretándosela.
Ella rió encantada, y echaron a correr.
Para Orville, ésta parecía ser, entonces, la etapa final de
la prolongada reversión al primitivismo. No podía imaginar una acción más
indecorosa que la que planeaba, y esa vileza no hacía más que aumentar la
sangrienta pasión que seguía creciendo en él. Ahora la venganza exigía algo más
que Anderson, algo más que toda su familia; exigía la comunidad entera. Y
tiempo para saborear su aniquilamiento. Debía exprimir hasta la última gota de
agonía en ellos; todos ellos; debía llevarlos gradualmente al límite de la
capacidad de sufrimiento, y recién entonces empujarlos del otro lado.
Blossom se agitó en sueños, apretando entre las manos la
almohada de perfolla. La boca se le abría y cerraba, abría y cerraba; gotas de
sudor le brotaban en la frente, y en el delicado hueco entre los senos. Algo le
pesaba sobre el pecho, como si alguien la empujara hacia la tierra con pesadas
botas. Ese alguien iba a besarla. Cuando abrió la boca, ella vio los engranajes
que giraban adentro. De ellos brotaban jirones de carne picada. El mecanismo
lanzaba un monótono chirriar.
Seis: Día de Acción de Gracias
En lo alto se acumulaban nubes grises. El suelo estaba seco,
desnudo, gris; sin pasto ni árboles; nada más que las Plantas, plegadas para el
invierno como sombrillas, crecía allí. De a ratos, la opaca luz otoñal se
espesaba, y una brisa atravesaba el parque, levantando polvo. Una persona
sentada junto a las mesas de cemento armado para meriendas, en los fríos.
bancos, podía ver su propio aliento. Las manos desnudas se entumecían y
endurecían en el frío. En todo el parque, la gente movía los helados dedos
dentro de los zapatos, deseando que Anderson terminara de pronunciar su
bendición.
Del otro lado del parque se alzaba lo que quedaba de la
Iglesia Cungregacionalista. Anderson no había permitido que su propia gente se
llevara la madera de la iglesia; pero el año anterior unos merodeadores habían
destrozado las puertas para obtener leña y roto las ventanas por diversión. Los
vientos llenaron la iglesia de nieve y tierra, y en primavera el piso de roble
quedó cubierto por una lozana alfombra verde de jóvenes Plantas.
Afortunadamente la habían descubierto a tiempo (por lo cual debían estar
agradecidos); pero aun así era probable que el piso no tardara en hundirse por
su propio peso.
Vestido con el único traje que le quedaba, Buddy temblaba de
frío mientras la oración se prolongaba. Anderson, de pie a la cabeza de la
mesa, también vestía un traje para la ocasión; pero Neil, que estaba sentado a
la izquierda del padre, nunca había tenido traje. Estaba envuelto en camisas de
lana y una chaqueta de dril, envidiablemente abrigado.
Era costumbre de los pobladores, como expatriados que
vuelven a su país en breves visitas para establecer la residencia legal,
celebrar en el parque del antiguo pueblo todas las ocasiones festivas, salvo
Navidad. Era necesario para la moral, como tantas otras cosas desagradables y
desalentadoras que tenían que hacer.
Habiendo establecido por fin el principio de que Dios
Todopoderoso era responsable por las múltiples bendiciones de que gozaban,
Anderson comenzó a enumerarlas. La más notable de esas bendiciones nunca era
mencionada directamente: que, al cabo de siete años y medio, seguían todos
vivos (los que lo estaban), mientras que tantos otros, la gran mayoría, estaban
muertos. En cambio, Anderson se explayó en bendiciones más periféricas, propias
de ese año: la abundancia de la cosecha; la salud conservada por Gracie en el
décimo mes de preñez (sin referirse a pérdidas afines), las dos recientes
camadas de lechones, y la caza obtenida por los cazadores. Lamentablemente,
ésta había sido escasa (un ciervo y varios conejos) de modo que en la oración
se introdujo un hosco tono de reproche. Anderson no tardó en recobrarse y
concluyó con bríos, agradeciendo al Creador por la riqueza de su gran Creación,
y al Salvador por la promesa de Salvación.
Orville fue el primero en responder; su amén fue reverente y
viril al mismo tiempo. Neil masculló algo con los demás, y echó mano a la jarra
de whisky (lo llamaban whisky) que aún estaba llena en tres cuartas partes.
Lady y Blossom, sentadas juntas al extremo de la mesa, cerca
de la hornalla de ladrillos, comenzaron a servir la sopa, que sabía levemente a
conejo y estaba pobremente condimentada con hierbas del lago.
-¡Sírvanse! -dijo Lady en tono alegre-. Hay para comer de
sobra. ¿Qué otra cosa se puede decir en Día de Acción de Gracias?
Como era una fiesta importante, toda la familia estaba
reunida, de ambos lados. Además de los siete Anderson estaba Mae, la hermana
menor de Lady, y su esposo Joel Stromberg, ex propietario del Recreo Costero
Stromberg; y los dos pequeños Stromberg, Denny, de diez años de edad, y Dora,
de ocho. Estaban además los invitados especiales de los Anderson (aún en
libertad condicional), Alice Nemerov, E.D., y Jeremiah Orvilie.
Lady no podía sino lamentar la presencia de los Stromberg,
ya que estaba segura de que Denny y Dora no harían más que recordarle al
marido. con mayor fuerza al que estaba ausente de la mesa. Además, los años no
habían sido bondadosos con su querida hermana. Mae había sido admirada de joven
por su belleza (aunque probablemente no tanto como Lady), pero a los cuarenta y
cinco años era una desaliñada y una embrollona. Es cierto que aún tenía pelo
rojo como el fuego, pero eso no hacía más que subrayar la decadencia de lo
demás. La única virtud que conservaba era la de ser una madre solícita.
Demasiado, pensaba Lady.
Lady siempre había detestado la aparatosa reverencia de las
fiestas santas. Ahora, cuando ni siquiera quedaba la glotonería ritual de una
cena con pavo para aliviar la lobreguez subyacente en la alegría festiva, la
única esperanza consistía en terminar lo antes posible. Agradecía, por lo
menos, estar ocupada sirviendo; si era cuidadosamente ineficiente, tal vez se
salvara por completo de comer.
-Neil, bebes demasiado -susurró Greta-. Mejor no sigas.
-¿Eh? -replicó Neil, alzando la vista hacia la mujer (cuando
comía, tenía por costumbre agacharse sobre la comida, en particular si era
sopa).
-Que estás bebiendo demasiado.
-¡Si no estaba bebiendo nada, qué cuernos! -exclamó él, para
que lo oyeran todos-. ¡Estaba tomando la sopa!
Greta elevó los ojos al cielo, como una mártir de la verdad.
Al advertir lo que se proponía, Buddy sonrió, y ella captó esa sonrisa. Hubo un
movimiento de pestañas, nada más.
-De todos modos, lo que beba o no beba no es asunto tuyo.
Voy a beber todo lo que quiera -y para demostrarlo, se sirvió algo más del
licor destilado de las carnosas hojas de la Planta.
No sabía como el mejor whisky, pero Orville había
atestiguado su pureza, basándose en la propia experiencia al respecto en
Duluth. Era cl primer uso que Anderson había podido o hallar a las Plantas como
alimento; y como no era abstemio ni mucho menos, había dado su aprobación a la
iniciativa. Anderson habría querido amonestar a Neil por su manera de beber
pero no dijo nada pues no quería aparecer tomando partido a favor de Greta
Anderson era un firme creyente en la supremacía masculina.
-¿Alguien quiere más sopa?
-Yo -dijo Maryann, que estaba sentada entre el marido y
Orville, y ahora comía cuanto podía, por el bien del bebé, del pequeño Buddy.
-Y yo -agregó Orville, con esa sonrisa especial.
-Yo también -dijeron Denny y Dora, cuyos padres les habían
ordenado comer todo lo que pudieran durante la cena, que era ofrecida por
Anderson.
-¿Alguien más?
Todos los demás habían vuelto al whisky, que tenía un
desagradable sabor a regaliz.
Joel Stromberg estaba describiendo el avance de su
enfermedad a Alice Nemerov, E.D.
-Y no duele, en realidad... eso es lo raro. Sólo que cuando
quiero usar las manos, me empiezan a temblar. Y ahora mi cabeza está igual. Hay
que hacer algo.
-Es que me temo que no se pueda hacer nada, señor Stromberg.
Antes había algunos remedios, pera ni siquiera ellos daban muy buen resultado.
Seis meses y reaparecían los síntomas. Afortunadamente, cauro usted dice, no
duele.
-Usted es enfermera, ¿no?
¡Era uno de esos! Con mucho cuidado, comenzó a explicar todo
lo que sabía sobre el mal de Parkinson, y algunas cosas que no sabía. ¡Con tal
de que pudiera atraer a la conversación a alguien más! La única otra persona
cercana era el glotón hijo de Stromberg, que hurtaba tragos del vaso de aquel
asqueroso licor (con probarlo le había bastado a Alice), sentado ante el plato
vacío de Lady. Ojalá Lady o Blossom dejaran de servir comida y se sentaran un
minuto; entonces podría evadirse de aquel intolerable hipocondríaco.
-Dígame, ¿cómo empezó? -le preguntó.
Ya habían comido todos. los pescados, y Blossom se puso a
recoger los huesos. No se podía seguir postergando el momento que todos
esperaban; el temido momento del plato principal. Mientras Blossom hacía
circular la olla de polenta humeante con unos cuantos trozos de pollo y verduras
mezclados, Lady en persona distribuía las salchichas. En la mesa se hizo el
silencio.
Cada uno tenía una sola salchicha. Cada salchicha medía unos
veinte centímetros de largo y dos de diámetro. Las habían tostado al fuego y
llegaron a la mesa todavía chisporroteantes.
Tienen algo de cerdo, se dijo Alice para tranquilizarse.
Probablemente ni siquiera me dé cuenta.
Todos volvieron la atención hacia la cabecera de la mesa.
Anderson levantó el cuchillo y el tenedor. Luego, plenamente consciente de la
solemnidad del momento, cortó un trozo de salchicha caliente, se lo llevó a la
boca y comenzó a masticar. Al cabo de lo que pareció un minuto entero, lo
tragó.
Podría haber sido yo, pensó Alice.
Al ver cómo había palidecido Blossom, Alice le buscó la mano
bajo la mesa para prestarle fuerzas, aunque no le sobraban en ese momento.
-¿Qué esperan todos? -inquirió Anderson-. Hay comida en la
mesa.
Alice trasladó su atención a Orville, que estaba allí
sentado, cuchillo y tenedor en mano, con esa extraña sonrisa suya. Al captar la
mirada de Alice, le guiñó un ojo. ¡Nada menos! ¿O no habría sido a ella?
Orville cortó un trozo de salchicha y lo masticó con aire
reflexivo. Luego, con una sonrisa radiante, como de aviso para un dentífrico,
declaró:
-Señora Anderson, usted es una cocinera maravillosa. ¿Cómo
hizo? Hace no sé cuánto tiempo que no gozaba de una cena de Acción de Gracias
como esta.
Alice sintió que los dedos de Blossom se aflojaban,
apartándose de los suyos. Ahora que ha pasado lo peor, se siente mejor, pensó.
Pero se equivocaba. Hubo un ruido pesado, como cuando se
arroja al suelo una bolsa de harina, y Mae Stromberg lanzó un grito: Blossom se
había desmayado.
El, Buddy, no lo habría permitido, y mucho menos propuesto e
insistido en ello; pero también era probable que él; Buddy, no hubiera podido
conducir al pueblo durante esos siete años infernales. Primitivo, pagano, sin
precedentes como era, aquello tenía una fundamentación.
Aquello. Todos temían llamarlo por el verdadero nombre.
Hasta Buddy, en la inviolable intimidad del propio pensamiento, evitaba
utilizar la palabra adecuada.
La necesidad podía haberlo justificado, en parte. Había
precedentes de sobra (el grupo Donner, el naufragio de la Medusa), y Buddy no
habría tenido que buscar más lejos una excusa... si hubieran estado muriéndose
de hambre.
Más allá de la necesidad, las explicaciones se hacían
complejas y un tanto metafísicas. Así, metafísicamente, en ese alimento la
comunidad quedaba unida por un complejo vínculo, cuyo principal elemento era la
complicidad en el crimen; pero esta complicidad era lograda mediante un ritual
tan solemne y misterioso como el beso con el que Judas traicionó a Cristo; era
un sacramento. El simple horror se transformaba en tragedia; y la cena de
Acción de Gracias de la población era el crimen y la expiación, por así
decirlo, al mismo tiempo.
Esa era la teoría; pero Buddy, en su fuero íntimo, no sentía
otra cosa que horror, el simple horror; y en el estómago nada más que náusea.
El alcohol con sabor a regaliz le ayudó a pasar otro bocado.
Una vez que Hubo devorado la segunda salchicha, Neil comenzó
a relatar un cuento subido de tono. Todos, salvo Orville y Alice, le habían
oído contar lo mismo el ario anterior. El único en reír fue Orville, lo cual
empeoró las cosas, en lugar de mejorarlas.
-¿Dónde diablos está El ciervo? -gritó Neil, como si esto
siguiera naturalmente al desenlace del cuenco.
-¿Qué dices? -preguntó el padre. La bebida ponía de mal
humor a Anderson (que ese día estaba tomando casi tanta como Neil). Cuando
joven había tenido fama de pendenciero después de la octava novena cerveza.
-¡El ciervo. Cristo santo! ¡El ciervo que maté hace unos
días! ¿No vamos a comer nada de carne? ¿Qué clase de celebración es ésta?
-Vamos, Neil, ya sabes que hay que salarlo para el invierno
-lo amonestó Greta- Ya será bien poca la carne.
-Sueno, ¿y los demás ciervos? Hace tres años en estos
bosques abundaban los ciervos.
-Yo también me lo he preguntado -dijo Orville, que era otra
vez David Niven y quizá James Mason, un poco más serio-. La supervivencia es
cuestión de ecología. Así lo explicaría yo. La ecología es el modo en que
conviven las distintas plantas y animales. O sea, quién come a quién. Los
ciervos, y me temo que casi todo lo demás, se están extinguiendo.
Hubo una exclamación silenciosa, pero perceptible, de varias
personas presentes que opinaban lo mismo, pero nunca se habían atrevido a
decirlo en presencia de Anderson.
-Dios proveerá -intervino éste, en tono sombrío.
-Sí, eso debernos esperar, ya que la naturaleza sola no lo
hará. Fíjense un poco en lo ocurrido con el suelo. Esto era antes suelo
selvático. Mírenlo... -y recogió un puñado de polvo gris-. Polvo. En un par de
años, sin pasto ni maleza que lo sostenga, cada centímetro de capa superficial
estará en el lago. El suelo es algo vivo, lleno de insectos, gusanos, de todo.
-Topos -sugirió Neil.
-Ah; ¡topos! -repitió Orville, como si fuera el argumento
decisivo-. Y todas esas cosas viven de las plantas y hojas secas del suelo; o
unas de otras, como nosotros. Probablemente hayan notado que las Plantas no
sueltan las hojas. Por eso, salvo donde plantamos cereales, el suelo está
muriendo. No. ya está muerto. Y cuando el suelo está muerto, las plantas,
nuestras plantas, ya no podrán vivir en él. Por lo menos, como antes.
Anderson lanzó un gruñido despectivo por tan absurda idea.
-Pero los ciervos no viven bajo tierra -objetó Neil.
-Es verdad; son herbívoros. Los herbívoros necesitan comer
pasto. Supongo que por un tiempo habrán vivido de las Plantas jóvenes brotadas
cerca de la costa, o si no, como los conejos, pueden comer la corteza de las
más grandes. Pero esa dieta habrá sido inadecuada para alimentarlos, o no hubo
suficiente para todos, o...
-¿O qué? -preguntó Anderson.
-O la vida salvaje está siendo eliminada como sus vacas el
verano pasado, o como Duluth en agosto.
-No puede probarlo -gritó Neil- Yo vi esos montones de
cenizas en el bosque. No prueban nada. ¡Nada! -Bebió un largo trago de la jarra
y se incorporó, agitando la mano derecha para mostrar que no había pruebas. No
calculó muy bien la posición o la inercia de la mesa de cemento armado, de modo
que, al tropezar con ella, cayó de nuevo en el asiento y luego la gravedad lo
arrastró al suelo. Gimiendo, rodó por el polvo gris; se había hecho daño.
Estaba muy ebrio. Emitiendo sonidos desaprobadores, Greta se puso de pie para
ayudarlo.
-Déjalo allí acostado -le ordenó Anderson.
-¡Discúlpeme! -declamó ella, mientras salía con
aparatosidad-. Discúlpeme por estar viva.
-¿De qué cenizas hablaba? -preguntó Orville a Anderson.
-No tengo la menor idea -contestó el viejo. Sorbió un trago
de la jarra, lo dio vueltas en la boca y lo dejo filtrarse por la garganta,
mientras procuraba olvidar el gusto concentrándose en el ardor.
Apoyándose en la mesa, el pequeño Denny Stromberg preguntó a
Alice Nemerov si no iba a comer más salchicha.
-Creo que no -contestó ella, que apenas había mordido un
bocado.
-¿Puedo comerla yo entonces? -preguntó el niño, cuyos ojos
azul-verdosos relucían por el licor escamoteado durante la cena. De lo
contrario, Alice estaba segura, aquellos ojos no eran relucientes-. Por favor,
¿eh?
-No haga caso a Denny, señorita Nemerov. No quiso ser
grosero, ¿verdad, lindo?
-Cómela -dijo Alice, mientras volcaba la salchicha fría en
el plato del niño.
¡Cómela y maldito seas!, pensó.
Mae acababa de observar que habían sido trece en la mesa.
-...así que, si se cree en las viejas supersticiones, uno de
nosotros morirá este año -concluyó con una alegre risita, que solamente su
marido imitó-. Bueno, me parece que esto se está poniendo muy frío -añadió,
elevando las cejas para indicar que esas palabras tenían más de un
significado-. Claro que no se puede esperar otra cosa a fines de noviembre...
Nadie parecía esperar otra cosa.
-Dígame, señor Orville, ¿nació usted en Minnesota? Se lo
pregunto por el acento. Parece inglés, ¿me entiende? ¿Es norteamericano?
-Mae, por favor -le regañó Lady.
-Es cierto que habla raro, ¿sabes? Denny también lo notó.
-¿De veras? -Orville miré con fijeza a Mae Stromberg, como
para contar cada rizado cabello rojo, y con la sonrisa más extraña.- Qué raro.
Me pasé toda la vida en Minneapolis. Supongo que será la diferencia entre
ciudad y campo.
-Y usted es una auténtica persona de ciudad, como nuestro
Buddy. Apuesto a que desearía estar de vuelta allá, ¿eh? Buenas piezas son
ustedes -agregó con un guiño intencionado, para indicar a quiénes se refería.
-Mae, por el amor de Dios...
Pero si Lady no logró detener a la señora Stromberg, Denny
lo consiguió vomitando sobre la mesa. Las arcadas salpicaron a las cuatro
mujeres que lo rodeaban -Lady. Blossom, Alice y la madre- y hubo gran conmoción
mientras aquéllas procuraban huir del peligro que amenazaba de nuevo en el
rostro del niño. Sin poder contenerse, Orville se echó a reír. Afortunadamente
lo imitaron Buddy y la pequeña Dora, que tenía la boca llena de salchicha.
Hasta Anderson emitió un sonido que podía haber sido interpretado
caritativamente como risa.
Buddy se disculpó; y Orville se levantó apenas un momento
después, con más elogios para la cocinera y un gesto apenas perceptible en
dirección a Blossom que, sin embargo, lo advirtió. Stromberg se llevó al hijo
al bosque, aunque no tan lejos como para impedir que los demás oyeran la
paliza.
Neil dormía en el suelo.
Maryann, Dora y Anderson quedaron solos en la mesa. Maryann
había llorado a cada rato durante el día; ahora, como también había bebido
algo, se puso a hablar.
-Oh, recuerdo cuando...
-Permiso -dijo Anderson, mientras dejaba la mesa, llevándose
consigo La jarra.
-...en esa época -continuó Maryann-. Y todo era tan hermoso
entonces... el pavo y el pastel de calabaza... y todas contentas...
Después de abandonar la mesa, Greta se había dirigido a la
iglesia dando un rodeo. Antes de desaparecer en el oscuro vestíbulo, había
cambiado una mirada con Buddy, que la observaba y le hizo una seña afirmativa
con la cabeza. Concluida la cena, la siguió.
-¿Qué tal, desconocido? -lo saludó ella que aparentemente
había elegido esa expresión de manera permanente.
-Hola, Greta, Hoy estuviste en gran forma.
En el vestíbulo no podían verlos desde el campo para
picnics. El piso era tranquilizadoramente sólido. Tomando en las manas frías la
nuca de Buddy, Greta le acercó los labios. Las dientes rechinaron al
encontrarse, y las lenguas renovaron una antigua relación.
Guando él quiso atraerla más, Greta se apartó, riendo
suavemente. Habiendo logrado lo que quería, podía darse el lujo de dejar de
azuzarlo. Sí; esa era la Greta de antes.
-Qué borracho estaba Neil -susurró-. Como una cuba...
La expresión de los ojos de Greta no era exactamente como él
la recordaba; y no podía determinar si el cuerpo, bajo las rapas de invierno,
también había cambiado. Se le ocurrió preguntarse cuánto habría cambiado él;
pero el deseo en aumento desplazó cuestiones tan poco importantes. Ahora fue él
quien la besó; lentamente, abrazados, comenzaron a dejarse caer al suelo.
-Oh, no, no hagas eso -susurró ella.
Estaban así, de rodillas, cuando entró Anderson. Por un rato
no dijo nada, ni tampoco ellos se levantaron. El rostro de Greta mostró una
extraña expresión furtiva; y Buddy pensó que era eso, y nada más, lo que ella
esperaba. Había elegido la iglesia par esa misma razón.
Anderson les hizo señas de que se levantaran, y permitió
salir a Greta, limitándose a escupirle antes la cara.
¿Era por compasión que no exigía el castigo impuesto par fa
ley -su propia ley- a los adúlteros: que fueran apedreados? ¿O no era más que
debilidad paterna? Buddy no logró descifrar la mueca del anciana.
-Vine a rezar -le dijo al hijo cuando quedaron solos.
Después, en lugar de concluir la frase, le lanzó un fuerte
puntapié, pero con demasiada lentitud -tal vez por la bebida-, ya que Buddy se
apartó a tiempo y recibió el golpe en la cadera, donde no le hizo daño.
-Está bien, jovencito, más tarde arreglaremos cuentas
-prometió Anderson con voz farfullante. Luego entró en la iglesia a rezar.
Al parecer, Buddy no disfrutaría más de la posición heredada
en junio pasado: la de favorito del padre. Cuando salía de la iglesia, las
primeros copos de nieve de la nueva estación cayeron flotando desde el cielo
gris. Buddy miró cómo se le deshacían en la palma de la mano.
Siete: Advenimiento
La vaca Gracie vivía allí mismo, en la sala común, con todos
los demás. También los pollos tenían un rincón; pero los cerdos se alojaban
afuera, en un chiquero propio.
Desde aquel día de Acción de Gracias, hacía cuatro que la
nieve caía lenta y pesadamente, como la que se posa sobre una aldea en
miniatura dentro de un pisapapeles de cristal. Luego, durante una semana de
luminoso tiempo invernal, los niños fueron a pasear en trineo por la antigua
costa del lago. Después comenzó a nevar en serio, bajo el impulso de
ventarrones que hicieron que Anderson temiese por las paredes, a pesan de que
estaban apuntaladas por los altos montones de nieve. Tres o cuatro veces al día
los hombres salían a enrollar de nuevo el "toldo" que formaba el
techo de la sala común. A medida que despejaban y enrollaban la mitad del techo
cubierto de nieve, la otra mitad surgía de la envoltura impermeable para
reemplazarla. Aparte de esta tarea y del cuidado de los cerdos, los hombres no
hacían nada durante una tormenta de nieve. El resto del trabajo -cocinar,
tejer, cuidar los niños y los enfermos- era para mujeres. Más tarde, cuando
mejorara el tiempo, podrían salir de nuevo a cazar o, con más esperanzas de
éxito, a pescar a través del hielo del lago. Además, había Plantas de sobra que
cortar.
Pasar esos días de ocio era difícil. No se permitía beber en
la sala común (ya había bastantes peleas) y el póquer perdía enseguida el
atractivo cuando el dinero de las apuestas no valía más que el dinero con que
jugaban los niños en sus incesantes partidas de Monopolio. Había pocos libros
para leer, salvo la Biblia de Anderson, encuadernada en piel (la misma que
antes adornaba el atril de la Iglesia Episcopal), ya que adentro escaseaba el
lugar. Aunque hubiera habido libros, era dudoso que alguien los hubiera leído.
Tal vez lo habría hecho Orville, que parecía un tipo libresco. Lo habría hecho
Buddy. Y también Lady había sido gran lectora.
La conversación nunca se elevaba por sobre el nivel de las
quejas. En su mayoría, los hombres imitaban a Anderson, que permanecía inmóvil,
sentado al borde del lecho, mascando la pulpa de la Planta. Sin embargo, es
dudoso que dedicaran ese tiempo, como Anderson, a pensar en fines útiles.
Cuando llegaba la primavera, todas las ideas, los proyectos, las innovaciones,
surgían de Anderson y de nadie más.
Ahora, al parecer, habrá otra persona capaz de pensar y que,
en contraste, prefería hacerlo en voz alta. Al anciano que, sentado, escuchaba
a Jeremiah Orville, las ideas expuestas le parecían a veces positivamente
ateas. El modo en que Orville hablaba de las Plantas, por ejemplo, como si no
fueran más que un espécimen superior de laboratorio. Como si las admirara por
su conquista. Pero decía muchas cosas sensatas. Aun cuando el tema de
conversación era el tiempo (como lo era a menudo), Orville tenía algo que decir
al respecto.
-Sigo insistiendo -había dicho Clay Kestner (fue el primer
día de la fuerte ventisca, pero Clay. venía insistiendo en lo mismo desde hacía
varios años)- que no hace más frío, sino que nosotros salimos más al frío. Es
psicosomático. No hay razón para que haga más frío.
-Demonios, Clay -repuso Joel Stromberg, meneando la cabeza
con reprobación (aunque tal vez sólo fuera perlesía)-, no me digas que este
invierno no es más frío que hace diez o veinte años. A veces no sabíamos si iba
a nevar o no en Navidad. Y yo digo que se debe a la bajante del lago.
-Tonterías -exclamó Clay, no sin justicia.
Habitualmente, nadie habría prestado más atención a Clay y
Joel que al viento que gemía afuera entre las puntiagudas Plantas; pero esta
vez intervino Orville:
-Miren, tal vez haya una razón para que haga más frío. El
dióxido de carbono.
-¿Y eso qué tiene que ver? -se burló Clay.
-El dióxido de carbono es lo que absorben las Plantas,
cualquier planta, para combinar con agua cuando preparan su propio alimento. Es
también lo que exhalamos nosotros, es decir, los animales. Sospecho que, desde
la llegada de las Plantas, el antiguo equilibrio entre. el dióxido de carbono
que absorben y la cantidad que nosotros despedimos ha comenzado a favorecerlas
a ellas. Bueno, el dióxido de carbono absorbe mucho calor. Acumula calor del
sol y mantiene caliente el aire. Por eso, habiendo menos dióxido de carbono,
habrá mucho más frío y nieve. Claro que es una teoría, nada más.
-¡Una teoría de los mil diablos!
-En eso concuerdo con usted, Clay, ya que no es mía. Es una
de las razones que dan los geólogos para la Edad de Hielo.
Anderson no creía mucho en la geología, ya que en gran parte
contradecía a la Biblia; pero si lo dicho por Orville sobre el dióxido de
carbono era cierto, esto bien podía ser la causa de que los veranos fueran
peores (y lo eran; nadie lo dudaba en realidad). Pero, cierto o no, en el tono
de Orville había algo que no le gustaba, algo más que la simple actitud de
sabelotodo del universitario, a la cual Anderson estaba habituado por Buddy.
Parecía que esas pequeñas conferencias sobre las maravillas de la ciencia (y
habían sido unas cuantas) tuvieran una sola finalidad: llevarlos a la
desesperación.
Sin embargo, Orville sabía más de ciencia que ningún otro, y
Anderson lo respetaba por eso a regañadientes. Por lo menos había impedido que
Clay y Joel discutieran acerca del tiempo; y Anderson no podía dejar de
agradecer esa pequeña bendición.
La situación, aunque no tan mala como llegaría a serlo en
febrero y marzo, lo era bastante: el encierro, las disputas tontas, el ruido,
el hedor, el roce de carne contra carne y nervio contra nervio. bao era muy
malo; era casi intolerable.
Doscientas. cincuenta personas vivían en doscientos cuarenta
metros cuadrados; y gran parte de ese espacio se utilizaba para, depósito. El
invierno anterior, cuando en el mismo sitio eran casi el doble, cada día traía
consigo la muerte de alguien, cada mes otra epidemia del mortífero resfrío
común, había sido apreciablemente peor. Los más susceptibles -los que no
supieron aguantar- enloquecieron y salieron corriendo, entre cactos y risas, al
engañoso calor de los deshielos de enero; ésos ya no estaban este año Este año
las paredes fueron bien afincadas y tejidas desde el primer momento; este año
el racionamiento no era tan desesperadamente estricto aunque habría menos
carne). Con todo, pese a todas las mejoras, seguía siendo una intolerable
manera de vivir, y todos lo sabían.
Lo que Buddy no podía soportar, lo peor de todo, era la
presencia de carne. Todo el día se frotaba contra él, se exhibía, le hedía en
las fosas nasales. Y cualquiera de las cien mujeres presentes, hasta Blossom,
le despertaba el deseo con el gesto más sencillo, con la palabra más anodina.
Sin embargo, para lo que eso le servía lo mismo podría haber estado mirando los
fantasmas incorpóreos de una película. En la colmada sala común no había
simplemente lugar para el sexo, ni de noche ni de día. La vida erótica de Buddy
se limitaba a las ocasiones en que lograba obligar a Maryann a que lo
acompañara a visitar la fría letrina, junto al chiquero. Embarazada de siete
meses y propensa a lloriquear en cualquier momento, Maryann pocas veces lo
complacía.
Para peor, mientras hubiera luz diurna en la sala, Buddy
podía apartar la vista de lo que hacia (o, lo más probable, de lo que no hacía)
y ver a Greta cerca.
Se encontró refugiándose cada vez más en la compañía de
Jeremiah Orville. Orville pertenecía al tipo de personas que Buddy conocía de
la universidad, con quienes había simpatizado mucho más que ellas con él.
Aunque nunca le había oído bromear, cuando ese hombre hablaba -y hablaba sin
cesar- Buddy no podía dejar de reírse. Era como las conversaciones en libros y
películas, o la gente que hablaba en los shows de Jack Paar, capaces de tomar
la cosa más vulgar y hacerla cómica al contarla. Orville nunca hacia el payaso;
su humor estaba en la manera de ver las cosas, con cierta irreverencia furtiva
(no tanto como para que pudiera objetarlo alguien como Anderson); una burla
indirecta. Nunca se sabía cómo tomarlo, y por eso la mayoría -los auténticos
patanes rústicos como Neil- eran reacios a trabar conversación con él, aunque
lo escuchaban de buena gana. Buddy se descubrió invitando a Orville, empleando
sus palabras, pronunciándolas a su manera, adoptando sus ideas.
Lo que ese hombre sabía lo maravillaba constantemente.
Buddy, que consideraba su propia educación apenas suficiente para juzgar el
alcance de la de otro, creía enciclopédica la de Orville.
Buddy cayó bajo la influencia del otro tan profundamente que
no sería injusto decir que estaba cautivado. Algunas veces (por ejemplo, cuando
Orville hablaba en exceso con Blossom) Buddy sentía algo parecido a celos.
Le habría sorprendido enterarse de que Blossom sentía casi
lo mismo cuando Orville le dedicaba demasiado tiempo a él. Era evidentemente un
caso de apasionamiento, de simple amor inmaduro.
Hasta Neil tenía buena opinión del recién llegado, porque un
día Orville lo llevó aparte y le enseñó toda una nueva provisión de cuentos
subidos de tono.
Los cazadores cazaban solos; los pescadores pescaban juntos.
Neil, cazador, agradecía la oportunidad de estar solo; pero la falta de
animales para cazar ese diciembre lo disgustaba casi tanto como el
apretujamiento y el estruendo de la sala común. Pero el día que cesó la
ventisca, encontró huellas de ciervo que atravesaban la nieve todavía blanda en
el maizal del oeste. Las siguió cuatro kilómetros, enredándose en sus propios
zapatos para nieve a causa de la ansiedad. Las huellas concluían en una
concavidad de cenizas y hielo. Ningún rastro partía desde esa zona ni se
acercaba a ella. Neil maldijo estentóreamente; después gritó un rato, sin darse
cuenta, realmente de que lo hacía. Eso alivió la presión.
De nada sirve cazar ahora, pensó, cuando empezó a pensar de
nuevo. Decidió descansar el resto del día. Ausentes todavía los demás cazadores
y pescadores, tal vez tuviera un poco de tranquilidad.
Eso fue lo que hizo: volvió a casa y bebió una olla de té
con gusto a regaliz (así lo llamaban, té); eso le dio sueño, y apenas sabía qué
miraba ni en qué pensaba (miraba a Blossom y pensaba en ella) cuando de pronto
Gracie se puso a mugir de un modo que él nunca había oído antes. Aunque sí lo
había oído: Gracie estaba pariendo.
La vaca lanzaba gruñidos como un cerdo; tendida de costado,
se retorcía en el suelo. Paría por primera vez y no era muy grande que digamos.
Eran previsibles las dificultades. Neil hizo un lazo corredizo con una soga y
se la pasó por el pescuezo, pero el animal pataleaba tanto que no pudo
pasárselo por sobre las piernas, y lo soltó. Alice, la enfermera, lo ayudaba;
pero igual deseó que estuviera allí su padre. Ahora Gracie berreaba como un
toro.
Cualquier vaca que tarde más de una hora en parir muere, y
aun media hora es malo. Gracie pasó una hora así, berreando de dolor. No cesaba
de retorcerse hacia atrás, tratando de escapar de los dolores que la
atenazaban. Neil tiraba de la soga para impedírselo.
-Lo veo asomar la cabeza. Ahora saca la cabeza -anunció
Alice, que estaba de rodillas detrás de Gracie, procurando extenderla más.
-Si no ve más que eso, ¿cómo sabe que es macho?
El sexo del ternero era decisivo; todos los ocupantes de la
sala común se habían reunido a observar el parto. Después de cada berrido de
dolor. los niños gritaban alentando a Gracie. Luego ésta arreció en las
sacudidas, mientras los berridos se acallaban.
-Así, así -gritaba Alice, y Neil tiraba de la soga con más
fuerza.
-¡Es varón! -exclamó Alice-. ¡Gracias a Dios, es varón!
Neil se rió de la anciana:
-Querrá decir que es macho. Ustedes los petimetres de la
ciudad son todos iguales.
Satisfecho porque no había cometido ningún error y todo
estaba bien; destapó el barril y sacó un trago para celebrar. Pregunté, a Alice
si quería, varo ella se limitó a mirarlo da manera extraña y a contestar que
no.
Sentado en el único sillón de la habitación (que era de
Anderson) contempló al ternerito que chupaba la ubre llena de Gracie. La vaca
no se había levantado; el parto debía de haberla dejado exhausta. Vaya, de no
haber estado presente Neil, probablemente no hubiera sobrevivido. El sabor a
regaliz no era tan malo cuando uno se habituaba a él. Todas las mujeres estaban
tranquilas ahora, y también los niños.
Mirando al ternero, Neil pensó que algún día sería un toro
grande y pujante que montaría a Gracie... ¡su propia madre! Los animales son
como animales, nada más, pensó. Pero no se trataba de eso exactamente.
Cuando volvió a casa, Anderson tenía aspecto de haber pasado
un mal día (¿había transcurrido ya la tarde?), pera Neil se levantó del tibio
sillón y le gritó, contento:
-¡Mira papá, es macho!
Anderson se acercó, y la expresión era la misma que Neil
recordaba de la noche de Acción de Gracias, sombría y con esa sonrisa
amenazante (pero no había dicho palabra, entonces ni más tarde, sobre la
borrachera de Neil durante la cena) y golpeó a Neil en la cara, derribándolo al
suelo.
-¡Condenado estúpida de porquería! -vociferó Anderson-.
¡Grandísimo papanatas! ¿No te das cuenta de que Gracie está muerta ¡La
estrangulaste, hijo de perra!
Y pateó a Neil. Después fue a cortar El pescuezo de Gracie,
donde aún lo apretaba la soga. La mayor parte de la sangre fría fui al recipiente
que sostenía Lady, pero algo se volcó por tierra. El ternero tironeaba la ubre
de la vaca muerta, pero ya no había más leche. Anderson lo degolló también.
¿Acaso era culpa suya? Era culpa de Alice. Neil la odiaba, y
odiaba también al padre. Odiaba a todos esos desgraciados que se creían tan
listos. Los odiaba a todos. A todos.
Y tomó el dolor en ambas manos y procuró no gritar del dolor
que tenía en las manos y en la cabeza, el dolor de odiar, pero acaso gritó,
¿quién sabe?
Poco antes de oscurecer comenzó a nevar de nuevo, una caída
perfectamente perpendicular a través del aire quieto. La única luz de la sala
común provenía de una yola lámpara de seguridad encendida en la alcoba de la
cocina, donde Lady fregaba las bien fregadas ollas. Nadie hablaba. ¿Quién se
atrevía a comentar el buen sabor de las habituales gachas de harina de maíz y
conejo, sazonadas con sangre de vaca y ternero? Tanto era el silencio que se
podía oír las gallinas moviéndose y cloqueando sobre las perchas, en el rincón
opuesto.
Cuando Anderson salió a dirigir el corte y salazón de los
animales muertos, ni Neil ni Buddy fueron invitados a participar. Sentado junto
a la puerta de la cocina, sobre el sucio felpudo de bienvenida, Buddy fingía
leer un texto elemental de biología en la semioscuridad. Ya lo había leído
muchas veces y sabía de memoria algunos trozos. Neil estaba sentado junto a la
otra puerta, tratando de reunir coraje para salir y participar en la
carnicería.
Probablemente Buddy fuera el único de los pobladores a quien
complacía la muerte de Gracie. En las semanas posteriores al día de Acción de
Gracias, Neil había ganado terreno en las preferencias del padre. Ahora, puesto
que el mismo Neil había invertido con tanta eficacia ese curso, Buddy pensaba
quesería sólo cuestión de tiempo antes de que volviera a gozar de los
privilegios de la primogenitura. La extinción de la especie (¿Hereford era una
especie?) no era un precio demasiado elevado..
Había otro a quien regocijaba el giro de los
acontecimientos; pero este no era uno de los pobladores, ni en su propia
estimación ni en la de ellos. Jeremiah Orville había tenido la esperanza de que
murieran Gracie, el ternero o ambos, ya que la preservación del ganado era uno
de los éxitos que más enorgullecían a Anderson, una muestra de que la
civilización antes conocida no había muerto del todo y un signo, para quienes
querían verlo, de que Anderson era uno de los Elegidos. El hecho de que las
esperanzas se le concretaran a través de la incompetencia del propio hijo de
aquél, proporcionaba a Orville un placer casi estético: como si alguna deidad
ordenada y justa colaborara en su venganza, escrupulosa de que se observaran
las leyes de la justicia poética. Esa noche Orville estaba contento, y
trabajaba en el carneo con silenciosa furia. De vez en cuando, a escondidas,
tragaba un pedazo de carne cruda, ya que tenía tanta hambre como cualquiera.
Pero la habría soportado de buena gana, con tal de que Anderson muriera de
hambre antes que él.
Un ruido peculiar, un sonido parecido al viento, pero que no
era viento, atrajo su atención. Aunque le pareció conocido, no logró ubicarlo.
Era un ruido que pertenecía a la ciudad. Joel Stromberg, que cuidaba los
cerdos, gritó.
-¡Eh, miren! Qué es...
Bruscamente, Joel quedó transformado en una columna de fuego.
Orville no vio esto con más nitidez de lo que había oído el
ruido anterior, pero sin pensarlo se arrojó sobre un banco de nieve cercano.
Rodó en la quebradiza nieve hasta perder de vista todo; los animales muertos,
los demás hombres, el chiquero; todo menos las llamas que se elevaban desde el
chiquero incendiado.
-¡Señor Anderson! -gritó.
Aterrado por la posibilidad de perder la víctima reservada
en el fuego de los incendiarios, volvió arrastrándose para rescatar al viejo.
Tres cuerpos esféricos, cada uno de alrededor de un metro y
medio de diámetro, flotaban a poca altura sobre la nieve, en la periferia de
las llamas. Los hombres (salvo Anderson que, agazapado tras las grupa de la
vaca muerta, apuntaba su pistola hacia la esfera más cercana) contemplaban las
llamas de pie, como hechizados. De sus bocas abiertas salía el vapor del
aliento.
-Señor Anderson, no gaste balas en plancha de blindaje.
Venga; ahora incendiarán la sala común. Tenemos que sacar de allí a la gente.
-Sí -asintió Anderson, pero no se movió.
Orville tuvo que sacarlo arrastrándolo. En ese momento de
estupor e incapacidad, le pareció ver en Anderson la simiente de lo que había
llegado a ser Neil.
Orville entró primero en la sala común. Como grandes
montones de nieve apuntalaban las paredes, ninguno había advertido aún el
resplandor exterior. La desdicha abrumaba, como toda esa tarde. Varios se
habían acostado ya.
-Vístanse todos -ordenó Orville, en una voz tan serena como
llena de autoridad-. Salgan lo antes posible de esta sala por la puerta de la
cocina y corran al bosque. Llévense lo que tengan a mano, pero no pierdan
tiempo buscando cosas. No esperen a que los alcance otro. ¡Vamos, rápido!
Los que habían escuchado a Orville quedaron atónitos; no le
correspondía a él dar órdenes.
-¡Rápido! ¡Y sin hacer preguntas! -confirmó Anderson.
Aunque estaban acostumbrados a obedecerle sin discutir,
todavía reinaba gran confusión. En compañía de Orville, Anderson fue
directamente a la zona contigua a la cocina, donde se alojaba su propia
familia. Todos estaban poniéndose las ropas gruesas, pero Anderson los apremió.
Afuera se oían gritos, breves como el chillido de un conejo
degollado, a medida que los dispositivos incendiarios se volvían contra los
espectadores. Un hombre entró corriendo en la sala, envuelto en llamas, y cayó
al suelo, muerto. Comenzó el pánico. Anderson, ya cerca de la puerta, imponía
respeto aún en plena histeria, y logró hacer salir su familia entre los
primeros. Al pasar por la cocina, Lady echó mano a una cacerola. Blossom cargaba.
un cesto de ropa sucia que le resultó demasiado pesado y lo vació en la nieve.
Orville, en su ansiedad por asegurarse de que todos salieran de la cocina sanos
y salvos, no se llevó nada. Cuando comenzó a incendiarse el rincón opuesto de
la sala común, no más de cincuenta personas corrían por la nieve. Las primeras
llamas brotaron hasta diez metros sobre el techo; luego empezaron a subir,
devorando las bolsas de maíz apiladas contra la pared.
Correr entre la nieve blanda es difícil, tanto como correr con
el agua hasta las rodillas: en cuanto se adquiere impulso, se tiende a tropezar
y caer. Lady y Greta habían salido de la casa en zapatillas de paja; ahora
otros salían -por la puerta en camisones o envueltos en mantas.
Los Anderson habían llegado casi a la orilla de la selva
cuando Lady arrojó a un lado la cacerola, exclamando:
-¡La Biblia! ¡La Biblia quedó allá!
Nadie la oyó. Echó a correr hacia el edificio incendiado.
Cuando Anderson advirtió la ausencia de, la mujer, ya no había modo de
detenerla. Su propio grito no sería oído entre tantos otros. La familia se
detuvo a mirar.
-Sigan corriendo -les gritó Orville, pero no le hicieron
caso. La mayoría de los fugitivos habían llegado ya al bosque.
Las llamas iluminaban las cercanías de la construcción hasta
treinta metros de distancia, haciendo brillar la nieve con un vacilante
resplandor anaranjado sobre el, que ondulaban las sombras veloces e inciertas
del humo, como los fuegos de una oscuridad visible.
Lady entró por la puerta de la cocina y no volvió a salir.
El techo se derrumbó; las paredes cayeron hacia afuera como fichas de dominó.
Se vieron las siluetas de los tres cuerpos esféricos que se elevaban y, en
formación cerrada, comenzaban a deslizarse hacia el bosque, con un zumbido
disimulado por el chisporrotear de las llamas. Dentro del triángulo que
definían, la nieve se deshacía, burbujeaba y se elevaba al aire, humeando.
-¿Por qué habrá hecho eso? -preguntó Anderson a la hija.
Luego, viéndola en delicado equilibrio al borde de la
histeria, la tomó de una mano, y recogiendo con la otra la soga que encontrara
en una carretilla, junto a la casa, se apresuró para alcanzar a los demás.
Orville y Neil llevaban prácticamente alzada a Greta que, descalza, vociferaba
obscenidades con su potente voz de contralto.
Orville. estaba frenético; y sin embargo, el frenesí
ocultaba una sensación de entusiasmo y temerario deleite que lo impulsaba a
querer vitorear, como si la conflagración que dejaban atrás fuera inocente y
festiva como una fogata al regreso de una cacería.
Cuando gritó: ¡Apúrense, apúrense!, fue difícil determinar
si se dirigía a Anderson y Blossom o a los tres incendiarios que los seguían de
cerca.
Ocho: El descenso
Tal vez moriremos, pensó Maryann, cuando por fin dejaron de
correr y pudo pensar. Pero eso era imposible. ¡Hacía tanto frío! Habría querido
entender de qué hablaba Anderson, quien acababa de decir:
-Tendremos que hacer inventario.
Estaban todos de pie en la nieve. Hacía tanto frío, y al
caer, a ella le había entrado nieve en el abrigo, bajo el cuello. Seguía
nevando en la oscuridad. Se resfriaría y entonces, ¿qué harían? ¿Dónde viviría
ella? Y el bebé, ¿qué pasaría con él?
-Maryann -llamó Anderson-. Está aquí, ¿verdad?
-¡Maryann! -gruñó Buddy con impaciencia.
-Aquí estoy -respondió ella, aspirando la humedad que le
goteaba de la nariz.
-Bueno, ¿qué trajiste?
En cada entumecida mano (había olvidado también los guantes
de abrigo) tenía algo, pero no sabía qué. Levantó las manos para ver lo que
tenía en ellas.
-Lámparas -anunció-. Las lámparas de la cocina, pero una
está rota, tiene el tubo aplastado.
Recién entonces recordó haberse caído sobre ella,
lastimándose la rodilla..
-¿Quién tiene fósforos? -inquirió Orville.
Clay Kestner, que los tenía, encendió la lámpara sana, a
cuya luz Anderson contó:
-Treinta y uno.
Hubo un prolongado silencio, durante el cual cada
sobreviviente examinó las otras treinta caras y contó las propias pérdidas.
Había dieciocho hombres, once mujeres y dos niños.
Mae Stromberg rompió en llanto: había perdido al marido y a
una hija, aunque tenía consigo al hijo. En el pánico, Denny no había podido
encontrar el zapato izquierdo, y Mae lo había arrastrado tres kilómetros desde
el incendio, en una de los trineos infantiles. Concluido el inventario,
Anderson ordenó a Mae que se callara.
-Tal vez queden allá más alimentos -decía Buddy al padre-.
Tal vez no estén tan quemados que no podamos comerlos.
-Lo dudo -declaró Orville-. Esos malditos lanzallamas. son
muy minuciosos.
-¿Cuánto durará lo que tenemos, racionándolo? -preguntó Buddy.
-Hasta Navidad -respondió Anderson con aspereza.
-Si nosotros duramos hasta Navidad -observó Orville-. Es
probable que esas máquinas estén explorando el bosque, eliminando a todos los
que escaparon del incendio. Además, queda por resolver dónde pasaremos Ja
noche. A nadie se le ocurrió traer carpas.
-Volveremos al viejo pueblo -decidió Anderson-. Podemos
refugiarnos en la. iglesia y sacar leña del entablado. ¿Sabe alguien dónde
estamos ahora? Todas las condenadas Plantas de esta selva se parecen.
-Yo tengo brújula -ofreció Neil-. Síganme, yo los llevaré...
-A la distancia se oyó un grito, un grito muy breve.- Creo que es por allí
-agregó Neil, avanzando en dirección al grito.
Formados en ancha falange, encabezados por Neil, avanzaron
en la noche nevada. Orville arrastraba a Greta sobre el trineo, y Buddy llevaba
sobre los hombros a Denny Stromberg.
-¿Me das la mano? -pidió Maryann-. Las tengo entumecidas.
Buddy le dejó poner la mano en la suya, y juntos caminaron
media hora en perfecto silencio. Luego él dijo:
-Me alegro de que estés a salvo..
-¡Oh! -Maryann no pudo decir más; la nariz le goteaba como
una canilla rota, y además comenzó a llorar; las lágrimas se helaban sobre las
frías mejillas. ¡Oh, qué feliz era!
Estuvieron a punto de atravesar el pueblo sin darse cuenta.
Una capa de nieve cubría como un manto las frías cenizas apisonadas.
Denny Stromberg fue el primero en hablar.
-¿Adónde iremos ahora, Buddy? ¿Adónde vamos a dormir?
Buddy no contestó. Treinta personas esperaron en silencio a
que Anderson, quien pateaba las cenizas con la punta de la bota, los condujera
a través de ese Mar Rojo.
-Debemos arrodillarnos y rezar. Aquí, en esta iglesia,
debemos arrodillarnos y pedir perdón por nuestros pecados -declaró Anderson,
arrodillándose en la nieve y las cenizas-. Dios todopoderoso y
misericordioso...
Del bosque salió una figura corriendo a tropezones, sin
aliento; una mujer en ropas de dormir, envuelta en una manta como si fuera un
chal. Cayó de rodillas en medio del grupo, y no pudo recobrar aliento para
hablar. Anderson dejó de rezar. En la dirección de donde venía la mujer, la
selva resplandecía tenuemente, como si una vela ardiera a lo lejos, en una
ventana.
Es la señora Wilks -anunció Alice Nemerov, y al mismo tiempo
Orville dijo:
-Será mejor que recemos en otro lugar. Eso párete otro
incendio en la selva.
-No hay adónde ir -objetó Anderson.
-Tiene que haber -insistió Orville, que bajo la presión de
los momentos críticos había perdido de vista su motivo inicial: reservar a los
Anderson para una venganza personal, para agonías más lentas. Su deseo era más
primario: la propia conservación-. Si no quedan casas, tiene que haber algún
escondite: una madriguera, una cueva, una alcantarilla... -Lo que decía le hizo
recordar algo: ¿una madriguera, una cueva?-¡Una cueva! Blossom, hace tiempo,
cuando estaba enfermo, me contaste que estuviste en una cueva. Que nunca habías
visto una mina, pero estuviste en una cueva. ¿Fue cerca de aquí?
-Es por la costa del lago... La antigua cosa. Cerca del
Recreo Stromberg. No queda lejos, pero no he ido desde niña, y no sé si existe
todavía.
-¿Qué tamaño tiene esa cueva?
-Es muy grande. Por lo menos, así me pareció entonces.
-¿Puedes llevarnos a ella?
-No sé. En verano ya es bastante difícil orientarse entro
las Plantas; han desaparecido todas las viejas señales naturales, y encima la
nieve.
-Llévanos ahora mismo, jovencita -ordenó Anderson, que
volvía a ser más o menos el mismo.
Dejaron atrás a la mujer semidesnuda, tendida en la nieve.
No por crueldad, sino por simple distracción. Cuando se marcharon, la mujer
levantó la vista y dijo:
-Por favor.
Pero las personas a quienes había pensado dirigirse no
estaban allí. Tal vez no habían estado nunca. Se puso de pie y dejó caer la
manta.
Hacía mucho frío. Oyó de nuevo aquel zumbido y echó a correr
ciegamente de vuelta al bosque, tomando en dirección contraria a la que tomara
Blossom.
Las tres esferas incendiarias planearon hasta el sitio donde
antes yacía la mujer; convirtieron rápidamente en cenizas la manta abandonada,
y reanudaron la marcha en pos de la señora Wilks, siguiendo el reguero de
sangre.
Gran parte de la antigua costa lacustre era reconocible
todavía bajo el manto de nieve; la conformación de las; rocas, los escalones
que conducían al agua: hasta encontraron un pilar que antes fuera parte del
muelle del recreo. Blossom calculaba que desde allí habría cien metros hasta la
entrada de la caverna. Siguieron la ladera rocosa que se elevaba tres metros
por sobre la antigua playa, inspeccionando las aberturas a la luz de la lámpara.
Cuando ella se lo indicaba, Buddy apartaba la nieve con una pala que, junto con
un hacha, había rescatado de la sala común. Los demás exploradores quitaban la
nieve (que entre los peñascos tenía más de un metro de altura) con las manos,
enguantadas o desnudas, según el caso.
El trabajo era lento, porque según recordaba Blossom la
entrada de la cueva estaba en mitad de la ladera, de modo que para cavar había
que trepar a las piedras cubiertas de nieve. Pese al riesgo que esto entrañaba,
no tenían tiempo de cuidarse. Tras las nubes, desde donde la nieve goteaba sin
cesar, no había luna; cavaban en una casi total oscuridad. A intervalos
regulares, uno de ellos indicaba de pronto que interrumpiesen la tarea, y todos
se esforzaban por oír el zumbido delator de los perseguidores, que alguien
creía haber oído.
Bajo el peso insólito de la responsabilidad, Blossom
vacilaba y corría de piedra en piedra.
-Aquí -decía, y luego, corriendo-: ¿O aquí?
Ya estaban a más de doscientos metros del antiguo muelle, y
Buddy comenzaba a dudar de que esa cueva existiera. Si no, habrían llegado sin
duda al final.
La perspectiva de morir lo inquietaba sobre todo porque no
lograba entender la finalidad de aquellos incendios. Si eso era una invasión (y
ni siquiera su padre podía dudarlo ahora, ya que el Señor no necesitaba
construir máquinas para infligir su venganza), ¿qué querían los invasores? ¿Las
Plantas mismas eran los invasores? No, no; eran solamente Plantas. Era de
suponer que los verdaderos invasores, los que tripulaban los globos
incendiarios (o quienes los habían construido y hecho funcionar) querían la
Tierra para el único fin de cultivar las malditas Plantas. ¿La Tierra era
entonces su plantación? En tal caso, ¿por qué no había cosechas?
Le hería el orgullo pensar que su raza, su especie, su
mundo, estaban siendo derrotados con tanta facilidad aparente. Lo peor, lo que
no podía soportar, era la sospecha de que todo eso no significaba nada, de que
el proceso del aniquilamiento era algo totalmente mecánico; en otras palabras,
de que los destructores de la humanidad no libraban una guerra, sino
simplemente desinfectaban el huerto.
La abertura de la cueva fue descubierta de manera
imprevista: Denny Stromberg cayó en ella. Sin esa afortunada casualidad,
podrían haber pasado la noche entera sin encontrarla, ya que todos los del
grupo habían pasado de largo ante ella.
La cueva iba más allá del alcance de la luz arrojada por la
lámpara desde la entrada; pero antes de que exploraran toda su profundidad,
todos estaban adentro. Todos los adultos, salvo Anderson, Buddy y Maryann (que
median menos de un metro setenta y cinco) tuvieron que doblarse o hasta
arrastrarse para no golpear el techo con la cabeza. Anderson declaró que era el
momento de orar en silencio, lo cual Orville agradeció. Acurrucados juntos para
calentarse, las espaldas apoyadas en la pared inclinada de la cueva, procuraron
recobrar el sentido de identidad, dé finalidad, de contacto; todos los sentidos
que habían perdido en las horas de fuga entre la nieve. Dejaron la lámpara
encendida, ya que Anderson asignaba más valor a los fósforos que al
combustible.
Al cabo de cinco minutos dedicados a orar, Anderson, Buddy,
Neil y Orville (quien, aunque no pertenecía a la jerarquía familiar, había
tenido la idea de la cueva, y de muchas otras cosas que Anderson no deseaba
admitir), exploraron el fondo de la cueva. Esta era grande, aunque no tanto
como esperaban; se extendía unos seis metros hasta el fondo, estrechándose
constantemente. En el extremo opuesto había un pequeño pabellón lleno de
huesos.
-Lobos -declaró Neil.
Una inspección más minuciosa confirmó esto de manera
bastante definida, ya que se descubrieron los esqueletos de los lobos mismos,
tan limpios como los demás en lo alto del montón.
-Ratas -decidió Neil-. Ratas, simplemente.
Para llegar a las profundidades de la cueva, tuvieron que
pasar junto a la gigantesca raíz de una Planta que había atravesado la pared de
la cueva. Al volver del montón de huesos, los hombres la examinaron con cierto
detenimiento, ya que era el único otro rasgo excepcional de la cueva. En ese
nivel, la raíz de la Planta se distinguía muy poco del tronco. A juzgar por la
curvatura de la parte visible en la cueva, tenía unos cuatro o cinco metros de
diámetro, como el tallo de la Planta. Cerca del piso de la cueva, la lisa
superficie de la raíz estaba roída, tal como los lisos troncos verdes aparecían
a menudo masticados por conejos hambrientos. Allí, sin embargo, parecía faltar
algo más que un pedazo. Orville se agachó para examinarla.
-Esto no es obra de conejos. Llega hasta el corazón de la
madera -dijo, e introdujo la mano en el oscuro agujero. La capa externa de
madera se extendía apenas treinta centímetros; más allá los dedos tropezaron
con algo parecido a unas enredaderas; y más adentro (con todo el hombro
apretado contra el agujero), nada, vacío, aire-. ¡Esto es hueco!
-Disparates -declaró Anderson, mientras se agachaba junto a
Orville e introducía a su vez el brazo en el agujero-. No puede ser -agregó,
sintiendo que podía ser y era.
-Por cierto que ese agujero no lo hicieron los conejos
-insistió Orville.
-Ratas -repitió Neil, afirmado más que nunca en su opinión,
aunque, como era habitual, nadie le hizo caso.
-Crece así. Como el tallo de un diente de león. Es hueco.
-Está muerta; la habrán destruido las termitas.
-Las únicas Plantas muertas que he visto, señor Anderson,
son las que matamos nosotros. Si no tiene inconveniente, quisiera ver qué hay
allá abajo.
-No veo para qué serviría eso. Su curiosidad respecto de
estas Plantas es malsana, joven. A veces tengo la impresión de que está más de
parte de ellas que de la nuestra.
-Serviría tal vez -respondió Orville, sincero a medias (ya
que aún no se atrevía a expresar su verdadera esperanza)- para ofrecernos una
salida de la cueva; una puerta para huir a la superficie en caso de que nos
sigan hasta aquí.
-En eso tiene razón, ¿sabes? -intervino Buddy.
-No necesito ayuda tuya para decidir. La de ninguno de
ustedes -agregó Anderson al ver que Neil había comenzado a sonreír, oyendo
esto-. Tiene razón otra vez, Jeremiah...
-Llámeme simplemente Orville, señor, como todos.
-Ah, sí -repuso Anderson con una sonrisa ácida-. Y bien,
¿ponemos manos a la obra? Según recuerdo, uno de los hombres consiguió traer un
hacha. Ah, ¿fuiste tú, Buddy? Tráela. Mientras tanto, usted -señalando a
Orville- ocúpese de que todos se trasladen al fondo de la cueva, donde estarán
más abrigados. Y quizá más seguros. Además, busque alguna manera de tapar la
entrada, para que la nieve vuelva a cubrirla. Si es necesario, use su chaqueta.
Una vez ampliada lo suficiente la abertura hacia la raíz,
Anderson introdujo la lámpara y pasó su huesudo torso. Hacia arriba la cavidad
se estrechaba con rapidez, hasta convertirse en una simple maraña de hiedras;
la posibilidad de salir por allí era escasa, al menos sin mucho trabajo. Pero
abajo se extendía un abismo mucho más allá del débil rayo de luz de la lámpara,
cuya eficacia era disminuida aún más por algo parecido a una red de gasa o
telaraña que colmaba el hueco de la raíz. Al atravesar esa etérea sustancia, la
luz se hacía difusa y se atenuaba hasta que, por debajo de cinco metros de
profundidad, apenas se podía distinguir un resplandor informe y rosáceo.
Cuando Anderson las manoteó, esas hebras de gasa se
rompieron sin resistir. La mano encallecida ni siquiera las sintió ceder.
Retorciéndose, Anderson salió del estrecho hueco y volvió a la cueva
propiamente dicha..
-Para escapar no sirve. Arriba es sólida, pero no veo hasta
dónde baja. Fíjese si quiere.
Orville reptó dentro del agujero, donde permaneció tanto
tiempo que Anderson se fastidió. Por fin reapareció; casi risueño.
-Allá iremos todos, señor Anderson. ¡Vaya, si es perfecto!
-Usted está loco -dijo Anderson con naturalidad-. Ya estamos
bastante mal aquí.
-Pero de eso se trata, precisamente... -y esta era- su
esperanza inicial, no expresada-. Allá abajo hará catar. Una vez que se llega a
quince metros bajo la superficie, siempre hace diez grados centígrados. A esa
profundidad bajo tierra no hay invierno ni verano. Si prefiere más calor, basta
con bajar más. Aumenta un grado cada cincuenta metros..
-¿Qué estás diciendo? -se burló Neil-. Parecen puras
tonterías.
No le gustaba la forma en que Orville, un forastero, les
indicaba a cada rato qué hacer. ¡No tenía derecho!
-Algo debo saber de eso, ya que soy ingeniero en minas.
¿Acaso no estoy vivo por eso, al fin y al cabo? -Orville los dejó pensar en
eso; luego continuó tranquilamente:- Uno de los mayores problemas cuando se
trabaja en minas profundas es conservarlas a una temperatura tolerable. Lo
menos que podemos hacer es ver hasta dónde llega. Debe de tener por lo menos
quince o veinte metros de profundidad; eso sería apenas un décimo de su altura.
-A veinte metros de profundidad no hay tierra, sólo piedra
-objetó Anderson-. En la piedra no crece nada.
-Cuénteselo a la Planta. No sé si llegará tan hondo, pero
insisto en que exploremos. Tenemos una soga, y aunque así no fuera, esas
hiedras sostendrían a cualquiera de nosotros; las probé. -Hizo una pausa antes
de volver al argumento decisivo:- Al menos es un escondite por si esas cosas
nos descubren.
Ese último argumento resultó tan válido como eficaz.
Buddy acababa de bajar por la soga hasta la primera
ramificación de las raíces secundarias desde la raíz vertical primaria (lo
habían elegido por ser el más liviano de los hombres) cuando en la boca de la
cueva hubo un chirrido, como cuando los niños intentan llenar de arena una
botella de vidrio. Una de las esferas, que los había seguido hasta la cueva,
procuraba ahora trasponer a la fuerza la angosta entrada.
-Dispara -gritó Neil a su padre-. ¡Dispárale! -y tendió la
mano hacia la Python que el viejo llevaba en la pistolera.
-No pienso gastar proyectiles contra plancha de blindaje.
Vamos, quítame las manos de encima y hagamos pasar a todos por ese agujero.
Orville no tuvo que insistir más: no les quedaba
alternativa; absolutamente ninguna. Ahora todos eran juguetes de la necesidad.
Apartándose del alboroto escuchó cómo la esfera intentaba abrirse paso por la
fuerza al interior de la cueva. Pensó que, en ciertos aspectos, esas esferas no
eran más listas que una gallina que trata de atravesar un alambrado cuando
podría pasar evitándolo. ¿Por qué no disparaban simplemente? Tal vez las tres
esferas tuvieran que estar agrupadas alrededor de su blanco antes de poder
atacarlo. Casi seguramente eran automáticas; tan poco dueñas del propio destino
como los animales que estaban programadas para rastrear. Orville no simpatizaba
en nada con esas obtusas máquinas ni con sus víctimas. En ese momento se
imaginaba más bien como el titiritero, hasta que el auténtico titiritero, la
necesidad, moviera un dedo. Orville corrió en pos de sus semejantes.
El descenso a la raíz fue rápido y eficiente. El tamaño del
agujero aseguraba que no pasara más de una persona por vez; pero el miedo
aseguraba que esa persona lo hiciera con la mayor celeridad posible. La
presencia invisible (la lámpara estaba abajo, con Buddy) de la esfera de metal
que chirriaba contra el techo y paredes de la cueva era una fuerte motivación
de velocidad.
Anderson hizo que cada uno se quitara las gruesas ropas de
abrigo y las pasara delante dé sí por el agujero. Al fin quedaban solamente
Anderson, Orville, Clay Kestner, Neil y Maryann. Era evidente que para Clay y
Neil (los más corpulentos del pueblo) y para Maryann, que estaba ya en su
octavo mes de embarazo, habría que agrandar el agujero. Neil lanzó hachazos a
la pulposa madera con frenética prisa y gran desperdicio de esfuerzos. Bajaron
primero a Maryann por la abertura agrandada. Cuando llegó junto al marido,
sentado a horcajadas sobre la v invertida formada por la raíz secundaria en el
sitio donde se apartaba de la principal, tenía las manos despellejadas; se
había deslizado por la soga con demasiada rapidez. En cuanto él la sostuvo,
todas las fuerzas parecieron abandonarla, y no pudo seguir. Neil descendió
luego, después Clay Kestner. Juntos llevaron a Maryann á la raíz secundaria.
-Cuidado abajo -gritó Anderson; y una sostenida lluvia de
objetos (provisiones, cestas, ollas, ropas, el trineo, todo lo que la gente
había traído del incendio) cavó en el abismo, destrozando los. tenues encajes.
Buddy trató de contar los segundos entre el momento en que los soltaron y la
llegada al fondo; pero al cabo de un rato no pudo distinguir entre los sonidos
de los objetos al rebotar en las paredes de la raíz y la caída al fondo.
Anderson bajó por la soga una vez que las últimas
provisiones fueron arrojadas raíz abajo.
-¿Cómo bajará Orville? -inquirió Buddy-. ¿Quién le sostendrá
la soga?
-No me detuve a preguntar. ¿Dónde están los demás?
-Allá abajo -repuso Buddy, señalando vagamente las tinieblas
de la raíz secundaria.
La lámpara iluminaba el túnel principal, donde el descenso
era más peligroso. La raíz secundaria divergía de la originaria en unos
cuarenta y cinco grados. El techo (ya que allí se podía decir que había piso y
techo) se elevaba hasta una altura de dos metros y medio. Toda la superficie de
la raíz era una maraña de hiedras, de modo que resultaba fácil trasponer el
declive. El espacio interior había estado lleno del mismo frágil encaje, aunque
los que precedieron a Anderson dentro de la raíz habían roto la mayor parte.
Orville bajó por las hiedras, con la punta, de la soga
anudada a la cintura, a la manera de un alpinista. Esta precaución multó
innecesaria, ya que las hiedras -o lo que fueran- se mantuvieron firmes. En
verdad, eran casi rígidas, por estar apretadamente entretejidas.
-Bueno, ya están todos aquí, sanos y salvos -declaró
Orville, en un tono grotescamente jovial-. ¿Vamos al sótano, donde están las provisiones?
En ese momento sentía una exaltación casi divina, ya que
había tenido la vida de Anderson en las manos -literalmente en un hilo- y había
debido decidir si el anciano moriría en ese momento o sufriría un poco más aún.
La decisión no había sido difícil, ¡pero sí toda suya!
Nueve: El dulce alimento del gusano
Una vez que se
aventuraron a descender por la raíz secundaria otro nuevo metro (donde, como
prometiera Orville, el calor era tolerable), llegaron a una especie de
encrucijada. Podían elegir entre tres nuevas ramas, cada una tan espaciosa como
la que acababan de recorrer. Dos de ellas bajaban, como raíces propiamente
dichas, aunque desviándose perpendicularmente a la derecha e izquierda de la
raíz originaria; la otra se empinaba hacia arriba.
-Qué raro -comentó Buddy-. Las raíces no crecen hacia
arriba.
-¿Cómo sabes que es hacia arriba? -preguntó Orville.
-Bueno, mírala. Es hacia arriba. Arriba es... arriba. Lo
opuesto de abajo.
-A eso me refiero, precisamente. Estamos mirando hacia
arriba por la raíz, que acaso crezca hacia abajo, hacia nosotros... tal vez
desde otra Planta.
-¿Quiere decir que esto podría ser una sola Planta grande?
-inquirió Anderson, mientras entraba, ceñudo, en el círculo de luz de la
lámpara. Cada nuevo atributo de la Planta le molestaba, incluso aquellos que
eran útiles para sus fines-. ¿Todas entrelazándose así aquí abajo?
-Hay un modo infalible de averiguarlo, señor... seguirla. Si
nos conduce a otra raíz primaria...
-No tenemos tiempo para hacer de boy scouts, por lo menos
hasta que encontremos las provisiones que arrojamos por aquel agujero.
¿Llegaremos a ellas de esta manera? ¿O tendremos que retroceder y bajar por la
raíz principal con la soga?
-No lo sé. Este trayecto es más fácil, más rápido y, por
ahora, más seguro. Si las raíces se unen así regularmente, tal vez encontremos
más abajo otro camino de vuelta a la raíz principal: Yo diría entonces...
-Diré yo -interrumpió el anciano, recobrando en parte la
autoridad.
Buddy fue enviado adelante con la lámpara y una punta de la
soga; los otros treinta lo seguían en fila india. En la retaguardia, Anderson y
Orville no tenían otra cosa que los ruidos producidos por el grupo delantero;
la luz y la soga no llegaban hasta ellos.
Pero los ruidos abundaban: arrastrar de pies sobre las
hiedras, maldiciones de los hombres, llantos de Denny Stromberg. Cada tanto
Greta preguntaba a la oscuridad: "¿Dónde estamos?", o "¿Dónde
diablos estamos?" Pero no era más que un ruido entre muchos. Había ya
algunos estornudos premonitorios, aunque no fueron advertidos. Las treinta y
una personas que avanzaban por la raíz aún sufrían neurosis de guerra; la soga
a la que se aferraban era su motivo y su voluntad al mismo tiempo.
Anderson tropezaba a cada rato en las hiedras. Orville le
rodeó la cintura con un brazo para sostenerlo, pero el viejo lo apartó furioso,
diciendo:
-¿Me cree inválido acaso? ¡Fuera de aquí!
Pero en el tropezón siguiente, cayó de cabeza entre las
ásperas hiedras del suelo, y se raspó la cara. Al levantarse sufrió un mareo, y
sin la ayuda de Orville habría vuelto a caer. A su pesar, sintió una punzada de
gratitud hacia el brazo que lo sostenía: En la oscuridad, no pudo ver que
Orville sonreía.
El camino que seguían serpenteaba raíz abajo, pasando otras
dos intersecciones como la anterior. En ambas ocasiones Buddy viró a la
izquierda, de modo que en el descenso describían aproximadamente una espiral.
El hueco de la raíz no mostraba señales de disminuir; en todo caso se había
agrandado en los últimos metros. No había peligro de perderse, ya que el
destrozado encaje interior de la raíz marcaba una senda inconfundible a través
del laberinto.
Una conmoción en la cabeza de la columna los detuvo.
Anderson y Orville se abrieron paso hasta adelante.
-Es un callejón sin salida -anunció Buddy, ofreciéndole la
lámpara al padre-. Tendremos que volver por donde vinimos.
Allí el hueco de la raíz se ensanchaba mucho, y esa especie
de telaraña que lo llenaba se condensaba más. En vez de romperse como cristal
bajo el golpe de Anderson, se desprendía en manojos, como tela podrida.
Anderson apretó entre las manos uno de esos trozos que, como el algodón dulce
de las ferias o el pan blanco más liviano, quedó apelotonado en una bolita de
menos de dos centímetros de diámetro.
-Nos abriremos paso -anunció Anderson.
Retrocedió un poco y luego se lanzó contra aquella blanda
seda vegetal; como en una atajada de fútbol. Su impulso concluyó tres metros
más adelante; entonces, como no tenía nada más sólido bajo los pies, comenzó a
hundirse lentamente, desapareciendo: El algodón acaramelado cedió
inexorablemente bajo su peso. Buddy le tendió la mano, y Anderson logró apenas
sujetarla, enganchando las puntas de los dedos en los del hijo. Luego lo
arrastró consigo al tembladeral. Buddy, que cayó en posición horizontal, hizo
un poco de paracaídas; se hundieron con más lentitud hasta detenerse, sanos y
salvos, unos tres metros más abajo.
Mientras caían, un potente aroma dulzón, como el olor a
fruta pasada, llenó el aire tras ellos.
Orville fue el primero en advertir la buena suerte del
grupo; apelotonando hasta una densidad mediana un trozo del algodón, lo mordió.
Se notaba el gusto a anís característico de la Planta; pero junto con él algo
pleno y dulce, una satisfacción, que era totalmente nueva. La lengua lo
reconoció antes que el cerebro, y ansió probarlo de nuevo. No, no era solamente
la lengua: el estómago; cada desnutrida célula del cuerpo le pedía más.
-Échennos la soga -gritó Anderson con voz ronca. No estaba
lastimado, pero sí asustado.
En vez de soltar la soga, Orville se zambulló en la sedosa
masa con un grito de alegría y despreocupación. Al desaparecer en la oscuridad,
se dirigió al anciano:
-Sus oraciones han sido escuchadas, señor. Nos condujo a
través del Mar Rojo, y ahora Dios nos ofrece maná. ¡Pruébelo! Ya no hace falta
que pensemos en las provisiones. Esta es la razón de las Plantas, su fruto.
Maná del cielo.
En la breve estampida por el borde, Mae Stromberg se torció
el tobillo. Anderson sabía que no le convenía interponer su autoridad frente al
hambre. Por su parte, vacilaba en comer el fruto, ya que podía ser venenoso,
pero las necesidades corporales le contradecían la voluntad, demasiado
cautelosa. Si los demás iban a ser envenenados, tanto daba que se uniera a
ellos.
Tenía buen sabor.
Sí, pensó, debe parecerles maná. Y aun mientras el azucarado
algodón se le condensaba sobre la lengua en gotitas de miel, odió a la Planta
por aparecer como amiga y salvadora de todos. Por hacer tan delicioso su
veneno.
A sus pies, la lámpara brillaba más de lo natural. El piso,
aunque lo bastante duro como para sostenerlo, no era sólido como piedra.
Sacando la navaja del bolsillo, apartó la enmarañada seda vegetal y cortó del
fruto una tajada de aquella sustancia, más sólida. Era quebradiza como una papa
de Idaho, y jugosa. El sabor era más suave y menos ácido que el del algodón.
Cortó otro pedazo; no podía parar de comer.
Alrededor de Anderson, fuera del alcance de la lámpara, los
ciudadanos de Tassel (aunque, ¿existía un Tassel del cual llamarse ciudadanos?)
resollaban y comían como cerdos en urna pocilga. La mayoría no se molestaba en
comprimir el algodón para morderlo cómodamente, sino que se lo introducían a
ciegas en la boca, mordiéndose los dedos y atorándose en esa ávida prisa.
Trozos de pulpa se les adherían a las ropas, y se les enredaban en el pelo; se
les pegaban a las pestañas de los ojos cerrados.
Una figura erguida avanzó en la esfera de luz; era Jeremiah
Orville.
-Discúlpeme por haber iniciado todo esto -dijo-. No debí
hablar cuando no me correspondía. Debí haber esperado a que usted indicara qué
hacer; no lo pensé.
-No es nada -lo tranquilizó Anderson, con la boca llena de
fruto a medio masticar-. Habría ocurrido igual, hiciera lo que hiciera usted, o
yo.
-Por la mañana... -comenzó a decir Orville, sentándose junto
al viejo.
-¿Por la mañana? Ya debe serlo.
En verdad, no tenían manera de averiguarlo. Los únicos
relojes que funcionaban, un despertador y dos de pulsera, eran guardados en una
caja, en la sala común, para protegerlos. A ningún fugitivo del incendio se le
había ocurrido rescatar esa caja.
-Bueno, cuando todos estén saciados y hayan dormido un poco,
esa era mi intención, podrá ponerlos a trabajar. Hemos perdido una batalla,
pero aún queda por librar una guerra.
Aunque el tono de Orville era cortésmente optimista, a
Anderson le pareció opresivo. El haber logrado refugiarse después de un
desastre no borraba el recuerdo del desastre. Ahora que había ocluido la huida,
Anderson comenzaba recién a comprender su magnitud.
-¿Qué trabajo? -preguntó, escupiendo el resto del fruto.
-El que usted disponga, señor. Explorar. Despejar un espacio
aquí abajo para vivir. Volver a la raíz principal en busca de los pertrechos
que arrojamos allí. Muy pronto tal vez pueda incluso enviar a alguien a que vea
si se puede rescatar algo del fuego.
Anderson no contestó: Resentido, advertía que Orville tenía
razón. Resentido, admiraba su ingeniosidad, tal como veinte años antes podía
haber admirado el estilo con que peleaba un contrincante durante una reyerta en
la Taberna del Zorro Rojo. Aunque para el gusto de Anderson el estilo de
Orville era un poco extravagante, había que reconocer al desgraciado el mérito
de mantenerse en pie.
Era raro, pero Anderson tenía todo el cuerpo tenso, como
para pelear, como si hubiera estado bebiendo.
Orville decía algo.
-¿Cómo dijo? -inquirió Anderson en tono burlón, esperando
que fuera algo que le diera una excusa para romperle la cara al mequetrefe.
-Dije que siento mucho lo de su esposa. No entiendo por qué
hizo eso. Sé que debe apenarlo mucho.
Anderson abrió los puños crispados, se le aflojó la
mandíbula. Tras los ojos sintió la presión de las lágrimas, presente desde
hacía mucho, pero a la cual sabía que no podía abandonarse. Ahora no podía
permitirse la menor debilidad.
-Gracias -dijo; luego cortó otra gran tajada del fruto más
sólido y suculento, la partió en dos y ofreció una parte a Jeremiah Orville-.
Hoy se portó bien -dijo-. No lo olvidaré.
Dejando a Anderson con sus pensamientos, Orville fue en
busca de Blossom. Una vez solo, Anderson pensó en la mujer con una angustia
pétrea y muda. No entendía el porqué de su suicidio, ya que así lo consideraba
él.
Nunca sabría, ni él ni nadie, que Lady había vuelto pensando
en Anderson. Este no recordaba todavía la Biblia abandonada, y más tarde,
cuando lo hiciera, no lo lamentaría más que la muerte de Grade o las cien otras
irrecuperables pérdidas que había sufrido. Lady había previsto con suma
exactitud que, sin ese elemento, en el cual ella misma no tenía fe, sin la
sanción que otorgaba a la autoridad de Anderson, el anciano quedaría inerme, y
su fuerza, conservada tanto tiempo, no tardaría en derrumbarse, como un techo
cuando las vigas se han podrido. Pero había fracasado, y ese fracaso no sería
comprendido nunca.
Esa noche exigió satisfacción más de un apetito. La saciedad
de comida produjo tanto en hombres como en, mujeres un hambre insaciable de lo
que el estricto código de la sala común les negara durante tanto tiempo. Allí,
en el calor y la oscuridad, ya no regía ese código. Se proclamó en cambio la perfecta
democracia del parque de diversiones, y la libertad reinó durante una breve
hora.
Como por accidente, las manos tocaron otras manos; poco
importaba exactamente de quién. La muerte no había tenido escrúpulos en separar
marido y mujer; tampoco lo hicieron ellos. Las lenguas limpiaron la capa dulce
y pegajosa que cubría labios recién satisfechos; se encontraron con otras
lenguas, se besaron.
-Están ebrios -declaró inequívocamente Alice Nemerov.
Ella, Maryann y Blossom, que ocupaban un escondrijo cavado en
la pulpa del fruto, escuchaban, tratando de no escuchar. Aunque cada pareja
procuraba observar un decoroso silencio, el efecto acumulativo era
inconfundible, hasta para Blossom.
-¿Ebrios? ¿Cómo es posible? -preguntó Maryann. No quería
hablar, pero la conversación era la única defensa contra los voluptuosos ruidos
en la oscuridad. Hablando y escuchando a Alice, no tenía que oír los suspiros,
los susurros, ni preguntarse cuáles eran de Buddy.
-Estamos todos ebrios, hijas mías. Ebrios de oxigeno. Aunque
este fruto hediondo lo apesta todo, conozco el olor de una carpa de oxigeno.
-Yo no huela nada -dijo, Maryann. Era la pura verdad: su
resfrío había llegado a la etapa en que ni siquiera le dejaba percibir el
empalagoso oler del fruto.
-Trabajé en un hospital y sé lo que digo. Hijas mías,
estamos todos perdidamente borrachos.
-Como una cuba -sugirió Blossom.
En realidad, no le importaba estar ebria, si era así.
Flotar... Quería cantar, pero intuía que no era lo adecuado en ese momento. Sin
embargo, la canción, una vez iniciada, le siguió sonando en la mente: Estoy
enamorada, estoy enamorada de un tipo maravilloso.
-¡Chist! -siseó Alice..
-Perdón -dijo Blossom con una risita. Tal vez no toda su
canción había sido imaginaria. Luego, sabiendo que era lo correcto cuando se
está bebido, lanzó un solo y elegante hipo, apretándose delicadamente los
labios con los dedos. Después, sin delicadeza, eructó, ya que tenía gas en el
estómago.
-¿Te sientes bien, querida? -preguntó Alice, solícita,
tocando el vientre hinchado de Maryann-. Es decir, con todo lo que pasó...
-Sí. ¿Viste? Se movió.
La conversación languideció, y en ese momento recrudeció la
ofensiva. Ahora era un sonido furioso y persistente, como el zumbido de una
colmena. Maryann sacudió la cabeza, pero el zumbido continuó.
-Oh -exclamó-. ¡Oh!
-Vamos, vamos -procuró tranquilizarla Alice.
-¿Quién crees que estará con él? -barbotó Maryann.
-Vamos, no te preocupes sin motivo -dijo Blossom-.
Probablemente esté en este momento mismo con papá y Orville.
La obvia convicción de Blossom casi dominó a Maryann. Era
posible. Hacía una hora (¿o menos? ¿o más?) Orville había ido en busca de
Blossom, para explicarle que llevaría a su padre (quien estaba, naturalmente,
muy alterado) a un sitio más privado, aparte de los demás. Había descubierto un
camino a otra raíz, que penetraba más profundamente aún en la tierra. Preguntó
a Blossom si quería acompañarlo o prefería quedarse allí, con las señoras.
Alice había opinado que Blossom preferiría quedarse con las
señoras, por el momento. Más tarde se reunirla con el padre, si éste lo
deseaba.
La partida de Anderson, y de la lámpara con él, había sido
la seña para lo que vino después. La energía contenida durante un mes se
derramó, cubriendo un momento el rostro del dolor, ocultando el conocimiento
demasiado nítido de la derrota y una ignominia cuyos rasgos recién comenzaban a
evidenciarse.
De la oscuridad salió una mano que tocó á Blossom en el
muslo. ¡La mano de Orville!, no podía ser otra. Blossom la tomó y se la llevó a
los labios.
Entonces lanzó un grito: no era la mano de Orville. Alice
atrapó instantáneamente al intruso por los pelos de la nuca, arrancándole un
chillido de dolor.
-¡Neil! ¡Dios me valga! -exclamó-. ¡Estás manoseando a tu
hermana, idiota! ¡Vamos, fuera! Ve a buscar a Grata. Aunque, pensándolo bien,
mejor no lo hagas.
-Cállate -bramó Neil-. ¡No eres mi madre!
Finalmente Alice logró echara Neil y apoyó la cabeza en el
regazo de Blossom.
-Borracho -rezongó soñolienta-. Borracho perdido.
Poco después comenzaba a roncar. Minutos más tarde Blossom
se durmió también, y soñó, y despertó con un grito ahogado.
-¿Qué pasa? -preguntó Maryann.
-Nada, fue un sueño -repuso Blossom-; ¿No te dormiste
todavía?
-No puedo.
Aunque ahora reinaba un silencio mortal, Maryann seguía
escuchando. Lo que más temía era que Neil encontrara a la mujer... y a Buddy.
Juntos.
Buddy despertó. Seguía oscuro. Allí estaría siempre oscuro.
Tenía al lado una mujer, a quien tocó, aunque no para despertarla. Cuando
comprobó que no era Greta ni Maryann, recogió las ropas y se alejó
cautelosamente. Trozos de la pegajosa pulpa, adheridos a su espalda y hombros
desnudos, se disolvían allí desagradablemente.
Aún se sentía ebrio; ebrio y vacío. ¿Cómo llamaba Orville a
esa sensación?
Detumescencia.
El granuloso líquido, chorreándole por la piel desnuda, lo
hizo estremecer. Pero no porque tuviera frío. Aunque pensándolo bien, lo tenía.
Arrastrándose sobre manos y rodillas, tropezó con otra
pareja.
-¿Qué? -dijo la mujer.
Parecía Greta. Lo mismo daba. Buddy se arrastró fuera de allí.
Encontró un sitio donde no habían tocado la pulpa, e
introdujo el cuerpo en ella de espaldas. Una vez que uno se habituaba a la
sensación pegajosa, era bastante cómoda: suave, cálida, acogedora.
Quería ver luz: sol, lámpara, hasta la luz roja y vacilante
del incendio de la noche anterior. Algo en la situación del momento lo
horrorizaba de un modo que no alcanzaba a comprender, que no podía definir. No
era solamente la oscuridad. Pensó en eso y cuando ya estaba a punto de dormirse
otra vez, se le ocurrió:
Gusanos.
Eran gusanos que se arrastraban a través de una manzana.
Diez: Disgregación
-Blossom, ¿quién es tu estrella de cine favorita? -preguntó
Greta.
-Audrey Hepburn. La vi en una sola película cuando yo tenía
nueve años, pero estaba maravillosa. Después no hubo más películas; creo que
papá nunca las aprobó.
-¡Tu papá! -resopló Greta. Arrancando de araba una tira de
fruto, se la llevó perezosamente a la boca y la aplastó con la lengua, detrás
de los dientes. Sentados en aquella oscura cavidad del fruto, sus oyentes no la
vieron hacer esto, pero por el modo confuso de hablar supieron que estaba
comiendo de nuevo-. ¿Y tú, Neil? ¿Cuál es tu favorito?
-Charlton Heston. Siempre iba cuando actuaba él.
-Yo también -intervino Clay Kestner-. Y ¿qué me dicen de,
Marilyn Monroe? ¿Alguno de ustedes tiene edad suficiente para recordar a la
buena de Marilyn Monroe?
-En mi opinión, se exageraron mucho los méritos de Marilyn
Monroe -pronunció Greta.
-¿Qué te parece, Buddy? ¡Oye, Buddy! ¿Estás aquí todavía?
-Sí, todavía estoy aquí. Nunca vi a Marilyn Monroe; fue de
antes de mi época.
-Lo que te perdiste, muchacho. Te perdiste algo serio.
-Yo vi a Marilyn Monroe -declaró Neil-. No fue de antes de
mi época.
-¿Y sin embargo dices que Charlton Heston es tu favorito?
Clay Kestner tenía una risa sonora, de viajante, estomacal y
vulgar. En años anteriores había sido medio propietario de una estación de
servicio.
-Oh, no sé -dijo nerviosamente Neil.
Greta ció también, porque Clay le hacia cosquillas en los
dedos de los pies.
-Todos ustedes se equivocan -dijo, riendo todavía, aunque
tratando de evitarlo-. Insisto en que Kim Novak fue la mejor actriz que
existió.
Hacía quince minutos que lo repetía, y ahora parecía que lo
iba a decir de nuevo.
Buddy se aburría mortalmente. Había creído que sería mejor
quedarse con el grupo más joven y no acompañar al padreen otra de esas
exploraciones tediosas y sin objeto por las intrincadas raíces de la Planta.
Ahora que habían rescatado las provisiones, ahora que habían averiguado todo lo
que se podía averiguar sobre la Planta, vagabundear no tenía sentido. Y tampoco
lo tenía quedarse quieto. Recién entonces, cuando no quedaba nada que hacer,
advertía hasta qué punto se había convertido en esclavo del trabajo y de la
oficiosidad puritana.
Al levantarse, su pelo (ahora corto, como el de los demás)
rozó el pegajoso fruto. La pulpa frutal, cuando se secaba y pegoteaba en el
pelo, era más fastidiosa que una picadura de mosquito cuando no era posible
rascarse.
-¿Adónde vas? -preguntó Greta, ofendida de que el público la
abandonara en medio de un análisis sobre el encanto peculiar de Kim Novak.
-Tengo que vomitar. Hasta luego -respondió él.
Era una excusa bastante verosímil. Aunque los nutria, el
fruto tenía efectos colaterales secundarios. Un mes más tarde (ese era el
cálculo en el cual coincidían) todos seguían sufriendo de diarrea, gases y
retortijones. Buddy casi deseó tener que vomitar; así habría tenido algo que
hacer.
Peores que los trastornos estomacales habían sido los
resfríos. Casi todos los habían sufrida también, sin que hubiera otro remedio
que tener paciencia, dormir y tener voluntad de recobrarse. La mayoría de las
veces estos remedios fueron suficientes, pero habían surgido tres casos de
pulmonía, entre ellos el de Denny Stromberg. Alice Nemerov hacía lo que podía,
pero, como era la primera en confesar, no podía hacer nada.
Por la soga, Buddy trepó desde el tubérculo hasta la raíz
propiamente dicha. Allí tenía que caminar agachado, porque el espacio hueco en
la raíz tenía apenas un metro y medio de diámetro. Poco a poco, durante el mes
transcurrido, el grupo había descendido hasta una profundidad que Orville
calculaba en cuatrocientos metros por lo menos. Vaya, ni el Edificio Alworth
era tan alto. ¡Ni siquiera la Torre Foshay, en Minneapolis! A esa profundidad
la temperatura constante era de veinte grados centígrados.
Se oyó un leve ruido en las cercanías.
-¿Quién es? -preguntaron Buddy y Maryann casi al unísono.
-¿Qué haces aquí? -dijo él a la mujer en tono hosco.
-Más soga; pero no me preguntes por qué. Es algo que hacer,
nada más. Me mantiene ocupada. Hice tiras con algunas hiedras y ahora las tejo.
-Rió débilmente-. Quizá las hiedras fueran más resistentes que mis sogas.
-A ver, tómame las manos... enséñales cómo se hace.
-¿Tú? -Cuando las manos de Buddy tocaron las suyas, Maryann
siguió tejiendo con ahínco, para que los dedos no le temblaran.- ¿Para qué lo
quieres?
-Como dijiste tú, es algo que hacer.
Ella comenzó a guiar los torpes dedos, pero se confundió
tratando de recordar que la mano derecha de él estaba en la izquierda de ella,
y viceversa.
-Quizá si me siento detrás de ti... -sugirió.
Pero ni siquiera pudo rodearle el pecho con los brazos; el
vientre se lo impedía.
-¿Qué tal está? ¿Faltará mucho? -inquirió Buddy. -Está muy
bien. Será cualquier día de estos.
Resultó como Maryann esperaba: Buddy se sentó detrás de
ella, apretándole con los muslos las piernas abiertas, sosteniéndole los brazos
con los suyos, como un sillón.
-Bueno, enséñame -dijo.
Aprendía despacio, ya que no estaba habituado a ese tipo de
labor; pero la lentitud lo hacía simplemente más interesante como alumno. Pasó
una hora o más antes de que estuviera listo para comenzar su propia soga.
Cuando la terminó las fibras se separaron y desordenaron como las hebras de
tabaco del cigarrillo de un principiante.
Desde la profundidad del tubérculo les llegó la risa musical
de Greta, acompañada por la voz grave de Clay. Buddy no sentía deseo alguno de
volver junto a ellos; no tenía deseo alguno de ir a ninguna parte que no fuera
la superficie, su aire fresco, su esplendor, sus estaciones. cambiantes.
Aparentemente Maryann pensaba en cosas similares.
-¿Será el Día de la Marmota?
-Oh, debe faltar una semana todavía. Y aunque estuviéramos
arriba y pudiéramos ver si salió el sol, dudo de que hayan quedado marmotas
para ir en busca de sus sombras.
-Entonces hoy podría ser el cumpleaños de Blossom.
Deberíamos recordárselo.
-¿Cuántos años tiene ya? ¿Trece?
-Que no te oiga decir eso. Tiene catorce, e insiste mucho en
ello.
Del fruto surgió otro sonido; el grito de angustia de una
mujer. Después, un silencio sin ecos. De inmediato, Buddy dejó a Maryann para
ir a averiguar qué pasaba. No tardó en volver.
-Es Mae
Stromberg. Su hijo Denny murió.
Alice Nemerov la está atendiendo ahora.
-¿Pulmonía?
-Sí, además no pudo retener lo que comía.
-Ah, pobrecito.
La Planta era muy eficiente. En verdad, como planta, era
invencible; ya lo había demostrado: Cuanto más se aprendía de ella, más había
que admirarla, si uno era de los que admiraban tales cosas.
Las raíces, por ejemplo, eran huecas. Las de plantas
similares, evolucionadas en la Tierra (una secoya es comparable, en general)
son sólidas y totalmente leñosas. Pero ¿para qué? El volumen de tales raíces
carece de funciones; es materia muerta, en realidad. La única tarea de una raíz
consiste en transportar agua y minerales hasta las hojas, y cuando éstos han
sido sintetizados en alimento, trasladarlos abajo de nuevo. Para lograr todo
eso, una raíz debe mantenerse lo bastante rígida como para soportar la constante
presión del suelo y la roca a su alrededor. Todo esto lo hacía muy bien la
Planta; mejor, teniendo en cuenta sus dimensiones, que la más eficaz planta
terrestre.
El mayor espacio abierto dentro de la raíz permitía que
pasara más agua, con más rapidez y más lejos. Las tráqueas y vasos que conducen
agua a través de una raíz común no tienen la décima parte de la capacidad de
los capilares expansibles que eran las telarañas de la Planta. De igual modo,
las hiedras que cubrían por dentro las raíces huecas podían transportar, en un
solo día, toneladas de glucosa líquida y otros materiales desde las hojas hasta
los tubérculos frutales y las raíces que seguían creciendo en los niveles más
bajos. Comparar esas hiedras con el líber de las plantas comunes, era como
comparar una cañería intercontinental con una manguera de jardín. El espacio
hueco dentro de la raíz servía para otra finalidad más: suministraba aire a las
regiones más profundas de la Planta. Estas raíces, que llegaban tan lejos bajo
la aireada capa superficial, no tenían, como otras raíces, una provisión
independiente de oxígeno. Había que llevársela. Así, desde las pullas de las
hojas hasta las raíces más alejadas, la Planta respiraba. Esta múltiple
capacidad de transporte rápido en gran escala explicaba el desenfrenado ritmo
de crecimiento de la Planta.
La Planta era económica; no derrochaba nada. A medida que
las raíces se hundían más y se espesaban, la Planta se digería incluso a sí
misma, formando con eso el hueco donde entonces surgía la compleja red de
capilares y hiedras. La madera que ya no hacía falta para mantener el
exoesqueleto rígido, la descomponía y la, transformaba en alimenta útil.
Pero la economía fundamental de la Planta, su excelencia
definitiva, no consistía en ninguno de estos rasgos parciales, sino en el hecho
de que todas las Plantas eran una sola Planta. Así como ciertos insectos,
mediante la organización social, han logrado lo que habría sido imposible para
los integrantes individuales, también las distintas Plantas, formando un todo
único e indivisible, habían acrecentado el poder efectivo exponencialmente.
Materiales que no eran accesibles para una podían serlo para otra en exceso.
Agua, minerales, aire, alimento: todo era compartido en el espíritu del
verdadero comunismo; de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus
necesidades. Disponía de los recursos de todo el continente; no le faltaba gran
cosa.
El mecanismo a través del cual tenía lugar la socialización
de las Plantas individuales era muy sencillo. En cuanto las primeras raíces
secundarias brotaban de la raíz vertical primaria, se movían, por una especie
de tropismo mutuo, hacia las raíces secundarias afines de otras Plantas. Al
encontrarse, se fusionaban. Una vez indisolublemente fusionadas, divergían,
buscando otra unión más en el nivel más profundo. Muchas se convertían en una
sola.
La Planta era digna de admiración. Era realmente algo muy
hermoso, si se lo miraba objetivamente, como la miraba Orville, por ejemplo.
Es cierto que había tenido ventajas de las que no habían
gozado otras plantas. No había tenido que evolucionar sola. Además, estaba muy
bien cuidada.
Aun así, había plagas; pero se las estaba eliminando.
Después de todo, era la primera temporada de las Plantas sobre la Tierra.
Cuando Anderson, Orville y los demás hombres (los que se
habían molestado en ir) volvieron de la exploración de ese día, Mae Stromberg
ya había desaparecido, junto con el cadáver del hijo. En las últimas horas con
el niño moribundo, no había dicho una palabra ni derramado una lágrima; y
cuando él murió, no hubo más que ese solo grito enloquecido. Había soportado
con mucha menos calma la pérdida del marido y de la hija; tal vez sintió que
podía permitirse perderlos y, por consiguiente, llorarlos después. La pena es
un lujo. Ahora no le quedaba más que pena.
Había veintinueve personas, sin contara Mae Stromberg.
Anderson convocó enseguida a reunión. De los veintinueve, sólo estaban ausentes
las dos mujeres que seguían postradas con pulmonía y Alise Nemerov.
Después de una breve plegaria, Anderson comenzó:
-Me temo que nos estamos disgregando. -Hubo algunas toses y
movimientos de pies; aguardó a que pasaran, y luego continuó:- No puedo culpar
a ninguno de los presentes por la fuga de Mae. Tampoco puedo culparla a ella.
Pero aquellos de nosotros a quienes se nos ha ahorrado este último golpe y
hemos sido guiados aquí por la Divina Providencia; es decir, aquella de
nosotros que...
Se interrumpió, irremediablemente enredado en sus propias
palabras, sigo que le venía ocurriendo cada vez más en los últimos, tiempos. Se
llevó una mano a la frente y tomó aliento.
-Lo que quiero decir es esto: No podemos quedarnos echados
comiendo miel y leche. Hay trabajo que hacer.
Debemos fortalecernos para las pruebas que nos esperan, y...
Y, es decir, no debemos dejarnos ablandar. Hoy descendí más en estos infernales
túneles, y descubrí que allá abajo el fruto es mejor. Más pequeño y más firme,
con menos de este azúcar acaramelado. Además comprobé que hay menos oxígeno,
que ha sido... Quiero decir que aquí arriba nos estamos convirtiendo en un
montón de... ¿cómo era esa palabra?
-Lotófagos -dijo Orville.
-Un montón de lotófagos; exacto. Bueno, esto debe
terminar... -y subrayó las palabras golpeándose la palma con el puño.
Greta, que tenía la mano levantada desde la última mitad de
este discurso, habló por fin sin esperar a que se le diera la palabra.
-¿Puedo preguntar algo?
-¿Qué quieres, Greta?
-¿Qué trabajo? No veo que hayamos estado descuidando nada.
-Es que no hemos trabajado nada, muchacha. Eso es evidente.
-Con eso no contesta mi pregunta.
Anderson quedó atónito ante tal descaro... ¡y de ella! Dos
meses antes podía haberla hecho apedrear por adúltera, y ahora la mujerzuela
exhibía su orgullo y rebelión ante todos.
Debió haberle respondido al desafío con un golpe. Debió
haber sofocado ese orgullo proclamando, aun ahora, qué era ella: una ramera, y
con el hermano del marido. No le devolvió el ataque, y esto fue una debilidad
que todos advirtieron también.
Al cabo de un largo silencio amenazante, Anderson reanudó el
discurso como si no hubiera pasado nada.
-¡Debemos sacudir la modorra! No podemos quedarnos así
inactivos. De ahora en adelante nos pondremos en movimiento. Todos los días. No
nos quedaremos en un solo lugar; exploraremos.
-No hay nada que explorar, señor Anderson. Y ¿para qué vamos
a trasladarnos todos los días? ¿Por qué no despejamos un espacio cómodo y
vivimos allí? En una sola de estas papas enormes hay comida suficiente para...
-¡Basta, Greta! ¡Basta! Ya dije todo lo que voy a decir.
Mañana iremos...
Greta se puso de pie, pero en vez de adelantarse bajo la luz
de la lámpara se alejó de ella.
-Estoy harta de usted. Estoy harta de que me den órdenes
como si fuera una esclava. Para mí esto ha terminado. Mae Stromberg tuvo razón
cuando...
-Siéntate, Greta -ordenó el viejo; la severidad convertida
en mera estridencia-. Siéntate y calla.
-Yo no. Nunca más. Me voy. Basta ya. En adelante haré lo que
me venga en gana, y quien quiera venir conmigo, bienvenido.
Anderson sacó la pistola y apuntó a la indefinida figura
fuera de la luz que arrojaba la lámpara.
-Neil, dile a tu mujer que se siente. ¡Si no, haré fuego, y
a matar, por Dios!
-Em... siéntate, Greta -la instó Neil.
-No me baleará, y ¿sabe por qué? Porque estoy embarazada. No
querrá matar a su propio nieto, ¿verdad? Y no cabe duda de que es nieto suyo.
Era una mentira, una total invención, pero sirvió a su
propósito.
-¡Mi nieto! -repitió Anderson, horrorizado-. ¡Mi nieto! -y
apuntó la Python hacia Buddy, con mano que temblaba, no se sabía si de ira o de
simple debilidad.
-No fui yo -barbotó Buddy-. Juro que no fui yo.
Grata había desaparecido en la oscuridad, y tres hombres se
incorporaban de prisa, ansiosos por seguirla. Anderson disparó cuatro balas
contra la espalda de uno de ellos; luego, totalmente agotado, se desplomó sobre
la lámpara que ardía débilmente, apagándola.
El hombre que había matado era Clay Kestner. La cuarta bala,
luego de atravesar el pecho de Clay, había penetrado en el cerebro de una mujer
que se incorporó de un salto, aterrada, con el primer disparo de Anderson.
Quedaban ahora veinticuatro, sin contar a Greta y los dos
hombres que se habían ido con ella.
Once: Muerte natural
Anderson perdía el pelo a mechones. Quizá esto le habría
ocurrido a su edad de cualquier manera, pero él le echaba la culpa a la dieta.
Las escasas provisiones rescatadas del fuego habían sido racionadas por
migajas, y el poco maíz que ahora quedaba era para Maryann, y para simiente
cuando volvieran a la superficie.
Rascándose el escamoso cuero cabelludo, maldijo a la Planta,
pero con poca convicción, como quien protesta contra un patrón y no como quien
pelea contra un enemigo. Su odio estaba mezclado con gratitud; la fuerza lo
abandonaba.
Meditaba cada vez más sobre quién lo reemplazaría. Era una
cuestión de peso: tal vez Anderson fuera el último dirigente en el mundo; casi
un rey, sin duda alguna un patriarca.
Aunque generalmente creía en la primogenitura, se preguntaba
si una diferencia de sólo tres meses no podía ser interpretada caritativamente
en favor del hijo menor. Se negaba a considerar bastardo a Neil; por
consiguiente, se veía obligado a tratar a los muchachos como mellizos,
imparcialmente.
Cada uno de ellos tenía algo a favor, y ninguno lo
suficiente. Neil trabajaba con empeño, no era propenso a quejarse y tenía
fuerza; poseía los instintos de un dirigente, aunque no todas las habilidades.
Pero era estúpido; Anderson no podía dejar de verlo. Además estaba... bueno,
trastornado. Cómo o por qué exactamente, Anderson lo ignoraba, aunque
sospechaba que Greta tenía la culpa en algunos aspectos. Tendía a examinar este
problema con vaguedad, a observarlo oblicuamente o como a través de un vidrio
ahumado, tal como se nos dice que debemos contemplar un eclipse. No quería
enterarse de la verdad, si podía evitarlo.
Por su parte Buddy, si bien poseía muchas de las cualidades
ausentes en el medio hermano, no era de fiar. Lo había probado cuando, ante la
severa desaprobación del padre, se fue a vivir a Minneapolis; lo había probado
de modo concluyente el día de Acción de Gracias. Cuando descubrió al hijo en el
momento mismo, según sospechaba, de cometer el acto, se le había hecho evidente
que Buddy no lo reemplazaría en su elevado cargo. Al pasar de la adultez a la
madurez, Anderson había desarrollado un horror irrazonable hacia el adulterio.
Ahora no se le ocurría que también él había sido adúltero una vez, y que uno de
sus hijos era fruto de tal unión. En verdad, lo habría negado de modo
terminante, y habría creído en esa negativa.
Durante mucho tiempo pareció que nadie podría reemplazarlo.
En consecuencia, tendría que seguir adelante solo. Cada vez que los hijos
manifestaban nuevas debilidades, Anderson había sentido un correspondiente
aumento de vigor y decisión. En secreto, las fallas de ellos lo fortalecían.
Entonces apareció en escena Jeremiah Orville. En agosto,
Anderson le había respetado la vida, por razones que eran confusas y (según
parecía ahora) de inspiración divina. Ahora temblaba al verlo, como debe haber
temblado Azulo al comprender que el joven David lo suplantaría a él y a
Jonatán, su hijo. Anderson se esforzaba desesperadamente por negarlo y por
adaptarse al mismo tiempo a su manifiesto heredero. (Temía constantemente que,
como aquel antiguo rey, llegase a combatir contra el elegido del Señor, condenándose
con ello. Decididamente, creer en la predestinación tiene algunas desventajas.)
Como por etapas, doblegó la voluntad para esta desagradable tarea (ya que,
aunque Admiraba a Orville, no simpatizaba con él); el vigor y la decisión lo
abandonaban también por etapas. Sin saberlo siquiera, Orville lo estaba
matando.
Era de noche; es decir, una vez más habían caminado hasta
agotarse. Como Anderson era el árbitro de lo que constituía agotamiento,
resultaba evidente para todos que el anciano estaba desgastándose: como después
del equinoccio vernal cada día era más corto que el anterior.
El viejo se rascó el escamoso cuero cabelludo, maldijo...
algo, no recordaba exactamente qué, y cayó dormido sin pensar en contar los
presentes. Orville, Buddy y Neil lo hicieron, cada uno por su cuenta. Tanto
Orville como Buddy llegaron a veinticuatro; Neil, quién sabe cómo, sacó
veintiséis.
Neil fue inexorable: había contado veintiséis.
-¿Qué se creen, que no sé contar, Cristo santo?
Había transcurrido alrededor de. un mes desde la partida de
Greta. Ya nadie llevaba cuenta del tiempo. Algunos afirmaban que era febrero:
otros sostenían que marzo. Las expediciones a la superficie sólo les permitían
comprobar que aún era invierno. No necesitaban saber más.
No todos iban afuera. En verdad, además de Anderson, los dos
hijos y Orville, había solamente tres hombres más. De nuevo se mantenía una
base permanente para quienes, como Maryann y Alice, no podían pasarse el día
arrastrándose por las raíces. Cada día había aumentado el número de los que se
consideraban ineptos, hasta que hubo tantos lotófagos como antes. Anderson
fingió ignorar la situación, pues temía provocar otra peor.
Anderson guiaba a los hombres por la ruta habitual, marcada
con sogas trenzadas por Maryann. No podían orientarse más siguiendo el hilo de
Ariadna de los capilares rotas, ya que en las exploraciones habían roto tantos
que crearon un laberinto propio.
Fue cerca de la superficie, más o menos en el nivel de los
quince grados, donde se encontraron con las ratas. Al principio sintieron algo
así como el zumbar de una colmena, aunque más agudo. Lo primero que pensaron
los hombres fue que los incendiarios habían penetrado por fin en las raíces,
persiguiéndolos. Cuando se aventuraron dentro del tubérculo de donde provenía
ese rumor, el zumbido se elevó convirtiéndose en un áspero quejido, como si
estuvieran transmitiendo a todo volumen el aria de una soprano por un sistema
de altoparlantes deficiente. La oscuridad aparentemente sólida, donde no
alcanzaba la lámpara, se agitaba y disolvía en un teso más claro: miles de
ratas caían unas sobre otras procurando entraren el fruto. Las paredes del
pasaje estaban acribilladas por los túneles de las ratas.
-¡Ratas! -exclamó Neil-. ¿No dije yo que fueron ratas las
que perforaron esa raíz arriba? ¿Lo dije o no? Bueno, aquí están. Debe de haber
un millón.
-Si no lo hay ahora, lo habrá dentro de poco -asintió
Orville-. ¿Estarán todas en este tubérculo?
-¿Qué importancia puede tener eso? -preguntó Anderson con
impaciencia-. No nos han molestado, y yo, por mi parte, no siento necesidad de
hacerles compañía. Parecen satisfechas comiendo está maldita manzana
acaramelada, y yo dejo que lo hagan. Que se la coman toda, lo mismo me da.
-Intuyendo que había ido demasiado lejos, agregó en un tono más apaciguado. De
cualquier manera, nada podemos hacer contra un ejército de ratas. Me queda un
solo cartucho en el revólver. No sé para qué lo guardo, pero sí sé que no es
para una rata.
-Pensaba en el futuro, señor Anderson. Con tanto alimento a
su alcance, y sin enemigos naturales que las combatan, estas ratas se
multiplicarán fuera de todo límite. Tal vez ahora no amenacen nuestra provisión
alimenticia, pero ¿y dentro de seis meses? ¿Dentro de un año?
-Antes de que comience el verano ya no estaremos viviendo
aquí majo, Jeremiah. Entonces, que les haga provecho alas ratas.
-Sin embargo, aun entonces nuestra alimentación dependerá de
la Planta. Es lo único que queda, a menos que quiera criar ratas. Personalmente
nunca me gustó su sabor. Y hay que pensar en el invierno próximo. Con la poca
simiente que nos queda para plantar, aunque sirva todavía, no pasaremos el
invierno. Vivir así me agrada tan poco como a cualquiera pero es un modo de
sobrevivir. Por ahora, el único.
-¡Ah, puras idioteces! -declaró Neil en apoyo del padre.
Manifestando cansancio, Anderson bajó el farol, que sostenía
en alto para examinar las perforaciones en la pared del pasaje.
-Tiene razón, Jeremiah, como siempre. -Torció los labios en
una sonrisa de furia, y lanzó el pie descalzo (los zapatos eran demasiado
valiosos para desperdiciarlos allí abajo) contra una de las madrigueras desde
donde dos ojos relucientes los contemplaban con fijeza, observando a los
observadores.- ¡Canallas! ¡Hijas de perra! -gritó.
Hubo un chillido; y una gorda y peluda bola dé carne se
elevó en arco, fuera del alcance de la luz. El agudo gemido, que se había
aquietado un poco, subió de volumen, respondiendo al desafío de Anderson.
Poniendo una mano sobre el hombro del anciano, cuyo cuerpo
se sacudía entero de ira impotente, Orville protestó:
-Por favor, señor...
-La desgraciada me mordió -rezongó Anderson.
-Ahora no podemos damos el lujo de dispersarlas. Nuestra
mayor esperanza...
-Casi me arrancó un dedo -agregó el viejo, agachándose para
inspeccionar la herida-. Qué porquería...
-...es contenerlas aquí; bloquear todos las pasajes que
conducen a este tubérculo; De lo contrario...
-Orville se encogió de hombros; la alternativa era evidente.
-¿Y cómo salimos nosotros entonces? -inquirió Neil
socarronamente.
-Oh, cállate, Neil -dijo Anderson en tono fatigado-. ¿Con
qué? -preguntó a Orville-. No tenemos nada que una rata hambrienta no pueda
atravesar con los dientes en cinco minutos.
-Pero tenemos un hacha, y podemos debilitar las paredes de
las raíces para que caigan sobre sí mismas. A esta profundidad, la presión es
enorme. Esa madera debe de ser dura como el hierro, pero si la astillamos y
raspamos lo suficiente en los puntos adecuados, la tierra misma bloqueará los
pasajes. Las ratas no pueden morder basalto. Hay algún peligro de que el
derrumbe sea mayor de lo necesario, pero creo poder asegurarme de que eso no
ocurra. Por lo general, un ingeniero en minas tiene que impedir derrumbes; pero
ese es un buen entrenamiento para quien tiene que producirlos.
-Le permitiré intentarlo. Buddy, ve a buscar el hacha, y
cualquier otra cosa que tenga borde cortante. Y que vengan aquí esos otros
lotófagos. Neil y los demás, distribúyanse en las entradas de esta papa y hagan
lo posible por mantener las ratas adentro. Todavía no parecen muy ansiosas por
irse, pero quizá lo estén cuando las paredes comiencen a desplomarse. Jeremiah,
venga conmigo y muéstreme qué se propone hacer. No entiendo cómo no se nos
vendrá todo encima cuando... ¡Maldita sea!
-¿Qué le pasa?
-¡Mi pie! La condenada rata me sacó un buen pedazo del dedo.
Bueno, ¡ya verán esas desgraciadas!
El exterminio de las ratas tuvo éxito; en todo caso,
demasiado. Orville atacó la primera raíz en el punto preciso donde se
acampanaba para convertirse en la dura cáscara esférica del fruto. Trabajó
durante horas, desbastando delgados trozos de madera, vigilando cualquier señal
de tensión que le diera oportunidad de escapar, raspando un poco más,
vigilando. Cuando cedió la raíz, fue sin aviso. Orville se encontró de pronto
en medio de un trueno. La onda de choque lo levantó y arrojó de vuelta al
pasaje.
Todo el tubérculo se había derrumbado.
Según informaron los que custodiaban las demás entradas, no
escapó ninguna rata, pero hubo una desgracia: un hombre, que no había almorzado
(Anderson insistía en que no comieran más de tres veces por día, y con
frugalidad), entró en el tubérculo a buscar un puñado de pulpa frutal
exactamente en el peor momento. Ahora él, la pulpa frutal y algunos miles de
ratas estaban siendo convertidos, con lentitud geológica, en petróleo. Un muro
basáltico de perfecta chatura euclidiana bloqueaba cada entrada al tubérculo,
que había bajado tan rápida y limpiamente como una guillotina.
Anderson no había presenciado el acontecimiento (poco
después de que Orville iniciara el trabajo, tuvo otro de los desvanecimientos
que sufría cada vez con mayor frecuencia en los últimos tiempos), y cuando se
lo dijeron se negó a creerlo. La explicación retroactiva de Orville no lo
convenció.
-¿Qué tiene que ver ese Buckminster no sé cuantos? Le hago
una simple pregunta y usted me sale con cúpulas geográficas...
-Es una mera suposición. Las paredes del tubérculo tienen
que soportar presiones increíbles. Buckminster Fuller fue un arquitecto, o si
lo prefiere, un ingeniero, que construyó cosas precisamente para eso. Podría
decirse que proyectaba esqueletos de modo que, si la menor parte se debilitaba
cediera todo el cuerpo. Como cuando se quita la piedra angular de una arcada,
salvo que aquí eran todas piedras angulares.
-Vaya momento de aprender lo de Buckminster Fuller... cuando
ha muerto un hombre.
-Lo siento, señor. Comprendo que fue responsabilidad mía.
Debí haberlo pensado más, en lugar de apresurarme.
-Ahora no tiene remedio. Vaya en busca de Alice. Tengo un
poco de fiebre, y esa mordedura de rata me duele más a cada minuto que pasa.
¡Así que responsabilidad suya! pensó Anderson cuando Orville
se retiró. Bueno, pronto lo sería. Le convenía llamar a reunión mientras podía
razonar aún con claridad, y anunciarlo como decisión.
Pero eso equivaldría a su propia abdicación. No, esperaría
un poco.
Mientras tanto, se le ocurría otra idea, un modo de
legitimara Orville como heredero suyo: convertirlo en hijo, su hijo mayor,
mediante un matrimonio.
Pero también se resistía a dar este paso.. Blossom le
parecía tan joven todavía... poco más que una niña. Apenas unos meses antes la
había visto jugar a las bolitas con otros niños, en el piso de la sala común.
¿Casarla? Consultaría a Alice Nemerov al respecto. Una mujer siempre sabía más
de esas cosas. Anderson y Alice eran los dos sobrevivientes más viejos. Ese
hecho, y la muerte de la mujer de Anderson, los había obligado de buen o mal
grado a confiarse mutuamente.
Mientras la esperaba, se masajeó el dedo del pie. El sitio
mordido estaba ahora insensibilizado; el dolor provenía del resto del pie.
Esa noche, cuando sacaron la cuenta (Anderson estaba aún en
peores condiciones que antes para hacerlo), tanto Orville como Buddy contaron
veintitrés. Esta vez Neil contó veinticuatro.
-Es lento -bromeó Buddy-. Dale tiempo. Ya nos alcanzará.
Alice Nemerov, E.D., sabía que Anderson iba a morir. No sólo
porque era enfermera y sabía recocer la gangrena desde su poco notable
comienzo. Había visto cómo empezaba a morir mucho antes de que lo mordiera la
rata, antes aún de que los desmayos se le hicieran cotidianos. Cuando una
persona anciana se dispone a morir, se le nota en todo, como si lo anunciara en
letras luminosas. Pero como era enfermera, y como a pesar ayo había llegado a
tener afecto al anciano, procuró hacer algo para mantenerlo vivo.
Por este motivo lo convenció de que se demorara en hablar
con Orville y Blossom sobre sus intenciones para ellos. Lo llevaba de un día a
otro con una esperanza, como quien lleva a un asno con una zanahoria. Por lo
menos, parecía esperanza.
Al principio, cuando la esperanza fue real, había intentado
sacar la infección chupando, como si se tratase de una picadura de víbora. El
único efecto fue que le dieron náuseas y no pudo comer por dos días. Ahora, el
pie de Anderson era de un azul crepuscular y muerto. Pronto se iniciaría la
descomposición, si no había comenzado ya.
-¿Por qué no sigues chupando la infección? -preguntó Neil,
que deseaba verlo de nuevo.
-Ya no serviría de nada. Está moribundo.
-Podrías intentarlo. Es lo menos que podrías hacer -insistió
Neil, inclinándose a examinar el dormido rostro del padre-. ¿Respira mejor
ahora?
-A veces respira con mucha fuerza; a veces parece que apenas
respirara. Los dos síntomas son comunes.
-Tiene los pies fríos -dijo críticamente Neil..
-¿Qué otra cosa esperas? -repuso secamente Alice, perdida ya
la paciencia-. Tu padre se muere. ¿No lo entiendes? A esta altura, solamente
una amputación podría salvarlo, y en su estado no sobreviviría a la amputación.
Está agotado, es viejo, quiere morir.
-¿Es culpa mía eso? -gritó Neil.
El ruido despertó un momento a Anderson, y Neil se marchó.
Tanto había cambiado su padre en los últimos días que Neil se sentía incómodo
ante él. Era como estar con un desconocido.
-El bebé... ¿es varón o mujer? -preguntó Anderson con voz
apenas audible.
-No lo sabemos aún, señor Anderson. Quizás tardé una hora,
pero no más que eso. Todo está listo. Ella misma preparó las ligaduras con
trozos de soga. Buddy fue a la superficie en busca de un balde de nieve. Dice
que allá arriba soplaba una verdadera tempestad, y hemos podido esterilizar el
cuchillo y lavar unos pedazos de algodón. No será un parto de hospital, pero
estoy segura de que saldrá bien.
-Debemos orar.
-Usted debe orar, señor Anderson. Ya sabe que no comulgo con
esas cosas.
Anderson sonrió, y aunque fuera extraño, no fue una
expresión realmente desagradable. La muerte parecía suavizar al viejo, que
nunca había sido tan amable como entonces.
-Usted es como mi esposa, como Lady. Debe de estar en el
infierno por sus pecados y sus regaños, pero el infierno no puede ser mucho
peor que esto. Aunque, no sé por qué, no puedo imaginarla allí.
-No juzguéis si no queréis ser juzgados, señor Anderson.
-Sí... Lady también insistía siempre en eso. Era su texto
bíblico favorito.
Buddy los interrumpió:
-Llegó el momento, Alice.
-Vaya, vaya, no se demore aquí -la apremió Anderson.
Innecesariamente, porque ella ya se había ido, llevándose consigo la lámpara.
La oscuridad comenzó a cubrirlo como una manta de lana, como una colcha.
Si es varón puedo morir contento, pensó Anderson.
Fue varón.
Anderson intentaba decir algo que Neil no lograba descifrar
con exactitud. Acercó más el oído a los secos labios del anciano. No podía
creer que su padre se estuviese muriendo. ¡Su padres No le gustaba pensarlo.
El viejo murmuró algo.
-Trata de hablar más alto. -le gritó Neil en el oído sano; y
luego a los demás presentes-: ¿Dónde está la lámpara? ¿Y Alice? Debería estar
aquí ahora. ¿Qué hacen todos allí parados?
-Alice está con el bebé -susurró Blossom-. Dijo que
enseguida vendría.
Entonces Anderson habló de nuevo, en voz tan baja que sólo
lo oyó Neil, y nadie más.
-Buddy.
No dijo más, pero lo repitió varias veces.
-¿Qué dice? -preguntó Blossom.
-Que quiere hablas conmigo a solas. Los demás, váyanse y
déjennos solos, ¿eh? Papá quiere decirme algo a solas.
Entre arrastrar de pies y suspiros, los pocos que no dormían
todavía (ya que el período de vigilia había finalizado muchas horas antes) se
dirigieron a otras zonas del tubérculo, para dejar al hijo solo con el padre.
Neil aguzó los oídos para captar el menor sonido que indicara la cercanía de
alguien. En esa abismal oscuridad, la intimidad nunca era segura.
-Buddy no está aquí -dijo cuando comprobó que estaban
solos-. Está con Maryann y el bebé. También Alise. Tiene no sé qué problema al
respirar.
Neil tenía la garganta seca, y dolorida cuando intentaba
tragar saliva. Alice no debería estar en otro lado ahora, pensó furioso. Le
parecía que la gente no hablaba más que del bebé, el bebé. Estaba harto del
bebé. ¿Alguien se preocupaba por su bebé?
Aunque fuera extraño, la mentira de Greta había ejercido su
influencia más duradera en Neil, quien creía en ella con la fe más literal, sin
discusiones, tal como Maryann creía que Cristo había nacido de una virgen.
Neil tenía la habilidad de hacer a un lado meros hechos
inconvenientes, y consideraciones lógicas como si fueran telarañas. Hasta había
decidido que su bebé se llamaría Neil hijo. ¡Así aprendería Buddy su lección!
-Entonces trae a Orville, ¿quieres? -suspiró Anderson,
irritado-. Y que vuelvan los otros; tengo algo que decir.
-Puedes decírmelo a mí, ¿eh? ¿Eh, papá?
-¡Te dije que traigas a Orville! -El anciano comenzó a
toser.
-¡Bueno, bueno! -Neil se alejó a cierta distancia del
pequeño hueco en el fruto donde yacía su padre; contó hasta cien (salteándose,
con la prisa, del cincuenta y nueve al setenta) y volvió.- Aquí está, papá,
como me dijiste.
A Anderson no le pareció nada extraordinario que Orville no
lo saludara. En esos últimos días; todos guardaban silencio en su presencia, la
presencia de la muerte.
-Debí haber dicho esto antes, Jeremiah -comenzó, hablando
con rapidez, temeroso de que ese súbito vigor renovado lo abandonara antes de
terminar-. Tardé demasiado. Aunque sé que lo esperabas; lo veía en tus ojos.
Toma... -hizo débiles ademanes en la oscuridad-, aquí tienes mi revólver. Queda
una sola bala, pero algunos lo ven como una, especie de símbolo. Conviene que
así sea. Quería decirte tantas cosas, pero no hubo tiempo.
Neil, cada vez más agitado durante el discurso del, padre,
no pudo contenerse más:
-Papá, ¿qué estás diciendo?
-Todavía no entiende. -rió Anderson-. ¿Quieres decírselo tú,
o lo hago yo? -Hubo un largo silencio. ¿Orville? -preguntó luego el anciano en
otro tono.
-¿Decirme qué, papá? ¿Qué es lo que no entiendo?
-Que desde ahora me reemplaza Jeremiah Orville. ¡Vamos,
tráelo aquí!
-Papá, no lo dices en serio -exclamó! Neil, mordiéndose
agitadamente el labio inferior-. No es un Ander son. Ni siquiera uno de los
pobladores. Escucha, papá, te reemplazaré yo, ¿eh? Lo haré mejor que él. Dame
una oportunidad. No te pido más: una sola oportunidad.
Anderson no contestó, y Neil comenzó de nuevo, en tono más
suave y persuasivo:
-Debes comprender, papá. Orville no es uno de nosotros.
-Pronto lo será, miserable. Ahora tráelo aquí.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Quiero decir que lo voy a casar con tu hermana. Bueno,
basta de tonterías y tráelo. Y también a. tu hermana.. Que vengan todos.
-No puede ser, papá... ¡papá!
Anderson no dijo una palabra más. Neil le explicó todas las
razones por las cuales era imposible que Orville se casara con Blossom. Pero si
ella apenas tenía doce años: Y era su hermana... ¡la hermana de Neil! ¿No lo
comprendía? Y ¿quién era ese tal Orville, al fin y al cabo? Nadie. Debían
haberlo matado mucho antes, junto con los demás merodeadores.. Ya lo había
dicho entonces Neil, y lo mataría ahora, con tal de que Anderson lo ordenara.
¿Qué le parecía?
No importa qué argumentos ofreciera Neil, el anciano
permanecía allí tendido y en silencio. ¿Estaría muerto?, se preguntó Neil. No,
aún respiraba. Neil estaba acongojado.
Sus oídos agudos captaron los sonidos que anunciaban la
vuelta de otros.
-Déjennos solos -les gritó, y se marcharon de nuevo, sin
poder oír las órdenes de Anderson en contrario-. Papá, tenemos que discutir
esto -imploró. Anderson no contestó una palabra.
Con lágrimas en los ojos, Neil hizo lo que tenía que hacer.
Con una mano apretó las fosas nasales del viejo, y con la otra le tapó
fuertemente la boca. Anderson se retorció un poco al principio, pero estaba
demasiado débil para resistir mucho. Cuando quedó inmóvil, Neil retiró las
manos y observó si aún respiraba.
Ya no.
Entonces Neil le quitó Al padre la pistolera con el
revólver, y la ajusté alrededor de su propio cuerpo, más grueso. Era como un
símbolo.
Poco después llegó Alise con la lámpara y tocó la muñeca del
muerto.
-¿Cuándo murió? -quiso saber.
-Hace apenas un minuto -respondió Neil, aunque el llanto
hacía difícil entenderle-. Y me pidió... me ordenó que ocupara su lugar. Y me
dio el revólver.
Alise lo miró con desconfianza. Luego se inclinó sobre el
rostro del cadáver, que examinó con atención bajo la lámpara. Tenía magullones
a los costados de la nariz, y el labio partido y ensangrentado. Neil, que se
asomaba detrás de ella, no comprendía de dónde había salido esa sangre.
-Lo asesinaste.
Neil no daba crédito a sus oídos: ¡lo había llamado asesino!
La golpeó en la cabeza con la culata de la pistola. Después
enjugó la sangre que corría por la barbilla del padre y cubrió el labio partido
con pulpa frutal.
Cuando llegaron otros, les explicó que su padre había
muerto, y que él, Neil Anderson, ocuparía su lugar. Explicó además que Alise
Nemerov había dejado morir a su padre cuando podía haberlo salvado. Todo lo que
había dicho sobre cuidar al bebé eran puras mentiras. Era tan culpable como si
lo hubiera matado directamente, y habría que ejecutarla como escarmiento. Pero
no enseguida; por momento la atarían, y nada más. Y la amordazarían. El mismo
Neil se ocupó de la mordaza.
Le obedecieron. Estaban acostumbrados a obedecer a Anderson,
y esperaban que Neil lo reemplazara desde hacía muchos años. Claro está no
creían que Alise fuera culpable en modo alguno; pero tampoco habían creído
mucho de lo que les decía Anderson, y pese a todo lo habían obedecido. De haber
estado presente Buddy, tal vez habría alborotado más; pero se encontraba junto
a Maryann y al hijo recién nacido, que aún estaba debilucho. No se atrevían a
traer al bebé cerca del abuelo por temor a la infección.
Además, Neil blandía la Python con bastante descuido. Todos
sabían que quedaba una bala, y ninguno quería ser el primero en iniciar una
discusión.
Una vez que Alise quedó sólidamente atada, Neil preguntó
dónde estaba Orville. Resultó que nadie lo había visto ni oído desde hacía
varios minutos.
-Búsquenlo y tráiganlo aquí ahora mismo. ¡Blossom! ¿Dónde
está Blossom? La vi aquí hace un minuto.
Pero tampoco aparecía Blossom.
-¡Se ha perdido! -exclamó Neil, con súbita comprensión-. Sé
perdió en las raíces. Reuniremos una expedición para ir en su busca, pero antes
traigan a Orville. No... antes ayúdenme con esto.
Tomó a Alise por los hombros; algún otro la tomó por los
pies. No pesaba más que un morral, y la raíz maestra más cercana, donde había
una escarpada pendiente vertical, se hallaba a menos de dos minutos de
distancia. La arrojaron por el pozo, pero no pudieron ver dónde caía, porque
Neil había olvidado llevar consigo la lámpara. Sin duda la caída fue larga, muy
larga.
Ahora el padre estaba vengado, y Neil podía ir en busca de
Orville. Una sola bala quedaba en la Colt Python .357 Magnum del padre. Era
para Orville. Pero antes debía encontrar a Blossom, que sin duda habría
escapado quién sabe dónde al enterarse de la muerte del padre. Neil lo
comprendía; la noticia también lo había trastornado a él, terriblemente.
Primero buscarían a Blossom; después a Orville. Esperaba
-cómo lo esperaba- no encontrarlos juntos; eso sería espantoso hasta lo
indecible.
Doce: Fantasmas y monstruos
Mejor te escondes, se dijo, y fue así como se perdió.
Una vez, cuando Blossom tenía siete años, sus padres habían
ido a Duluth a pasar el fin de semana, llevándose al bebé, Jimmie Lee, y
dejándola sola en la gran casa de das pisos en las afueras de Tassel. Era su
decimoctavo aniversario de casamiento. Buddy y Neil, ambos ya crecidos, habían
salido; uno a un baile, el otro a un. partido de béisbol. Ella miró televisión
un rato; después jugó con las muñecas. La casa quedó muy oscura, pero el padre
prohibía que encendieran más de una luz por vez; de lo contrario se
desperdiciaba corriente.
No le importaba estar un poco asustada: hasta tenía algo de
agradable. Por eso apagó todas las luces, y fingió que el Monstruo la buscaba
en la oscuridad. Atreviéndose apenas a respirar, y en puntas de pie, encontró
escondites seguros para todas las hijas: Lulú, como de todos modos era negra,
en la carbonera del sótano; Mariquita, tras la caja del gato; Nelly, la mayor,
en el cesto de los papeles, junto al escritorio de papá. Sentía cada vez más
miedo. El Monstruo la buscó -por todas partes en la sala, salvo en el sitio
donde ella estaba: detrás de la mecedora con plataforma. Cuando el Monstruo
salió de la sala, Blossom subió la escalera cautelosamente, pegada a la pared
para, que los escalones no crujieran. Pero uno crujió; y el Monstruo, al oírlo,
subió a buscarla. Lanzando un grito; ella corrió a la primera habitación, entró
y cerró la puerta. Era el dormitorio de Neil, y. la gran cabeza de alce, con
sus cuernos, la miró amenazante desde su sitio, sobre la cómoda. Siempre había
temido a ese alce, pero más temía al Monstruo, que estaba afuera, en el
pasillo, escuchando ante cada puerta para ver si ella estaba adentro.
Arrastrándose sobre manos y rodillas, llegó a la puerta del
ropero de Neil, que estaba entreabierta, y se ocultó entre hediondos libros
vieja y sucios pantalones azules. La puerta del dormitorio se abrió con un
crujido. Tan oscuro estaba que Blossom no podía ver su propia mano, pero sí
podía oír al Monstruo que husmeaba por todas partes. Al llegar a la. puerta del
ropero, se detuvo; la olfateaba adentro. El corazón de Blossom casi cesó de
latir; rogó a Dios y a Jesús que el Monstruo se fuera.
Haciendo un ruido fuerte y terrible, el Monstruo abrió la
puerta; y entonces Blossom vio por primera vez cómo era. Gritó, gritó y volvió
a gritar.
Neil, que fue el primero en volver a casa esa noche, no
lograba entender qué hacía Blossom en su ropero con la cabeza metida en los
pantalones sucios, gimiendo como si la hubieran azotado con la correa y
temblando como un petirrojo atrapado en una tormenta de nieve. Pero cuando la
levantó, el cuerpecito se puso rígido, y Blossom sólo se tranquilizó cuando la
dejaron dormir esa noche en la cama de Neil. Al día siguiente tuvo fiebre, y
los padres tuvieron que abreviar el viaje y volver a cuidarla. Nadie comprendió
jamás lo sucedido, ya que Blossom no se atrevía a hablarles del Monstruo; a
quien ellos no podían ver. Con el tiempo, el incidente fue olvidado. Al crecer
Blossom, el contenido de sus pesadillas sufrió un cambio gradual: ahora los
antiguos monstruos no eran más aterradores que la cabeza de alce sobre la
cómoda.
Sin embargo, la oscuridad es la sustancia misma del terror;
y mientras corría y se arrastraba por las raíces, descendiendo cada vez más
hondo, Blossom sintió que el vicio temor la volvía a dominar. Se habían apagado
de pronto todas las luces de la casa; las tinieblas se llenaron dé monstruos,
como una tina de agua, y ella corrió por escaleras y pasillos en busca de un
ropero donde ocultarse.
Durante esos últimos largos días de agonía del padre, y aún
antes, Blossom había estado demasiado sola. Sentía que él quería decirle alga,
pero se contenta, y esa actitud la humillaba. Creyendo que no quería que ella
lo viera morir, se obligó a permanecer alejada. Alise y Maryann, con quienes
habitualmente habría pasado el rato, no tenían ahora otra preocupación que el
bebé. Blossom habría querido ayudarlas; pero era demasiado joven. Estaba en la
edad en que se experimenta incomodidad en presencia del nacimiento o de la
muerte. Merodeaba en las orillas de estos grandes acontecimientos, y se
compadecía por estar excluida de ellos. Se imaginaba muriendo; ¡qué tristes se
pondrían todos, cuánto lamentarían haberla descuidado!
Ni siquiera Orville tenía tiempo para Blossom. Se ausentaba,
solo, o estaba al lado de Anderson. Únicamente Neil parecía más alterado que él
por la muerte del anciano. Cada vez que se cruzaba con Blossom, Orville la
miraba con tan mortífera intensidad que la muchacha se apartaba, ruborizada, y
hasta un poco asustada. Ya no sentía que lo entendía; y esto, en cierto modo,
hacía que lo quisiera más... y con menos esperanzas.
Pero ninguna de estas cosas la habrían impulsado a huir,
salvo a sus propias fantasías. Recién cuando vio la expresión en el rostro de Neil,
la apariencia casi sonámbula de aquellos rasgos; cuando le oyó pronunciar su
nombre en ese tono particular... entonces Blossom, como una gacela que olfatea
a un cazador, se aterró y echó á correr: lejos, a la oscuridad profunda y
protectora.
Corría ciegamente, y por eso fue inevitable que cayera por
uno de los túneles a una raíz primaria. En la oscuridad podía ocurrir aunque se
tuviera cuidado. El vacío la tragó entera.
Las rodillas dobladas penetraron la pulpa del fruto; luego
el cuerpo se precipitó hacia adelante en la suave y blanda seda vegetal. Se
hundió en ella profundamente, y cayó sin lastimarse a unos pocos centímetros
del cuerpo destrozado, pero todavía vivo, de Alise Nemerov, ED.
Jeremiah Orville había demorado demasiado. Se había
propuesto vengar, y en cambio había ayudado. Día tras día había observado la
muerte de Anderson, su afonía, su humillación, sabiendo que, él, Jeremiah
Orville, nada tenía que ver con ellas. La Planta y la mera casualidad habían
derrotado al anciano.
Orville había permanecido cerca como Hamlet, diciendo
"amén" a las oraciones de Anderson, y sólo se había engañado a sí
mismo con esas sutilezas. Tanto había ambicionado que todos los sufrimientos de
Anderson provinieran de él mismo, y no de la Planta, que condujo al viejo y su
tribu a un país de leche y miel. Y ahora el enemigo agonizaba a causa de un
simple accidente: una mordedura infectada en un atrofiado dedo de un pie.
Solo, Orville meditaba tristemente. en la profunda
oscuridad; y en el aire vacío tomó forma una imagen, un fantasma. Cada día la
aparición era más definida; pero él sabia, desde el primer débil resplandor
blanco, que era Jackie Whythe. Pero esta era una Jackie Whythe como nunca había
existido: más joven, más ágil, más dulce, la esencia misma de la gracia y la
delicadeza femeninas.
Utilizando todos los ardides habituales, le hizo declarar su
amor por ella. Y aunque él juró amarla, no quedó satisfecha; no le creyó, y lo
obligó a decirlo una y otra vez.
Le recordó las noches juntos, los tesoros de su cuerpo
joven..: y el horror de su muerte. Después volvió a preguntarle: ¿Me amas?
Si; si; te amo, insistió él. ¿Lo dudas? Lo atormentaba el
deseo de poseerla otra vez. Anhelaba un ultimo beso, el más leve contacto,
apenas un aliento; pero le era negado.
Estoy muerta, le recordó ella, y no me has vengado.
-¿A quién quieres? -le preguntó él en voz alta, apretando el
hacha que no había dejado de afilar en la palma de la mano-. Dime el nombre, y
con está misma hacha...
Blossom, susurró con ansiedad el fantasma, con cierta
insinuación de celos. Me has abandonado por esa muchacha. Cortejas a una niña.
-¡No! Fue solamente para poder traicionarla. Fue todo por
ti.
Pues traiciónala ahora. Traiciónala y volveré a ti.
Entonces, y sólo entonces, te besaré. Entonces, cuando me toques, tu mano
sentirá carne. Con estas palabras desapareció.
En el mismo instante Orville supo que ella no había sido
real, que muy posiblemente esto fuera el comienzo de la locura. Pero no le
importaba. Aunque no fuera real, tenía razón.
Inmediatamente fue en busca de la víctima, y la encontró de
pie junto a un grupo que rodeaba el cadáver del padre. Alise Nemerov yacía
atada cerca del cadáver, y también estaba allí Neil Anderson, que desvariaba.
Orville no prestó atención a nada de esto. Blossom, en ese momento como si
intuyera los designios de Orville echó a correr espantada por los oscuros
túneles de la Planta. El la siguió. Esta vez haría lo que tenía que hacer... lo
haría con destreza, con rapidez, y con un hacha.
Apretando entre las manos la pulpa dura y quebradiza de la
cáscara del fruto, Blossom logró exprimir unas cuantas gotas de agua aceitosa.
Pero tanto calor hacía a esa profundidad -veintisiete grados centígrados, o
más-, que le resultaba difícil revivir a Alice de ese modo. Comenzó da nuevo a
masajearle las flacas manos a la anciana, las mejillas, la floja carne de los
brazos, mientras repetía mecánicamente las mismas palabras de aliento:
-Alice querida, por favor... Trata de despertar, trata...
Alice, soy Blossom... ¡Alice! Todo va bien ahora... ¡Oh, por favor!
Por fin la anciana pareció recobrar el sentido, pues gimió.
-Alice ¿estás bien?
Alice emitió un sonido parecido al habla, que fue
interrumpido por una siseante aspiración. Cuando habló, cuando pudo hablar, lo
hizo con voz exageradamente fuerte y extrañamente resuelta.
-Creo que tengo la cadera... sí, está rota.
-¡Oh, no! ¡Oh, Alice! ¿Te... te duele?
-Como el diablo, hija mía.
-¿Porqué lo hizo? ¿Porqué Neil...?
Blossom se detuvo; no se atrevía a decir lo que había hecho
Neil. Ahora que Alice estaba consciente, el temor y la agitación volvieron a
dominarla. Era como si hubiera revivido a Alice únicamente para que ésta
pudiera decirle que el Monstruo no era real, apenas ayo imaginado por ella.
-¿Por qué me arrojó aquí? Porque, hija mía, el canalla
asesinó a tu padre, y porque yo lo supe y cometí la estupidez de decirlo.
Además, me parece que nunca simpatizó mucho conmigo.
Blossom declaró que no podía creerlo, que era absurdo. Hizo
que Alice le explicara cómo lo sabía, pidió pruebas, las refutó: Dolorida como
estaba, la obligó a repetir cada detalle del relato, y aún se negó a creerlo.
Su hermano tenía defectos, pero no era un asesino.
-¿Acaso no me asesinó a mí?
Era una pregunta difícil de responder.
-Pero ¿para qué hacer semejante cosa? ¿Por qué matar a un
hombre que está casi muerto? No tiene sentido. No había razón.
-Fue por tu causa, querida.
Blossom creyó sentir el aliento del Monstruo en la nuca.
-¿Qué quieres decir? -exclamó, apretando casi con furia la
mano de Alice-. ¿Por qué por mi causa?
-Porque debe haber descubierto que tu padre se proponía
casarte con. Orville.
-Papá se proponía... ¡no entiendo!
-Quería que Jeremiah fuera el nuevo líder que lo
reemplazara. Aunque no lo deseaba, comprendió que tendría que ser así. Pero
postergó decírselo a alguien. Eso fue obra mía. Yo le dije que esperara. Pensé
que eso lo haría seguir, adelante. Nunca imaginé...
Alice continuaba hablando, pero Blossom ya no la escuchaba.
Ahora entendía lo que había querido decirle el padre, y por qué había vacilado.
La pena y la vergüenza la inundaron: había sido injusta con él; lo había dejado
sufrir solo todos esos días. ¡Y él sólo quería su felicidad, la que ella
ansiaba para sí misma! Habría querido volver a implorarle perdón, a
agradecerle. Parecía que Alice, con esas últimas palabras, hubiera encendido
todas las luces de la casa, devolviéndole la vida a su padre.
Pero las palabras siguientes de Alice disiparon esta
ilusión.
-Les conviene cuidarse de él -dijo ceñuda-. No se atrevan a
confiar en él. Especialmente tú.
-Oh, no, no, te equivocas; lo amo, y creo que él me ama
también.
-No me refiero a Orville, Por supuesto que te ama; cualquier
tonto se da cuenta. De quien debes cuidarte es de Neil. Está loco.
Blossom no protestó. Sabía mejor que Alice, aunque había sido
menos consciente hasta ese momento, qué cierto era.
-Y parte de la locura se relaciona contigo.
-Cuando los demás sepan lo que hizo, cuando yo se lo diga...
Blossom no necesitaba decir más. Cuando los demás supieran
lo que había hecho Neil, lo matarían.
-Por eso te lo conté; para que lo supieran.
-Tú misma. se lo dirás. Debemos volver ya. A ver, tómate de
mi hombro con el brazo.
Alice protestó, pero Blossom no le hizo caso. La anciana era
liviana; si hacia falta, la llevaría alzada.
La. enfermera lanzó un grito, atormentado, y apartó el brazo
de Blossom.
-¡No, no!, qué dolor... No puedo.
-Entonces traeré ayuda.
-¿Qué ayuda? ¿De quién? ¿Un médico, una ambulancia? No pude
ayudar a tu padre a recobrarse de una mordedura de rata, y esto es...
El sonido que la interrumpió fue más elocuente que cualquier
palabra que fuera a pronunciar. Blossom se mordió el labio largo rato para
guardar silencio. Cuando le pareció que Alice podía escuchar, le dijo:
-Entonces me quedaré aquí sentada contigo.
-¿A verme morir? Tardaré un poco, aunque no más de dos días,
y la mayor parte del tiempo estaré lanzando estos aullidos terribles. No... eso
no me consolaría en nada. Pero hay algo que puedes hacer, si tienes fuerza
suficiente.
-Lo que sea, lo haré.
-Debes prometerlo. -Blossom le apretó la mano para
tranquilizarla.- Debes hacer por mí lo que Neil hizo por tu padre.
-¿Matarte? ¡No! Alice, no puedes pedirme que...
-Hija mía, yo lo hice en otra época por quienes lo pedían, y
algunos tenían menos motivos que yo. Una inyección de aire, y el dolor se...
va.
-Esta vez no -gritó.
-Blossom, te lo imploro.
-Tal vez venga alguien. Haremos una camilla.
-Sí, tal vez venga alguien. Tal vez venga Neil. ¿Te imaginas
lo que haría si me encontrara todavía viva?
-No, él no haría eso... -Pero inmediatamente supo que sí.
-Debes hacerlo, hija mía. Te exijo que cumplas tu promesa.
Pero antes bésame. No, así no; en los labios.
Blossom oprimió con sus labios temblorosos los de Alice, que
estaban rígidos del esfuerzo por contener el dolor.
-Te quiero -susurró-. Te quiero como si fueras mi madre.
Después hico lo mismo que Neil. La anciana se retorció en
una protesta instintiva, irreflexiva, y Blossom aflojó el apretón.
-¡No! jadeó Alice-. No me tortures... ¡hazlo!
Esta vez Blossom no la soltó hasta que estuvo muerta.
La oscuridad aumentaba, y Blossom creyó oír que alguien
bajaba por las hiedras de la raíz. Cuando el cuerpo penetró en la pulpa del
fruto, hubo un ruido fuerte, y terrible. Blossom sabía qué aspecto tendría el
Monstruo: el de Neil. Gritó, gritó y volvió a gritar.
El Monstruo tenía un hacha.
-Vuelve pronto -rogó ella.
-Te lo prometo. -Buddy se inclinó sobre la esposa, pero no
le encontró los labios en la oscuridad (por orden de Neil, la lámpara debía
quedar junto al muerto), y le besó en cambio la nariz.
Maryann rió como una muchacha, mientras él, con un exceso de
cautela, tocaba con un dedo el diminuto brazo del hijo.
-Te quiero -dijo, sin molestarse en definir a quién se
dirigía: a la mujer, al hijo o a los dos. El mismo- lo ignoraba. Solamente sabía
que, pese a los terribles acontecimientos de los últimos meses, y sobre todo de
la hora anterior, su vida parecía tener sentido como no lo tenía desde hacía
años. Las más sombrías reflexiones no podían disminuir la plenitud de sus
esperanzas, ni atenuar el resplandor de su satisfacción.
Hasta en el peor desastre, en las mayores derrotas, el
mecanismo de la alegría sigue funcionando para unos pocos afortunados.
Maryann parecía advertir mejor que él que el círculo
encantado de ellos tres lenta una circunferencia muy reducida, ya que murmuró:
-¡Qué cosa terrible!
-¿Cuál? -preguntó Buddy, absorto en un minúsculo dedo del
pie de Buddy hijo.
-Alice. No comprendo por qué él...
-Está loca -repuso Buddy, saliendo a regañadientes del
círculo-. Tal vez lo haya insultado. Ya sabes que es... que era viva de lengua.
Cuando vuelva Neil me ocuparé de que se haga algo. Quién sabe qué enormidad se
le ocurrirá ahora. Orville me ayudará; y también hay otra que han insinuado
algo. Pero mientras tanto está armado y nosotros no. Y ahora lo importante es
encontrar a Blossom.
-Por supuesto. Eso antes que nada. Sólo que es ayo tan
terrible.
-Es terrible -admitió él, oyendo que Neil lo llamaba de
nuevo-. Ahora debo irme... -y comenzó a alejarse.
-Ojalá estuviera aquí la lámpara, así podría verte más
tiempo.
-Lo dices como si creyeras que no volveré.
-¡No! No digas eso... ni en broma. Volverás, lo sé, pero.
-¿Sí, Maryann?
-Dilo una vez más.
-Te quiero.
-Y yo a ti. -Cuando estuvo segura de que él se había
marchado, agregó:- Siempre te quise.
Los diversos miembros de la expedición de rescate se abrían
paso hacia abajo por el laberinto de raíces divergentes utilizando una fina
soga trenzada por Maryann con fibra de las hiedras. Cuando cualquier integrante
del grupo se apartaba del cuerpo principal, ataba la punta de su propio rollo
de cuerda a la soga comunal que conducía a! tubérculo donde Anderson yacía en
cuerpo presente junto a la vigilante lámpara.
Neil y Buddy fueron quienes más descendieron a lo largo de
la soga comunal. Al terminar ésta, se encontraron en una nueva intersección de
raíces. Buddy anudó una punta de su soga al extremo de la cuerda principal y
tomó a la izquierda. Después de hacer lo mismo, Neil tomó a la derecha, pero
sólo hasta corta distancia. Luego se sentó a pensar con todo el empeño que le
era posible.
Neil no confiaba en Buddy; nunca había confiado. Ahora,
muerto el padre, ¿no tendría que confiar todavía menos? Buddy se creía tan
listo con ese mocoso suyo. Como si fuera el único hombre del mundo que hubiera
tenido un hijo. Neil lo detestaba a muerte también por otras razones que su
mente evitaba. No le convenía enterarse muy conscientemente de que el supuesto
Neil hijo, si existía, probablemente existiera como resultado de otra simiente
que la suya. Mejor era que ni siquiera pensar en eso.
Neil estaba inquieto. En varios de los hombres que
participaban de la expedición intuía una resistencia a su autoridad, y esta
resistencia parecía más fuerte en Buddy. Un líder no puede permitir que le
cuestionen la conducción; su padre siempre había insistido en eso. A Buddy no
parecía importarle nada que Anderson hubiera querido que Neil lo reemplazara.
Buddy siempre había sido. impetuoso, rebelde, ateo.
¡Eso es él! pensó Neil, asombrado de la perfección con que
esa palabra definía todo lo peligroso en el hermano. ¡Un ateo! ¿Cómo no lo
había advertido antes?
De una manera u otra, los ateos debían ser eliminados.
Porque el ateísmo era como veneno en el depósito de agua del pueblo; era
como... Pero Neil no pudo recordar cómo seguía lo demás. Hacía mucho que su
padre no pronunciaba un buen sermón contra el ateísmo y la Suprema Corte.
Mientras seguía los pasos a esta percepción, a Neil se le
ocurrió otra idea nueva. Fue para él una verdadera inspiración, una
revelación... como si el espíritu del padre hubiera bajado del cielo para
susurrársela al oído.
¡Ataría la cuerda de Buddy en redondo!
Así, cuando Buddy quisiera regresar, quedaría encerrado en
un círculo, siguiendo una y otra vez la soga. Cuando se tenía el concepto
básico, era una idea muy simple.
Pensándolo con detenimiento, sin embargo, había un
inconveniente. Una parte del círculo estaría allí, en esa intersección, y Buddy
tal vez descubriera a tientas la punta de la cuerda principal, donde seguía
anudada con la de Neil.
¡Pero no podría si el círculo no tocaba esa intersección!
Riendo entre dientes, Neil desató la soga de Buddy y comenzó
a seguirlo, enrollando la soga a medida que avanzaba. Cuando calculó haber
recogido suficiente, se desvió por un ramal secundario de la raíz, desenrollando
la soga mientras caminaba. Esta pequeña raíz se conectaba con otra igualmente
pequeña, y ésta a su vez con otra. Las raíces de la Planta siempre iban en
círculos sobre sí mismas, y si se daba vuelta siempre en la misma dirección,
generalmente se volvía al punto de donde se partiera. Y en efecto, Neil estuvo
pronto de vuelta en la raíz más grande, donde encontró la cuerda de Buddy,
estirada a treinta centímetros sobre el suelo. Probablemente Buddy no estuviera
lejos.
El ardid de Neil era perfecto. Cuando llegó casi a la punta
de la soga, la anudó a la otra punta, formando un círculo perfecto.
Que trate ahora de encontrar el camino de vuelta, pensó con
satisfacción. ¡Que trate ahora de molestar! ¡Ateo de porquería!
Guiándose con la soga de Buddy, riendo sin parar, Neil
comenzó a, arrastrarse por donde había llegado. Recién entonces notó que un
extraño fimo le cubría las manos y también la ropa.
Trece: ¡Cucú, chag-chag, piu-uí, tuitú!
Hay quienes no pueden gritar ni siquiera cuando la ocasión
requiere enfáticamente hacerlo. Cualquier sargento de instrucción militar
conoce hombres, buenos soldados en todos los demás aspectos, que cuando deben
abalanzarse a hundir una bayoneta en las entrañas de un muñeco relleno de
aserrín, son incapaces de lanzar ningún tipo de grito de batalla; o en el mejor
de los casos apenas logran alguna imitación inofensiva, un ¡Mata! ¡Mata! sin
entusiasmo. No es que a estos hombres les falten las emociones primordiales del
odio y la sed de sangre, es sólo que se han vuelto demasiado civilizados,
demasiado reprimidos, para experimentar un puro furor frenético. Tal vez una
verdadera batalla lo suscite en ellos; tal vez nada lo consiga.
Hay emociones más primordiales, más fundamentales para la
supervivencia, que el odio y la sed de sangre; pero con ellas ocurre lo mismo:
pueden estar ahogadas recubiertas con formalidades civilizadas y sensaciones
secundarias. Solamente circunstancias extremas pueden liberarlas.
Jeremiah Orville era un hombre muy civilizado. Los últimos
siete años lo habían liberado en muchos aspectos, pero sin borrarle la
civilización hasta muy podo tiempo atrás, cuando los acontecimientos le
enseñaron a desear más la consumación de la venganza que la propia felicidad y
seguridad. Era un comienzo.
Pero al hallarse junto a Blossom, el hacha invisible en la
mano, invisible él mismo, oyendo esos gritos desgarradores que el miedo
arrancaba de la garganta de la muchacha, lo dominó la emoción del amor, más
primordial, destruyendo la civilización en él e impulsándolo a soltar el arma.
Layó de rodillas y besó aquel cuerpo joven que era ahora lo más importante y
hermoso en el mundo.
-¡Blossom! -exclamó, jubiloso-. ¡Oh, Blossom! ¡Blossom! -y
siguió repitiendo el nombre desatinadamente.
-¡Jeremiah! ¡Eres tú! Dios mío, ¡creí que era él!
Y Orville, al mismo tiempo:
-¿Cómo pude haber amado a un fantasma incorpóreo, mientras
que aquí...? ¡Perdóname! ¿Podrás perdonarme alguna vez?
Sin entenderle, ella reía y lloraba.
-¡Perdonarte!
Entonces se dijeron muchas cosas sin pensar, sin preocuparse
por comprender nada más que el hecho, todavía inasimilable, de que se amaban.
Los más altos vuelos de la pasión tienden a ser lentos,
aunque no totalmente inocentes. Si bien Orville y Blossom no podían disfrutar
la felicidad de mirarse durante horas a los ojos, la oscuridad permitía tanto
como negaba. Retozaron, se demoraron. Se llamaron con los nombres sencillos y
afectuosos de los romances juveniles (nombres nunca pronunciados entre Orville
y Jackie Whythe, que cuando él la acariciaba solía utilizar expresiones más
groseras, signo infalible de refinamiento); y estos querido, estos amada y
estos mi amor parecían expresar filosofías del amor tan exactas como la
aritmética y tan sutiles como la música.
Por fin, como era inevitable, algunas palabras de sentido
común les alteraron la perfecta soledad del amor, como guijarros lanzados a un
estanque tranquilo.
-Los demás deben estar buscándome -dijo ella-. Tengo que
decirles algo.
-Sí, ya sé; oí desde arriba cuando te lo contó Alise.
-Entonces ya sabes que papá quería esto, Iba a anunciarlo
cuando...
-Sí, lo sé.
-Y Neil...
-También lo sé. Pero ahora no hace falta que te preocupes
por él. -Le besó el suave lóbulo colgante de la oreja.- No hablemos de eso por
ahora. Más tarde hacemos lo que sea necesario.
-No, Jeremiah. Escucha -repuso ella, apartándolo-. Vámonos
de aquí, lejos de ellos y de sus odios y celos, donde nunca puedan
encontrarnos. Podremos ser como Adán y Eva, inventar nombres nuevos pata todos
los animales. Está el mundo entero...
No dijo más, porque se dio cuenta de. que estaba el mundo
entero. Tendió una mano para atraer nuevamente a Orville, y para alejar el
mundo un momento más; pero en lugar de la carne viviente de Orville tropezó con
la cadera fracturada de Alice.
Una voz, que no era la de Orville, gritó el nombre de
Blossom.
-Todavía no -susurró ella-. No puede terminar ahora.
-No termina -le prometió él, ayudándola a ponerse de pie-.
Tenemos toda nuestra vida por delante. Una vida dura eternamente; a mi edad lo
sé bien.
Ella rió, y luego gritó para que todos la oyeran:
-Estamos aquí abajo. Quienquiera que sea, váyase;
encontraremos solos el camino de vuelta.
Pero Buddy ya los había encontrado, entrando en el tubérculo
por un pasaje lateral.
-¿Quién está contigo? -preguntó-. ¿Eres tú, Orville? Debería
romperte la cabeza por esta jugarreta. ¿No saben que el viejo ha muerto? ¡Vaya
momento para fugarse!
-No, Buddy, te equivocas. Todo está bien; Orville y yo nos
amamos.
-Sí, entiendo. Ya hablaremos de eso él y yo... en privado.
Espero haber llegado antes de que pusiera a prueba tu amor. Dios me valga,
Orville... ¡esta muchacha tiene apenas catorce años! Es tan joven que podría
ser tu hija. Tal como se porta es tan joven que podría ser tu nieta.
-¡Buddy! No es como piensas -protestó Blossom-. Es lo que
papá quería para nosotros. Se lo dijo a Alice y entonces...
Buddy, que se adelantaba guiándose por las voces de ellos,
tropezó con el cadáver de la enfermera.
-Qué demonios...
-Esa es Alice. ¿Por qué no me escuchas?
Blossom estalló en lágrimas de frustración y de pena.
-Siéntate y cállate un minuto -dijo Orville-. Te apresuras a
sacar conclusiones erróneas, e ignoras muchas cosas. No, hombre, no discutas,
¡escucha! -Poco después concluía:- La cuestión no es entonces qué se debe hacer
en el caso de Neil, sino quién debe hacerlo. No creo que yo deba cargar, con
esa responsabilidad, ni tú tampoco. Personalmente, nunca ene gustó el
despotismo con que tu padre hacía de juez, jurado y ley por cuenta propia.
Haber sido designado sucesor suyo es un honor, pero preferiría rechazarlo. En
esta cuestión debe intervenir la comunidad.
-De acuerdo. Sé que si yo hiciera... lo que hay que hacer,
dirían que es por motivos personales. Y no sería cierto. No quiero nada suyo;
ya no. A decir verdad, lo único que quiero ahora es volver a ver de nuevo a
Maryann y mi, hijo.
-Lo que debemos hacer entonces es ir en busca de los demás.
Blossom y yo podemos ocultarlos hasta que el problema quede resuelto. Neil
puede ser rey por un día, pero alguna vez tendrá que dormir, y entonces habrá
tiempo para derrocarlo.
-Muy bien. Iremos ahora... pero no siguiendo mi soga; así
sería demasiado fácil encontrarse con Neil. Si trepamos las hiedras de la raíz
por donde ustedes llegaron, no habrá peligro de que nos crucemos con él.
-Si Blossom puede, no tengo inconveniente.
-Jeremiah, viejo extraño, yo puedo trepar por allí dos veces
más rápido que cualquier abuelo de treinta y cinco años.
Al oír lo que supuso era un beso, Buddy frunció los labios
con desaprobación. Pese a aceptar todo lo dicho por Orville en defensa suya y
de Blossom -que eran otros tiempos; que ahora casarse pronto era
definitivamente preferible a la antigua modalidad; que Orville (este argumento
fue de Blossom) era sin duda el más aceptable entre los sobrevivientes, y que
Anderson había bendecido póstumamente su unión. pese a todas estas razones
convincentes, Buddy no podía evitar cierto disgusto ante la situación. Todavía
es una niña, se decía; y frente a este hecho para él incontrovertible, todos
los razonamientos parecían tan engañosos como las pruebas de que Aquiles nunca
podrá alcanzar a la tortuga en su interminable carrera.
Sin embargo, se tragó el disgusto, como traga un niño alguna
odiada verdura a fin de salir para ocupaciones más importantes.
-Vámonos de aquí -dijo.
Para regresar a la raíz primaria desde donde habían caído
Blossom y Orville era necesario desviarse por donde llegara Buddy, y luego
doblar hacia arriba por una raíz secundaria tan estrecha que incluso
arrastrarse por ella resultaba arduo.
Pero esto no fue sino un anticipo de las dificultades que se
les presentaron al trepar la raíz vertical. Las hiedras por donde tenían la
esperanza de ascender estaban cubiertas por una fina capa de limo que impedía
asirlas con la firmeza suficiente para no resbalarse. Únicamente en los puntos
nodales, donde las hiedras se interpenetraban, formando una especie de estribo
(al igual que el sistema de raíces, estas hiedras se juntaban y volvían a
juntar constantemente), era posible afamarse, y no siempre era seguro hallar
otra de esas intersecciones nodales de hiedras más arriba, al alcance de la
mano. Continuamente debían retroceder y ascender de nuevo por una red de
hiedras distinta. Más frustrante aún era que los pies (que aunque descalzos no
eran prensiles) resbalasen a cada rato de esos estribos improvisados. Era como
tratar de subir por una escalera de sogas engrasada a la cual le faltaran
escalones.
-¿Qué ganamos matándonos? -inquirió retóricamente Buddy,
después de haber estado a punto de hacer precisamente eso-. No sé de dónde
viene esta bazofia, pero no parece cesar. Cuanto más alto subimos, más
probabilidades tenemos de rompernos el pescuezo si caemos. ¿Por qué no volvemos
por mi soga, después de todo? No es tan probable que tropecemos con Neil, y
aunque así ocurra, no tenemos por qué revelarle que estamos enterados de algo
que él no quisiera que sepamos. Prefiero arriesgar cinco o diez minutos con él
que otros cien metros de subida por esta chimenea engrasada.
Como esta actitud parecía sensata, regresaron al tubérculo.
Bajar fue tan fácil como deslizarse por el caño de un cuartel de bomberos.
Mientras seguían la cuerda de Buddy, subiendo una leve
pendiente, notaron que también allí las hiedras estaban ensuciadas con limo y
resbalosas bajo los pies. Tanteando bajo la capa de hiedras, Orville descubrió
que un pequeño arroyuelo de limo corría cuesta abajo.
-¿Qué crees que será? -preguntó Buddy.
-Me parece que por fin llegó la primavera -contestó Orville.
-Y esta es la savia... ¡claro! Ahora la reconozco al
tacto... y por el olor... ¡oh, vaya si conozco ese olor!
-¡Primavera! -exclamó Orville-. ¡Podremos volver a la
superficie!
La felicidad es contagiosa (¿y acaso no había razones de
sobra para que un hombre joven y otra vez enamorado se sintiera feliz, de
cualquier modo?) y Orville citó parte de un poema que recordaba:
-Primavera, dulce primavera, placentera reina del año.
Cuando todo florece, las doncellas bailan en rueda,
no azota el frío, y las hermosas aves cantan
¡cucú, chag-chag, piu-uí, tuitú!
-¡Qué hermoso poema! -dijo Blossom, tomándole la mano y
apretándosela.
-¡Qué sarta de disparates! -comentó Buddy-. ¡Cucú,
chag-chag, piu-uí, tuitú!
Los tres rieron alegremente. El sol ya parecía brillar sobre
ellos, y para que volvieran a reír bastaba que uno repitiera las antiguas y tontas
palabras isabelinas.
A unos seiscientos metros por sobre sus cabezas, la tierra
revivía calentándose bajo la luminosa influencia del sol, que en efecto había
pasado el equinoccio. Aun antes de que se disolvieran las últimas manchas de
nieve en las laderas sur de los peñascos, las hojas de las grandes Plantas se
abrieron para recibir la luz y comenzaron la labor como si octubre hubiera sido
recién ayer.
Salvo por el ruido de las hojas al abrirse (y eso concluyó
en un día), fue una primavera silenciosa. No había pájaros que cantaran.
Las hojas hambrientas interpelaron a los tallos, desagotados
para soportar el helado invierno norteño; y los tallos interpelaron a las
raíces, donde la savia portadora de sustancias disueltas, que las hojas
necesitaban para fabricar nuevo alimento, comenzó a hervir a través de
infinitos vasos capilares. Donde el paso del hombre había roto estos vasos
capilares la savia rezumó, y cubrió las hiedras que tapizaban los huecos de las
raíces. Volcándose cada vez en mayor cantidad en las arterias de la Planta que
despertaba, la savia tenue formaba pequeños riachuelos que, al fundirse con
otros riachuelos, creaba pequeños torrentes, y estos torrentes se precipitaban
abajo inundando las profundidades últimas de la raíz. Cuando fluían entrando en
huecos donde los vasos capilares seguían intactos; pero en otras partes el
nivel de esos torrentes se elevaba cada vez más, inundando las raíces, como
alcantarillas en un súbito deshielo primaveral.
Ahora los tubérculos del fruto, que se formaban desde hacía
años, adquirieron una bella plenitud otoñal. En el corazón de esos tubérculos,
la etérea seda vegetal, al recibir las provisiones finales de alimento de las
hojas superiores se espesó hasta tener la consistencia de la clara de huevo
batida.
En ambos hemisferios, la Planta estaba llegando al final de
una larga estación; y ahora, a intervalos regulares, descendían en la verde
tierra, desde los cielos primaverales, unas esferas relucientes tan inmensas
que cada una, al aterrizar, aplastó varias Plantas bajo su pesado volumen.
Visto desde una distancia adecuada, el paisaje se habría parecido a un macizo
de trébol donde alguien hubiera arrojado pelotas grises de basket.
Después de calentarse unas horas al sol, esas pelotas de
basket echaron afuera, por unas aberturas en las bases, cientos de cilios
exploratorios, cada uno de los cuales se movió hacia una Planta cercana, y con
pulcros y eficaces bárrenos taladrantes comenzó a perforar el leñoso tallo.
hasta el hueco de la raíz, abajo. Cuando quedaba abierto un pasaje
satisfactorio, el cilio retrocedía. y entraba de nuevo en la esfera gris.
Se preparaba la cosecha.
Neil ya había recorrido tres veces el círculo de soga que
había preparado para atrapar a Buddy; y comenzaba a intuir torpemente que había
caído en su propio lazo (aunque- seguía sin comprender cómo había ocurrirlo
esto). Entonces, tal cómo había temido, oyó que Buddy regresaba por la raíz.
Con él venían Blossom y Orville, y todos reían. ¿De él? Tenía que ocultarse,
pero no había dónde hacerlo, y de todos modos no quería esconderse de Blossom,
así que dijo:
-Eh... hola.
Los otros dejaron de reír.
-¿Qué haces aquí? -preguntó Buddy.
-Bueno, verás, es que... Esta soga no hace más que... no,
tampoco es eso.
Cuanto más hablaba, más confuso se ponía, y más impaciente
Buddy...
-Oh, déjalo entonces. Mira, encontré a Blossom y también a
Orville. Reunamos ahora a lose demás. Es primavera. No te fijaste en el limo
que... Oye ¿qué es esto? -Acababa de encontrar el sitio donde la punta de su
soga estaba atada a la parte media:- Seguramente no es esta la intersección
donde nos separamos. Si hubiera bajado por una raíz tan pequeña como esta, lo.
recordaría.
Neil no sabía qué hacer. Quería darle un golpe en la cabeza
al fisgón de su hermano, eso era lo que quería hacer, -y baleara Orville,
hacerle saltar los sesos: Pero intuía que era mejor hacerla lejos de Blossom,
quien tal vez no entendería. Además, cuando se está perdido, lo más importante
es llegar a casa, a salvo. Una vez seguro en casa, las cosas no parecen tan
enredadas como cuando te está perdido.
Buddy, Orville y Blossom conversaban en voz. baja Luego el
primero dijo:
-Neil, ¿acaso tú...?
-¡No! No. sé cómo.:.. ¡debe haber ocurrido, nada más! ¡No es
culpa mía!
-¡Vaya, qué papanatas! -comenzó a reír Buddy.
-Si tuvieras que corlar una rama de un árbol, te sentarías
sobre ella. Ataste mi soga en círculo, ¿verdad?
-¡No, Buddy, té lo juro por Dios! Ya te dije que no sé
cómo..
-Y no trajiste tu propia soga para poder volver. Ah, Neil,
¿cómo te las arreglas para equivocarte siempre?
Orville. y Blossom unieron sus risas alas de Buddy.
-¡Oh, Neil!
-exclamó Blossom-. ¡Oh Neil!
Oír que Blossom pronunciaba así su nombre reanimó a Neil,
que se puso a reír junto con los demás. ¡El burlado era él!
Aunque fuera sorprendente, parecía que Buddy y Orville no
pensaban alborotar mucho. ¡Tal vez supieran lo que les convenía!
Cuando todos dejaron de reír, Orville dijo:
-Parece que tendremos que encontrar el camino de vuelta como
podamos. ¿Quieres ir adelante, Neil?
-No -respondió Neil, otra vez sombrío y tocando la Python en
su pistolera para tranquilizarse-. No; yo seré el líder, pero iré detrás.
Una hora más tarde llegaban a un callejón sin salida, y
comprendían que estaban totalmente perdidos. Ya no era posible destrozar con un
movimiento del brazo los vasos capilares, que estaban henchidos de savia y
resistían. No habría sido más difícil atravesar un panal que los huecos
cerrados. En consecuencia, se vieron obligados a permanecer estrictamente
dentro de los limites de senderos ya marcados. Gracias a Anderson, había
bastantes de éstos; demasiados.
Orville resumió la situación:
-Tendremos que volver al subsótano, queridos míos. Tendremos
que tomar otro ascensor para llegar a la planta baja.
-¿Qué dijiste?
-Dije que...
-¡Ya oí lo que dijiste! Y no quiero que vuelvas a usar esas
palabras, ¿entendido? Recuerda quién manda aquí, ¿eh?
-¿Qué palabras, Neil? -inquirió Blossom.
-¡Queridos míos! -vociferó Neil, quien siempre había podido
gritar cuando lo consideraba adecuado.
No era civilizado en exceso, y lo primordial estaba muy
cerca de la superficie de su mente. Parecía estarlo cada vez más.
Catorce: El ascenso
El silencio, absoluto durante meses, era roto ahora por el
gotear de la savia: un sonido como el del agua al comenzar la primavera,
fluyendo por las alcantarillas del pueblo bajo montones de nieve sin derretir.
No hablaban mientras descansaban ya que la declaración más
innocua podía lanzar a Neil a un estado de histérica excitación. Naturalmente,
no se les ocurría mencionar a Anderson o Alice; pero ¿por qué, cuando Buddy
comenzó a preocuparse en voz alta por su esposa e hijo, Neil lo acusó de ser
"egoísta", de no pensar en otra cosa que el sexo? Cuando Orville se
refirió al trance por el que pasaban y reflexionó (con más ánimo del que
sentía) sobre las posibilidades de llegar a la superficie, Neil creyó que lo
culpaban a él. El silencio parecía, en general, la mejor actitud; pero Neil
tampoco podía soportar más que unos momentos de silencio. Después empezaba a
quejarse:
-Si hubiéramos traído la lámpara, ahora no estaríamos en
aprietos.
O bien, recordando uno de los temas favoritos del padre:.
-¿Por qué tengo que pensar por todos? ¿Por qué?
Si no, silbaba. Sus melodías favoritas eran "Barrilito
de cerveza", "Valle del río Rojo", y la "Serenata del
burrito" (que acompañaba en percusión chasqueando las mejillas) y el tema
característico de Éxodo. Cuando comenzaba con alguna de éstas, podía seguir
perpetuum mobile durante todo el período de descanso. No habría sido tan insoportable
si fuera capaz de mantenerse en la misma clave ocho compases seguidos.
Era peor para Buddy. Blossom y Orville se sostenían
mutuamente: En la oscuridad se tomaban las manos, mientras Neil, como un mono
diligente, daba vueltas una vez más a la manivela de la canción. Hasta podían
besarse en silencio.
Allí no había norte ni sur, este ni oeste; sólo arriba y
abajo. No había unidades mensurables de distancia, únicamente cálculos
aproximados de temperatura y profundidad; y la única medida del tiempo
transcurrido con que contaban era el lapso que tardaban sus cuerpos en caer,
demasiado exhaustos para. continuar sin otro descanso.
Nunca sabían si se encontraban en la periferia o cerca del
corazón del laberinto. Podían ascender, por canales: ya abiertos, hasta corta
distancia de la superficie, y. encontrarse entonces en un callejón sin salida.
Era necesario hallar no simplemente un camino hacia arriba, sino el camino
hacia arriba. Hacer que Neil entendiera esto era difícil. Cuando Blossom se lo
explicó, pareció aceptarlo, pero más tarde, cuando Orville mencionó el tema;
recomenzó la discusión.
Estaban empapados con el propio sudor y con la savia, que en
las raíces menos empinadas alcanzaba niveles de ocho y diez centímetros.
Después de trepar durante horas, estaban a una altura donde el calor no era tan
abrumador (las profundidades inferiores parecían una sauna), y el aire parecía
ser gas de nuevo. Orville calculó la temperatura en veinticuatro grados
centígrados, según lo cual era probable que se hallaran a. quinientos metros de
la superficie. Habitualmente, por una ruta conocida, podrían haber subido esa
altura en poco más de tres horas. Ahora era muy posible que tardaran varios
días.
Orville había tenido la esperanza de que el flujo de savia
disminuyese al llegar a niveles más altos; en cambio empeoraba. ¿De dónde
saldría: tanta? Nunca se había detenido a pensar en la logística del
aprovisionamiento de agua de la Planta. Y bien, tampoco podía detenerse en ese
momento.
No era posible tomarse de una hiedra y trepar así la pendiente;
había que poner la mano como un gancho e introducirla en un estribo. No era
posible estirar el brazo y ayudar a quien venía detrás; había que empalmar tos
dos ganchos. Por eso eran siempre las manos lo que más dolía, y lo primero en
ceder. Colgando allí, se las sentía aflojar, y se esperaba no deslizarse
demasiado abajo con la savia. Una vez que se soltaba la hiedra no era tan malo;
se resbalaba suavemente y con facilidad si la pendiente no era demasiado
empinada, o bien se caía como por un tobogán hasta que se chocaba con alguien
o. algo, y entonces había que acomodar de nuevo los ganchos y subir otra vez a
través del limo. Pero uno sabía que el cuerpo aún podía llegar muy lejos, y
tenía la esperanza de que eso fuera suficiente.
Tal vez habrían trepado durante doce horas; tal vez el
doble. Habían comido y descansado algunas veces, pero no, dormido. En realidad
no dormían desde antes de la noche en que murió Anderson y Maryann dio a luz.
Ahora debía de ser noche otra vez; en las mentes les pesaba la necesidad de
dormir.
-Absoluta necesidad -repitió Orville.
Neil se opuso. Este no iba a ser más que un período de
reposo. Temía que si se dormía primero, le quitaran el arma. No se podía
confiar en ellos. Pero si sólo se sentaba allí y dejaba que el cuerpo se le
aflojara... estaba cansadísimo...
Al fin y al cabo fue el primero en dormirse, y no le
quitaron el arma: No les interesaba. No querían su arma; sólo querían dormir.
El surtido de sueños de Neil no era más vasto que su
repertorio de canciones. Primero soñó con su equipo de béisbol. Después, que
subía la escalera de la antigua casa, en el pueblo. Luego soñó con Blossom. Más
tarde volvió a soñar con el béisbol, aunque esta vez era distinto: cuando abrió
la puerta del ropero, su padre era el jugador de la primera base. Brotaba
sangre de la profunda hendidura en el guante del jugador: el guante se abría y
cerraba, abría y cerraba en la mano del muerto. Pero por lo demás, los sueños
fueron como siempre.
Al día siguiente, luego de una o dos horas, ya no les dolieron
las manos, y lo más difícil de soportar fue la pegajosidad. Las ropas se les
adherían a los miembros tensos, o pendían sueltas y flojas como pieles de las
que no podían librarse.
-Si no cargáramos con estas chaquetas de dril, iríamos más
rápido -sugirió Orville.
Un poco más tarde, ya que la idea no parecía ocurrírsele a
Neil por sí solo, Buddy agregó:
-Si atáramos las chaquetas juntas, por las mangas, y las
utilizáramos como soga, podríamos trepar más rápido.
-Sí, pero no olvides que tenemos aquí a una dama.
-Oh, no se preocupen por mí -protestó Blossom.
-Sólo las chaquetas, Neil. Sería lo mismo que ir a nadar.
-¡No! -En la voz de Neil apareció de nuevo el tono
estridente.- ¡No estaría bien!
Cuando decidía algo; de nada servía discutir con él. Era el
líder.
La próxima vez que se detuvieron a descansar y comer, la
savia llovía sobre ellos en goterones, semejantes a los que anuncian una
tormenta de verano. El torrente central de savia que fluía por la raíz les
llegaba ya muy por encima de los tobillos. En cuanto dejaban de estar
totalmente mojadas, las ropas se les pegaban como trajes de tela adhesiva. Sólo
podían moverse con libertad cuando las tenían empapadas.
-Ya no lo soporto más -dijo Blossom echándose a llorar-. No
lo soporto.
-Vamos, vamos, señorita Anderson. ¡Animo! ¡A la carga!
¡Recuerde el Titanic!
-¿No soportas qué? -preguntó Neil.
-Estas ropas -repuso. ella, y en efecto, eso era parte de lo
que no soportaba.
-Oh, creo que tiene razón -replicó Neil, tan incómodo como
los demás-. Ningún daño hará que nos quitemos las chaquetas solas. Dénmelas, y
yo anudaré las mangas.
-Buena idea -exclamó Orville, y todos entregaron las
chaquetas a Neil.
-¡Blossom! No me refería a ti. No es correcto -dijo Neil,
pero ella no contestó, y él lanzó una especie de risita-. Bueno, si así lo
quieres...
La sustancia brotaba de la pequeña abertura de arriba como
de un caño de agua roto. No se la podía llamar savia con exactitud; se parecía
más al agua. Por un rato estuvieron contentos, porque los limpiaba; pero era
fría, demasiado fría.
A medida que ascendían por ellas, las raíces se hacían más
pequeñas, en vez de hacerse más grandes. Para atravesarlas ahora tenían que
arrastrarse sobre manos y rodillas; y aun así podían rasparse la cabeza en el
techo si no se cuidaban. El agua les llegaba a los codos.
-Me parece que estamos saliendo debajo del Lago Superior
-dijo Orville con cautela-. Tanta agua no puede provenir de los deshielos
primaverales... -Esperó a que Neil protestara y luego agregó, con mayor cautela
aún:- Creo que tendremos que volver por donde vinimos. Ojalá tengamos más
suerte la segunda vez.
Neil no había protestado por la simple razón de que no había
oído. La voz de Orville había sido ahogada por el bramido del agua, que
hectáreas y hectáreas de Plantas sedientas extraían del fondo del lago. Una vez
que retrocedieron a un sitio más tranquilo, Orville explicó varias veces esta
teoría; después Blossom hizo la prueba. -Mira, Neil, es muy sencillo. Sólo
podemos alejamos del lago bajando. Porque si intentamos seguir adelante en este
nivel, es tan fácil que vayamos hacia el este, internándonos más bajo el lago,
que hacia el oeste, alejándonos de él. Si tuviéramos la lámpara, podríamos
utilizar tu brújula, pero no la tenemos. Podríamos ir al norte o al sur,
siguiendo la costa. Vaya a saber cuánta extensión bajo el lago exploró papá el
invierno pasado. No tenemos más remedio que bajar, ¿entiendes?
Orville aprovechó esta oportunidad para conversar en privado
con Buddy:
-Qué diablos; dejémoslo aquí si no quiere ir con nosotros.
Si se ahoga será culpa suya.
-No, eso no estaría bien. Quiero hacer esto como se debe
-repuso Buddy.
-Está bien, iré -contestó Neil a Blossom-; aunque creo que
son puras estupideces. Acepto solamente por ti; recuérdalo.
Abajo: la savia corría a raudales. Les empujaba los cuerpos,
reuniéndolos o separándolos con tanta indiferencia como una inundación que
arrastra los árboles de la orilla. Cuando las curvas eran demasiado cerradas a
demasiado empinadas, fuertes corrientes los lanzaban contra las paredes de la
raíz. En pocos minutos desandaron lo que habían trepado en días.
Más abajo: el chorro se hacía menos frío, espesándose como
budín a punto de hervir. Pero su velocidad no disminuía. Era como bajar por una
pista de esquiar sobre un trozo de cartón. Por lo menos, no hacía falta que se
inquietaran por la posibilidad de repetir la equivocación: ya no era posible
avanzar "contra la corriente" hacia el lago.
A esa profundidad había ahora trechos donde la savia
caliente llenaba toda la cavidad de la raíz. Llenándose los pulmones de aire,
Orville (que era el primero en probar cualquier pasaje nuevo) seguía la
corriente sin resistir y esperanzado. Siempre había hallado alguna raíz
secundaria que penetraba en la raíz inundada desde arriba; tal vez demasiado
pequeña para subir por ella, pero lo bastante grande como para introducir la
cabeza y respirar. Claro está que la vez siguiente quizá no hubiera una
abertura de esas: quizá hubiera simplemente un atolladero.
Ese temor -el de que la corriente los estuviera conduciendo
hacia un callejón sin salida- absorbía toda la atención de los cuatro. Cada vez
con mayor frecuencia, sus cuerpos eran arrastrados y enredados en las marañas
de los vasos capilares repletos de savia que tapizaban los pasajes
inexplorados. Una vez Orville quedó atrapado en una de esas redes, donde la
raíz se había partido bruscamente en dos. Buddy y Blossom, que lo seguían, lo
encontraron allí, con las piernas que se movían sólo con el movimiento de la
corriente. Había golpeado la cabeza contra la dura cuña que separaba las dos
ramas de la raíz, y estaba inconsciente, quizá ahogado.
Cuando lo tironearon por la pernera del pantalón, éste se le
deslizó sobre las estrechas caderas. Entonces cada uno lo tomó por un pie y lo
sacaron arrastrándolo. A corta distancia de allí encontraron una zona donde la
raíz, desviándose suavemente hacia arriba, estaba llena de savia solamente
hasta la mitad. Allí Buddy comenzó a oprimir rítmicamente el pecho de Orville
para extraerle el agua de los pulmones. Luego Blossom intentó administrarle
respiración artificial de boca a boca, que había aprendido en las clases de
natación de la Cruz Roja.
-¿Qué haces? -preguntó Neil, a quien los ruidos desconocidos
ponían nervioso.
-Está aplicando respiración artificial a Orville -respondió
Buddy con fastidio-. Casi se ahogó.
Neil tendió la mano para confirmarlo; sus dedos se
interpusieron entre la boca de Blossom y la de Orville, para luego apretar
fuertemente la de éste.
-¡Lo estabas besando!
-¡Neil! -gritó Blossom, tratando de apartar los dedos del
hermano, pero ni siquiera la desesperación le dio fuerza suficiente. No se
puede estar desesperado eternamente, y ella había pasado ese límite mucho
tiempo atrás-. ¡Lo vas a matar!
Buddy lanzó un golpe hacia donde suponía que se encontraba
Neil, pero rozó el hombro de Orville. Neil comenzó a arrastrar el cuerpo de
Orville lejos de allí.
-Tampoco tiene puestos los pantalones -protestó.
-Se le salieron cuando lo sacábamos. Te lo dijimos,
¿recuerdas?
La súbita privación de oxígeno, luego de los intentos de
revivirlo, resultó ser exactamente el estímulo que Orville necesitaba:
reaccionó.
Cuando el cuerpo que llevaba comenzó a moverse, Neil lo
soltó bruscamente, asustado. Había creído que Orville estaba muerto o casi.
Entonces Buddy y Neil sostuvieron un prolongado debate sobre
la decencia de la desnudez (tanto en el caso particular de Orville como en
general) dadas las excepcionales circunstancias del momento. La discusión era
más que nada un pretexto de Buddy para dar ocasión a Orville de recobrar las
fuerzas.
-¿Quieres volver a la superficie o quedarte aquí y ahogarte?
-preguntó Buddy.
-¡No! -repitió Neil una vez más-. No está bien. ¡No!
-Tienes que elegir. ¿Qué dices? -insistió Buddy, satisfecho
al descubrir que jugar con los temores de Neil era tan fácil como tocar una
armónica-. Pero si vamos a subir, tendremos que hacerlo juntos, y necesitaremos
algún tipo de soga.
-Teníamos una soga.
-Y tú la perdiste, Neil.
-Yo no fui...
-Bueno, fuiste el último que la tuvo y ahora ha
desaparecido. Ahora necesitamos otra soga. Claro que si no te importa volver. O
si crees poder arreglarte mejor solo...
Por último Neil aceptó.
-Pero Blossom no lo va a tocar, ¿entendido? Es mi hermana, y
no lo permitiré. ¿Entendido?
-Neil, no hay motivo para que te preocupes por nada de eso
hasta que estemos todos a salvo -contemporizó Buddy-. Nadie se propone...
-Y será mejor que tampoco se hablen. Porque yo lo digo, y lo
que digo yo se hace. Blossom, ve delante de mí, y Buddy detrás. Orville último.
Desnudo ahora, salvo por el cinturón y la pistolera, Neil
anudó unas con otras las perneras de varios pantalones, y así partieron, cada
uno tomado de la cuerda. El agua era honda, y tan caliente que la piel parecía
despegárseles de los huesos, como una gallina hervida demasiado tiempo. Sin
embargo, la corriente era cada vez menos impetuosa, y avanzaban con mayor
lentitud.
Pronto encontraron una raíz que doblaba hacia arriba, desde
la cual no goteaba mucha más agua que cuando la advirtieron por primera vez...
¿cuántos días antes? Cansados, casi mecánicamente, reanudaron el ascenso.
Blossom recordó una canción de cuando iba al jardín de
infantes, acerca de una araña arrastrada por la lluvia a una canaleta:
El sol salió y secó la lluvia,
y la arañita negra de nuevo empezó a subir..
Esto le dio risa, como antes las extrañas palabras del poema
de Jeremiah pero ahora no pudo dejar de reír, pese al dolor que le causaba.
Esto preocupó sobre todo a Buddy, ya que recordaba el
invierno anterior, en la sala común, y los que habían salido corriendo a la
nieve que se derretía, entre risas y cantos, para nunca más volver. La risa de
Blossom se parecía a la de ellos.
Como en ese punto la raíz se abría en un tubérculo frutal,
decidieron descansar y comer. Orville procuró tranquilizar a Blossom, pero Neil
le ordenó que se callase. La pulpa, ahora semilíquida, les caía sobre las
cabezas y hombros como excrementos de enormes aves con diarrea.
Neil estaba desgarrado entre el deseo de alejarse donde no
lo inquietara la risa de la hermana y un deseo igualmente fuerte de quedarse
cerca y protegerla. Por fin transó yéndose a una distancia intermedia, donde se
echó de espaldas, sin proponerse dormir, solamente descansar el cuerpo.
Su cabeza tropezó con el mango del hacha abandonada allí por
Orville. Lanzó un breve grito, que nadie advirtió. Estaban todos tan cansados.
Permaneció largo rato pensando con mucho empeño, bizqueando por el esfuerzo,
aunque nada se podía ver en aquella inflexible oscuridad.
La pulpa frutal ablandada seguía cayendo desde arriba,
salpicándoles los cuerpos y el piso con pequeños sonidos crepitantes, como
besos de niños.
Quince: Sangre y regaliz
Cuando su mano tocó un cadáver, Buddy creyó al principio que
sería el del padre, pero entonces recordó haber tropezado ya con ese mismo frío
cuerpo, y la satisfacción reemplazó al terror: ¡había una salida! Ese era el
hilo que conducía fuera del laberinto. Regresó junto a Orville y Blossom.
-¿Neil duerme? -preguntó.
-Dejó de silbar. Duerme o está muerto -repuso Orville.
Buddy les contó las novedades:
-...así que, ¿se dan cuenta?, quiere decir que podemos
volver por el camino que probamos al principio. Túnel arriba. Nos equivocamos
al dar la vuelta cuando lo hicimos.
-¿No acordamos dejar que los demás decidieran qué hacer con
Neil?
-No lo eliminaríamos. Lo dejaríamos casi en el sitio exacto
donde lo encontramos... preso en la trampa que preparó para ti. Además, podemos
dejarle en el camino el cadáver de Alice, y así podrá darse cuenta por sí solo
de que para salir debe subir el túnel por donde la arrojó.
-¿Mi medio hermano, Neil? No... Si encontrara el cadáver, se
asustaría y nada más. En cuanto a descubrir la salida, es como si esperaras que
descubra solo el teorema de Pitágoras. Qué diablos; aunque intentaras
explicárselo, no lo creería.
Blossom, que escuchaba todo esto bastante aturdida, comenzó
a estremecerse, como si la tensión soportada tanto tiempo por su cuerpo
empezara a disiparse. Era como cuando había ido a nadar en el lago en abril; le
temblaba la carne, pero al mismo tiempo se sentía extrañamente rígida. Después
su cuerpo, desnudo y tenso, se apretó súbitamente contra el de Orville, sin que
ella supiera si la iniciativa había sido suya o de él.
-¡Oh, querido, vamos a volver, después de todo! ¡Oh, mi
amor!
-Ya los oí -chilló en la oscuridad la voz de Neil.
Aunque lo oyó acudir precipitadamente, Blossom mantuvo el
beso con desesperación. Apretó con los dedos los brazos de Orville, aferrándose
a los músculos delgados y resistentes, echando el cuerpo adelante mientras él
procuraba apartarse. Después una mano le tapó la boca, otra le rodeó el hombro
y la alejó brutalmente de Orville; pero no le importó. Seguía embriagada con la
vertiginosa felicidad de quienes son temerarios en su amor.
-Supongo que le estabas aplicando respiración artificial
-gruñó burlonamente Neil. Esta era tal vez su primera broma auténtica.
-Lo estaba besando -repuso ella orgullosamente-. Nos amamos.
-Te prohíbo besarlo -gritó Neil-. Te prohíbo amarlo. ¡Te lo
prohíbo!
-Suéltame, Neil.
Pero él sólo movió las manos para sujetarla mejor.
-¡Óyeme, Jeremiah Orville! Ya te ajustaré las cuentas. Sí,
hace rato que te descubrí. Engañaste a mucha gente, pero a mí, nunca. Sabía
qué. te proponías. Vi cómo mirabas a Blossom. Pues no la tendrás. En cambio
tendrás una bala en la cabeza.
-Neil, suéltame, me haces daño.
-Neil -dijo Buddy en tono bajo y tranquilizador, el que se
utiliza con animales asustados-;esa muchacha es tu hermana. Hablas como si él
te hubiera robado la novia. Es tu hermana.
-No es cierto.
-¿Qué demonios quieres decir con eso?
-¡Que no me importa!
-Puerco.
-¿Eres tú, Orville? ¿Por qué no vienes aquí? No voy a soltar
a Blossom. Tendrás que venir a rescatarla. ¡Orville!
De un tirón le dobló los brazos a Blossom sobre la espalda,
y le asió las delgadas muñecas con la mano izquierda. Cada vez que ella
forcejeaba, le retorcía los brazos o la abofeteaba con la mano libre. Cuando
creyó que la había apaciguado, levantó la lengüeta de cuero de la pistolera y
sacó su Python como quien retira una joya de su estuche, con cariño.
-Ven aquí, Orville, que tengo algo para ti.
-Cuidado. Tiene un arma, la de papá -dijo Buddy.
La voz de Buddy llegó desde la derecha, más cerca de lo que
Neil preveía. Este acomodó su peso, pero sin preocuparse realmente, ya que
estaba armado y ellos no.
-Ya sé -respondió Orville.
Un poco a la izquierda. El espacio dentro del tubérculo era
largo y estrecho, demasiado estrecho para que dieran la vuelta a cualquier lado
de él:
-Para ti también tengo algo, Buddy, por si crees que vas a
poder intervenir cuando le haya hecho volar los sesos a tu compinche. Tengo un
hacha -anunció Neil, con una fea risa chirriante-. Buddy, esto es entre Orville
y yo, nada más. Vete o... o te arrancaré la cabeza.
-¿Sí? ¿Con qué, con los dientes?
-Tal vez tenga un hacha, Buddy -le previno Orville-. Yo la
traje aquí.
Afortunadamente, a nadie se le ocurrió preguntar para qué.
-Neil, suéltame ya. Suéltame o... o no volveré, a hablarte
nunca más. Si dejas de portarte así, podemos subir ahora mismo, y olvidarnos de
que ocurrió todo esto.
-No, Blossom, no entiendes. Todavía no estás a salvo.
-Inclinó el cuerpo hasta tocar los hombros de ella con los labios. Los apoyó
allí un momento, indeciso; después comenzó a lamer con la lengua la pulpa
frutal que cubría todo el cuerpo de Blossom. Esta logró contener un grito.-
Cuando estés a salvo, te soltaré, te lo prometo. Entonces podrás ser mi reina.
Seremos nosotros dos solos y el mundo entero. Iremos los dos a Florida, donde
nunca nieva. -Hablaba con elocuencia insólita, ya que había dejado de pensar
con mucho detenimiento en lo que decía, y las palabras le salían de los labios
sin que las censuraran los defectuosos mecanismos de la conciencia. Era otro
triunfo de lo primordial.- Nos acostaremos en la playa, y tú podrás cantar
mientras yo silbo. Pero todavía no, señorita. Cuando estés a salvo; pronto.
Orville y Buddy parecían haber dejado de avanzar. El
silencio era total, salvo por los estallidos del fruto maduro. La sangre de
Neil bullía con el crudo deleite que surge de provocar temor en otro animal.
¡Me tienen mielo! pensaba. ¡Temen a mi revólver! El peso de la pistola en la
mano, el modo en que los dedos se le curvaban alrededor de ella, la presión de
uno sobre el gatillo, le proporcionaban un placer más gratificante que el que
habían conocido sus labios al tocar el cuerpo de la hermana.
Le tenían miedo. Oían su pesada respiración y los teatrales
gemidos de Blossom (que ella sostenía, como una sirena de niebla, sólo para que
ellos la oyeran y calcularan la distancia), y se contenían. Despreciaban
demasiado a Neil para estar dispuestos a arriesgar desesperadamente las propias
vidas contra la de él. Sin duda habría alguna manera de embaucarlo, de hacer
que él corriera el riesgo.
Tal vez, razonó Buddy, si se enojara lo suficiente, haría
digo descabellado: desperdiciar la única bala contra un ruido en la oscuridad,
o por lo menos soltar a Blossom. Ya debía de estar cansándose de sujetarla.
-Neil, todos saben lo que hiciste -susurró-. Alice lo contó.
-Alice está muerta -se mofó Neil.
-Su fantasma -siseó Buddy- Aquí está su fantasma buscándote
por lo que hiciste.
-Ah, puras tonterías. No creo en fantasmas.
-Y por lo que hiciste a papá. Eso fue espantoso, Neil. Debe
de estar terriblemente enojado contigo. Y no le hará falta lámpara para
encontrarte.
-¡Yo no hice nada!
-Papá sabe que sí. Y también Alice, ¿verdad? Todos lo
sabemos. Así conseguiste la pistola, Neil. Lo mataste para sacársela. Mataste a
tu propio padre. ¿Qué sientes al hacer algo semejante? Cuéntanos. ¿Qué dijo en
el último instante?
-¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate!
Al oír que Buddy comenzaba a hablar de nuevo, reanudó el
mismo canturreo chillón, mientras retrocedía de la voz que parecía acercarse.
Después todo quedó en silencio otra vez, y eso fue peor.
Neil empezó a llenar el silencio con sus propias palabras:
-Yo no lo maté. ¿Para qué iba a hacerlo? Me quería más que a
ningún otro, porque yo fui el único que siempre estuvo a su lado. Nunca escapé,
por más que quisiera hacerlo. Papá y yo éramos amigos. Cuando murió...
-Cuando lo asesinaste...
-Eso es... cuando lo asesiné, dijo: "Ahora tú eres el
jefe, Neil." Y me dio el revólver. "Esa bala es para Orville",
me dijo. "Sí; papá", le dije yo. "Haré lo que tú digas."
Tuve que matarlo, ¿entiendes? Vaya, si quería casar a Blossom con Orville. Me
lo dijo. "Papá", le dije yo, "debes comprender, ¡Orville no es
uno de nosotros!" Oh, se lo expliqué con mucho cuidado, pero él se quedó
allí acostado sin decir nada. Estaba muerto. Pero a nadie más le importaba.
Todos lo odiaban, salvo yo. Éramos amigos, papá y yo; amigos.
Para Orville era evidente que la estratagema de Buddy no
alcanzaba el efecto deseado. Ya no era posible alterar a Neil, que había pasado
el límite.
Mientras Neil hablaba, Orville avanzó agazapado, explorando
el aire con la mano derecha, como un ratón con los bigotes. Si Neil no hubiera
tenido sujeta a Blossom, o no hubiera estado armado, habría sido una simple
cuestión de correr agachado y arremeter. Ahora era necesario, por él mismo,
pero más especialmente por Blossom, desarmarlo o asegurarse de que el disparo
se perdiera en el aire.
A juzgar por la voz, Neil no podía estar lejos. Orville
movió la mano en lento arco, y no encontró el arma ni a Neil: encontró el muslo
de Blossom. Esta no delató su sorpresa con el menor sobresalto. Ahora sería
fácil arrancar la pistola de manos de Neil Orville estiró la mano arriba y a la
izquierda: debía estar más o menos aquí:..
El metal del cañón del arma tocó la frente de Orville Tan
perfecto era el contacto, que Orville pudo sentir el ánima hueca, cóncava
dentro de un anillo nítido de frío metal.
Neil apretó el gatillo. Hubo un chasquido. Lo apretó de
nuevo. Nada.
Días de inmersión en la savia habían humedecido la pólvora.
Neil no comprendió, entonces ni nunca, por qué el arma le
había fallado, pero después de otro chasquido hueco advirtió que así era.
Buscándole el plexo solar, el puño de Orville le rozó la caja torácica.
Mientras Neil trastabillaba, la mano con que sujetaba la pistola golpeó con
todas sus fuerzas donde suponía que debía estar la cabeza de Orville. La culata
golpeó algo duro; Orville lanzó un gemido.
Neil tenía suerte. Volvió a golpear y dio en algo blando. No
hubo gemidos. El cuerpo de Orville yacía a sus pies. Blossom había, escapado,
pero, eso no le importaba tanto ahora.
Sacó el hacha del cinturón donde estaba colgada: la cabeza
plana contra él estómago, el mango cruzándole el muslo izquierdo.
-No te acerques, Buddy, ¿me oyes? Todavía tengo el hacha.
Luego saltó sobre el vientre y pecho de Orville, pero como
esto era inútil sin zapatos, se le sentó sobre el vientre y se puso a golpearle
la cara con los puños. Neil estaba fuera de sí. Reía. ¡Oh, cómo reía!
Pero de todos modos se interrumpía a veces para lanzar
algunos hachazos a la oscuridad, vociferando:
-¡Iujujú! ¡Iujujú!
Alguien gritaba. Blossom.
Lo más difícil era impedir que Blossom se precipitara de
vuelta al peligro. No quería escuchar.
-¡No, te matará! -le dijo Buddy-. No sabes qué hacer. ¡Oye,
deja de gritar y escúchame! -la sacudió hasta tranquilizarla-. Puedo sacarle a
Orville, de modo que déjame hacerlo. Tú, entre tanto, sube por el pozo como lo
hicimos antes, siguiendo el recodo. ¿Recuerdas el camino?
-Sí -con voz apagada. -¿Lo harás?
-Sí, pero tienes que quitarle a Orville.
-Espero verte arriba luego. Ahora vete.
Buddy levantó el rígido cadáver en putrefacción de Alice,
que ya tenía en las manos cuando Orville se abalanzó como un idiota y lo
estropeó todo. Lo arrastró unos metros en dirección de la voz de Neil, se
detuvo; sujetó el cuerpo de la anciana contra el pecho como una armadura,
gimiendo:
-Uuuuu...
-Buddy, fuera de aquí -gritó Neil, poniéndose de pie hacha
en mano.
Pero Buddy siguió lanzando gemidos y quejidos disparatados
como un niño jugando a los fantasmas en una noche de verano, en un desván
oscuro.
-No me asustas -declaró Neil-. No me asusta la oscuridad.
-Te juro que no soy yo -dijo Buddy con calma-. Es el
fantasma de Alice, que viene a buscarte. ¿No te das cuenta por el olor de que
no soy yo?
-Ah, tonterías -replicó Neil, indeciso entre volver junto a
Orville o salir al paso de Buddy. Los gemidos recomenzaron-. ¡Basta! No me
gusta ese ruido -vociferó.
¡Ese olor! ¡Era el que despedía su padre al morir!
Buddy tuvo buena puntería: el cadáver dio con fuerza contra
el cuerpo de Neil. Una mano rígida le azotó los ojos y le frotó la boca, desgarrándole
el labio. Cayó agitando el hacha frenéticamente. El cadáver lanzaba unos gritos
espantosos; Neil también gritó. Tal vez fue un solo grito, el de Neil y el del
cadáver juntos. ¡Alguien intentaba quitarle el hacha! Apartándose de un tirón,
Neil rodó una y otra vez, y se puso de pie. Aún tenía el hacha. La blandió.
En vez de Orville, tenía otra persona bajo los pies. Tanteó
la cara rígida, el pelo largo, los brazos hinchados. Era Alice. No estaba atada
ni amordazada.
Alguien gritaba. Neil.
Gritó sin cesar mientras destrozaba el cuerpo de la muerta,
Con un solo hachazo hizo saltar la cabeza. Con otro partió el cráneo. Una y
otra vez le hundió el hacha en el torso, pero sin poder deshacerlo. El hacha
resbaló y le golpeó el tobillo de soslayo. Neil cayó sobre el cuerpo
desmembrado, que se aplastó bajo su peso como fruta podrida. Entonces comenzó a
despedazarlo con las manos. Cuando no hubo más posibilidad de que volviera a
atormentarlo, se incorporó, con la respiración agitada, y llamó, no sin cierta
reverencia:
-¿Blossom?
-Aquí estoy.
¡Ah, sabía que ella iba a quedarse, lo sabía!
-¿Y los otros? -preguntó.
Se marcharon. Querrán que fuera con ellos, pero no quise y
me quedé.
-¿Por qué lo hiciste, Blossom?
-Porque te amo.
-Yo también te amo, Blossom. Siempre te amé, desde que eras
una niñita.
-Lo sé. Nos iremos juntos. La voz cantarina de Blossom lo
adormecía, meciéndole el cerebro cansado cómo una cuna. A algún sitio lejano
donde nadie pueda hallarnos... Florida. Viviremos juntos, los dos solos, como
Adán y Eva, e inventaremos nuevos nombres para todos los animales. La voz se le
hizo más fuerte, más clara y hermosa. Navegaremos el Mississippi en balsa los
dos solos, noche y día.
-Oh -exclamó Neil, rendido ante esta visión, y echando a
andar hacia la voz hermosa y sonora-. Oh, continúa.
Caminaba en círculo.
-Seré tu reina y tú serás mi rey, y no habrá nadie más en el
mundo.
Con una mano temblorosa tocó la mano de ella.
Bésame, dijo Blossom. ¿Acaso no lo quisiste siempre?
-Sí -los labios de Neil buscaron los de ella-. Oh, sí.
Pero la cabeza de Blossom, y por consiguiente los labios, no
estaba donde era de suponerse, unida al cuello. Por fin la encontró a corta
distancia. Los labios que besó tenían gusto a sangre y regaliz.
Y durante unos pocos días satisfizo en la cabeza de Alice
Nemerov, E.D., los deseos contenidos desde hacía años.
Dieciséis: A salvo
A veces la distancia es la mejor cura, y si uno quiere
recuperarse sigue andando. Además, si uno se detuviera, no estaría seguro de
reanudar la marcha. Claro que no tenían muchas alternativas; tenían que seguir
andando, de modo que fueron hacia arriba.
Esta vez les resultó más fácil. Quizás era por el contraste
entre algo seguro (seguro si no resbalaban, pero este tipo de peligro casi no
les estimulaba ya las glándulas suprarrenales) y la presencia inequívoca,
aunque no confesada, de la muerte, que había pesado en esos últimos días, de
modo que el ascenso era también una resurrección.
Ahora quedaba una sola ansiedad, y era de Buddy. Esta
también se disipó luego, pues al cabo de menos de una hora de ascenso llegaron
al nivel del sitio donde moraban, y allí esperaba Maryann. Como la lámpara
estaba encendida, pudieron ver de nuevo; y verse unos a otros, enlodados como
estaban, magullados, ensangrentados, les trajo lágrimas a los ojos, y los hizo
reír como niños en un cumpleaños. El bebé estaba bien, ellos estaban bien, todo
estaba bien.
-¿Quieren ir a la superficie ahora, o prefieren descansar?
-Vamos ahora -dijo Buddy.
-Descansemos -dijo Orville, quien acababa de descubrir que
tenía la nariz rota. Y siempre había sido una buena nariz... recta y fina,
orgullosa-. ¿Tiene muy mal aspecto? -preguntó a Blossom.
La muchacha meneó la cabeza tristemente y le besó la nariz,
pero sin decir nada. No había pronunciado palabra desde lo ocurrido abajo.
Orville intentó devolverle el beso, pero ella apartó la cabeza.
Buddy y Maryann se alejaron para poder estar solos.
-Parece mucho más grande -comentó él, meciendo al hijo-.
¿Cuánto tiempo estuvimos ausentes?
-Tres días y tres noches. Fueron días largos, porque no pude
dormir. Los demás ya salieron a la superficie, no quisieron esperar. Pero yo
sabía que volverías. Me lo prometiste, ¿recuerdas?
-Ajá -repuso él, besándole la mano.
-Greta volvió -continuó Maryann.
-Eso ya no me interesa.
-Volvió por ti, me lo dijo. Dice que no puede vivir sin ti.
-Qué descaro, decirte eso...
-Está... cambiada. Ya verás. No está en el mismo tubérculo
donde yo esperaba, sino en el siguiente, más arriba. Ven, te llevaré a verla.
-Hablas como si quisieras que vuelva a enredarme con Greta.
-Yo sólo quiero lo que tú quieres, Buddy. Dices que Neil ha
muerto. Si quieres hacer de ella tu segunda mujer, no te lo impediré... si eso
es lo que deseas.
-¡No es lo que deseo, maldición! Y la próxima vez que diga
que te quiero, mejor créeme, ¿oyes?
-Está bien -replicó ella con su más tenue vocecita de ratón
de iglesia hasta con un atisbo de risa contenida-. Pero de todos modos será
mejor que la veas. Porque tendrás que pensar en alguna manera de llevarla a la
superficie. Mae Stromberg también volvió, pero ya subió con los demás. Parece
que enloqueció. Todavía llevaba consigo a su Denny... lo que queda de él,
huesos más que nada. Ese es el tubérculo. Greta está en el otro extremo. Yo me
quedaré aquí con la lámpara; ella prefiere la oscuridad.
Buddy olía algo raro. Avanzando por el tubérculo, no tardó
en oler algo mucho peor. Una vez, al pasar por un pueblo del sur de Minnesota
durante la temporada del envasado de arvejas, había olido algo parecido: una
letrina estropeada.
-¡Greta! -llamó.
-Buddy, ¿eres tú, Buddy? -Sin duda era la voz de Greta, pero
el timbre había cambiado sutilmente. Las "d" no eran nítidas, y la
"B" inicial sonaba farfullante.-¿Cómo estás, Buddy? ¡No te acerques
más! Yo..
-Hubo un jadeo, y cuando Greta volvió a hablar, gorgoteó
como un niño que intenta decir algo con la boca llena de leche.- ...te quien
toavía. Quieo sé tuda. Pedóname. Podemos empezar de nuevo... como Adamb y
Eba... nosotos dos olos.
-¿Qué te pasa? ¿Estás enferma? -preguntó él.
-No. Un poco... -Se oyó una especie de gárgara violenta.- Un
poco hambrienta nada más. De vez en cuando me da. Maryann me trae, la comida
aquí, pero nunca me trae suficiente. Buddy, ¡está tratando de matarme de
hambre!
-Trae la luz, Maryann -Llamó Buddy.
-¡No hagas eso! -clamó Greta-. Antes tienes que contestar mi
pregunta, Buddy. Ahora nada se interpone entre los dos. Maryann me dijo que si
tú querías... ¡No... vete! La luz me hace daño en los ojos.
Hubo un chapoteo y un chasquido, como cuando alguien mueve
con demasiada brusquedad una bañera llena, y el aire, al agitarse, despidió
nuevas oleadas de hedor.
Maryann le alcanzó la lámpara al marido. Buddy sostuvo la
luz mortecina sobre el chiquero donde el enorme cuerpo de Greta Anderson se
había hundido por su propio peso. El cuerpo hinchado había perdido todo rasgo
humano específico; era una simple masa de grasa fláccida. Los contornos del
rostro estaban ocultos entre pliegues de carne suelta, como un retrato a la
acuarela abandonado afuera, bajo la lluvia. Ahora la cara empezó a sacudirse de
lado a lado, agitando la carne como jalea, en un aparente gesto de negación.
-Ya no se mueve, y está demasiado pesada para levantarse
-explicó Maryann-. Los demás la encontraron cuando buscaban a Blossom, y la
arrastraron hasta aquí con sogas. Les dije que la dejaran aquí, porque necesita
que alguien la atienda. Le traigo toda la comida, y es una tarea permanente.
La conmoción aumentó, y hasta pareció asomar una expresión
en aquella cara. Odio, tal vez. Luego, en el centro, apareció una abertura, una
boca, y la voz de Greta dijo:
-¡Váyanse, me dan ashco!
Antes de que se marcharan, ya la figura se introducía
puñados de dulzona pulpa frutal en el centro de la cara.
Mientras los hombres y Blossom descansaban, Maryann fabricó
una especie de arnés, y hasta logró ceñirlo alrededor de Greta, pese a las
sonoras protestas de aquélla. Luego fue en busca de otra enorme porción de
bazofia, usando el cesto para la ropa que rescatarán del incendio de la sala
común. Si no hacía eso cada hora, Greta comenzaba a llenarse el gaznate con
puñados de la suciedad que la rodeaba. Aparentemente no notaba ya la
diferencia, pero Maryann sí, y en gran medida le mantenía lleno el cesto por su
propio bien. Después que Greta tragaba suficiente pulpa frutal, estaba generalmente
dispuesta, como ahora, a unos pocos momentos de conversación, que Maryann había
agradecido durante las largas horas de espera en la oscuridad. Como Greta había
observado con frecuencia en esos intervalos de sobriedad:
-Lo peor de todo es el aburrimiento. Eso es lo que me llevó
a esta situación.
Esta vez, sin embargo, se refería a un tema menos
importante:
-Había otra película, ahora no recuerdo cómo se llamaba,
donde la muchacha era pobre y tenía un acento raro, y Lawrence Harvey era un
estudiante de medicina y se enamoraba de ella. O si no era Rock Hudson. Lo
tenía en la palma de la mano, sí. Dispuesto a obedecerla en todo. No recuerdo
cómo terminaba esa, pero prefería otra, con James Stewart, ¿lo recuerdas?, en
que la muchacha vivía en una hermosa mansión en San Francisco. Oh, hubieras
visto los vestidos que tenía. ¡Y qué hermoso pelo! Debe de haber sido la mujer
más hermosa del mundo. Y al final se caía desde una torre. Me parece que
terminaba así.
-Debes haber visto todas las películas en que actuó Kim
Novak -dijo plácidamente Maryann, mientras el bebé le mamaba del pecho.
-Bueno, si me perdí alguna, nunca la oí nombrar. ¿Por que no
aflojas estas sogas? -Pero Maryann nunca contestaba a sus quejas.- En una hacía
de bruja, pero no de las de antes, sabes? Tenía un departamento en la misma
Avenida del Parque o algún lugar parecido. Y un gato siamés hermosísimo.
-Sí, creo que ya me la contaste.
-¿Y por qué nunca contribuyes a la conversación? Ya debo
haberte contado todas las películas que vi.
-Nunca fui mucho al cine...
-¿Crees que vivirá todavía?
-¿Quién, Kim Novak? No creo, no. Es posible que seamos los
últimos. Así dice Orville.
-Tengo hambre otra vez.
-Acabas de comer. ¿No puedes esperar a que Buddy termine de
mamar?
-¡Te digo que tengo hambre! ¿O crees que me gusta esto?
-Oh, está bien.
Maryann levantó el cesto por la única asa que le quedaba, y
fue hacia una zona más saludable del tubérculo. Lleno, el cesto pesaba diez
kilos o más.
Cuando dejó de oír a Maryann cerca, Greta estalló en
lágrimas.
-¡Dios mío, odio esto! ¡La odio a ella! ¡Oh, qué hambre
tengo!
La lengua de Greta ansiaba cubrirse de la amada bazofia con
gusto a regaliz, como la lengua de un fumador empedernido anhela nicotina
cuando no tiene cigarrillos.
No pudo esperar el regreso de Maryann. Cuando hubo saciado
lo más agudo del hambre, dejó de meterse desechos en la boca y gimió en la
oscuridad:
-¡O Dió, cómo me oio! ¡A mi me oio!
Habían acarreado a Greta largo trecho, deteniéndose a
descansar recién cuando llegaron al tubérculo superior, donde pasaran la
primera noche del invierno subterráneo. A esa altura, la relativa frescura era
un bienvenido alivio luego del intenso calor de abajo. El silencio de Greta era
un contraste más bienvenido aún. Durante todo el ascenso se había quejado de que
el arnés la estrangulaba; de que se enredaba en las hiedras y la despedazaban y
de que tenía hambre. Cada vez que pasaban por un nuevo tubérculo, Greta se
llenaba la boca de pulpa con una velocidad prodigiosa.
Orville calculó que debía de pesar doscientos kilos.
-Oh, pesa más -repuso Buddy-. Te quedas corto.
Nunca habrían podido trasladarla tan lejos si la savia que
cubría la cavidad de las raíces no hubiera sido un lubricante tan eficaz. Ahora
el problema era cómo levantarla los últimos diez metros verticales de la raíz
principal. Buddy sugirió un sistema de poleas; pero Orville temía que las sogas
de que disponían no pudieran sostener todo el peso de Greta.
-Y aunque así sea, ¿cómo vamos a pasarla por esa abertura?
En diciembre, Maryann pasó a duras penas.
-Uno de nosotros tendrá que volver a buscar el hacha.
-¿Ahora? Yo no... cuando estamos tan cerca del sol. Propongo
que la dejemos aquí, donde tiene comida a mano, y sigamos nosotros el resto del
camino. Más tarde habrá tiempo para hacer de buenos samaritanos.
-Buddy, ¿qué es ese ruido? -inquirió Maryann. No era
habitual en Maryann interrumpir.
Escucharon, y aún antes de oírlo temieron lo que podía ser,
lo que era. Un sonido grave y áspero... un gemido... un chirrido no tan fuerte
como el de la esfera de metal tratando de penetrar en la caverna, porque era
más lejano y, además, no parecía tener la misma dificultad para encontrar
entrada. El gemido aumentó, seguido de un gran ruido semejante al de una
piscina de natación que comienza a vaciarse.
Fuera lo que fuese, ahora estaba con ellos en el tubérculo.
Con una furia tan súbita como el terror que ellos sentían,
se levantó un viento que los derribó de rodillas. Oleadas de fruto líquido se
elevaron del piso y las paredes, y cayeron desde el techo; el viento arrastraba
la cresta de cada ola, y la llevaba hacia el extremo opuesto del tubérculo,
como la espuma superflua que vuelca un lavarropa automático. La luz de la
lámpara sólo permitía ver fogonazos blancos de la espuma que volaba. Maryann
apretaba al hijo contra el pecho convulsivamente, desde que una ráfaga de
viento estuvo a punto de arrancárselo de los brazos. Con ayuda de Buddy,
forcejeando contra el viento, llegó al refugio. de una raíz que se bifurcaba
desde el tubérculo. Allí estaban a salvo de los peores efectos del ventarrón,
que ahora parecía bramar con más fuerza todavía.
Quedó para Orville tratar de rescatara Greta, pero era una
tarea imposible. Incluso en circunstancias comunes resultaba difícil arrastrar
su peso a través del resbaloso piso del fruto; solo, contra el viento, ni
siquiera podía moverla. En verdad, Greta parecía deslizarse hacia el vértice
junto con la pulpa frutal. Después de un tercer quijotesco intento, Orville
cedió de buena gana a las mudas súplicas de Blossom, y ambos fueron a reunirse
con Buddy y Maryann en la raíz.
Con su enorme peso, Greta se movió hacia adelante junto con
los demás elementos del fruto. Milagrosamente la lámpara que le habían confiado
durante el período de descanso brillaba todavía. En realidad, brillaba más que
nunca.
Aunque la visión comenzaba a vacilarle como una película mal
empalmada, Greta tuvo la seguridad de haber visto, en los últimos momentos
conscientes, las fauces grandes y palpitantes de la Planta: un brillante color
anaranjado rosáceo que sólo podía ser denominado durazno pango y, superpuesto a
él, un enrejado de reluciente rojo cenicienta. El enrejado parecía crecer a una
velocidad alarmante. Después sintió que toda la masa de su ser se hundía en el
torbellino, y por un breve momento de ingravidez volvió a ser joven, y luego se
estrelló sobre el enrejado, como una bolsa de celofán llena de agua soltada
desde gran altura.
Los que estaban en la raíz oyeron nítidamente el estallido.
Maryann se santiguó, y Buddy masculló algo.
-¿Qué dijiste? -gritó Orville, porque la tempestad estaba en
su apogeo, y aun allí, en la raíz, tenían que aferrarse a las hiedras para no
ser arrastrados de vuelta al tubérculo.
-Dije que esta noche habrá gusanos en la sidra -contestó
Buddy, también a gritos.
-¿Qué?
-¡Gusanos!
Volvió a oírse el chirrido, interrumpido o inaudible durante
la tormenta, y el viento cesó tan bruscamente como se levantara. Cuando los
chirridos disminuyeron hasta un nivel tranquilizador, los cinco regresaron al
tubérculo. Aun sin farol, el cambio era evidente: el piso estaba mucho más
abajo que antes; las voces repercutían en las superficies, que eran duras como
la piedra; hasta la gruesa cáscara del fruto estaba raspada. En el centro de
este espacio mayor, más o menos al nivel de sus cabezas; un gran tubo o caño se
extendía desde la abertura superior de la raíz hasta la inferior. Ese tubo era
caliente al tacto, y estaba en constante movimiento hacia abajo.
-¡Qué aspiradora! -comentó Orville- Dejó todo, limpito. No
queda ni siquiera para alimentar un ratón.
-Llegaron los cosechadores -repuso Buddy-. No habrás creído
que iban a plantar tantas papas y luego dejar que se estropearan, ¿verdad?
-Bueno, mejor vamos a la superficie a ver cómo es el
agricultor.
Pero se resistían extrañamente a abandonar el tubérculo seco.
Los dominaba un estado de ánimo elegíaco.
-Pobre Greta -dijo Blossom.
Luego de pronunciar estas breves palabras conmemorativas,
todos se sintieron mejor. Greta había muerto, y todo el viejo mundo parecía
haber muerto en su persona. Sabían que el mundo al cual ascendían ahora no
sería el mismo que habían dejado al irse.
será resplandeciente
ni las estrellas son limpias a sus ojos.
¿Cuánto menos el hombre, que es un gusano,
y el hijo del hombre, también un gusano?
Job 25: 5-6
Epílogo: La extinción de la especie
Tal como un gusano que atraviesa una manzana puede suponer
que ésta, su cualidad y sustancia, consisten simplemente en esos pocos
elementos que le han pasado por el propio e ínfimo cuerpo, cuando en verdad todo
su ser está rodeado por la fruta, apenas disminuida por su paso a través de
ella, tampoco Buddy, Maryann y el hijo, Blosson y Orville, al salir de la
tierra después de un prolongado trayecto por las sinuosidades laberínticas de
las propias maldades, puramente humanas, eran conscientes de la omnipresencia
de la maldad exterior más vasta, a la que llamamos realidad. Hay maldad en
todas partes; pero sólo podemos ver la que tenemos ante las narices; sólo
podemos recordar lo que ha pasado por nuestras entrañas.
Las esferas grises, cargadas de pulpa frutal, se habían
elevado partiendo de una tierra que ya no era verde. Luego, como seres
primitivos que despejan sus tierras, las máquinas servidoras de esos
agricultores extraños, convirtieron a la tierra en una pira. Los elevados
tallos de las grandes Plantas se consumieron, y el espectáculo tuvo toda la
grandeza de una civilización que cae en ruinas. Los pocos seres humanos que
quedaban volvieron á refugiarse abajo. Cuando salieron de nuevo, el fúnebre
manto que cubría la tierra abrasada les hizo recibir con alivio el eclipse
total de la noche.
Después sopló un viento desde el lago, y la mortaja se
aclaró, descubriendo en lo alto las pesadas nubes. Llegaron las lluvias. El
agua pura despejó los cielos, les lavó de los cuerpos las incrustaciones
acumuladas durante meses, y empapó la tierra negra.
Salió el sol, secó la lluvia, y los cuerpos de los seres
humanos se regocijaron en esa tenue calidez primaveral. Aunque la tierra era
negra, el cielo era azul, y de noche había estrellas: Deneb, Vega, Altaír, más
brillantes de lo que cualquiera de ellos recordaba. Vega, en particular,
brillaba luminosa. En la falsa aurora, un trozo de luna se elevó en el este.
Más tarde se iluminaría el cielo, y una vez más saldría el sol.
Todo les parecía muy bello, porque creían que las cosas
estaban volviendo a su orden natural; es decir, el de ellos.
Hubo expediciones a las raíces en busca de restos de fruto
olvidados por los cosechadores. Aunque escasos, esos restos existían;
racionando al extremo las migajas, quizá podrían sobrevivir al verano, por lo
menos. En el momento tenían además el agua y las hierbas del lago, y en cuanto
hiciera más calor planeaban ir hacia las cálidas tierras del sur, siguiendo el
Mississippi. Esperaban además que el océano fuera todavía fértil.
El lago estaba muerto. A lo largo de toda la costa
ennegrecida por el fuego se amontonaban los pescados muertos, como un monumento
recordatorio. Pero que el océano pudiera hallarse en el mismo estado... eso era
inimaginable.
La principal esperanza para ellos era que la Tierra había
sobrevivido. En algún lugar debía de haber simientes brotando en el suelo
tibio, sobrevivientes como ellos, y cuyo florecimiento haría verdecer de nuevo
la tierra.
Pero la esperanza fundamental, sin la cual todas las demás
esperanzas eran vanas, era que la Planta hubiera cumplido su ciclo, por largo
que éste fuera, y que ese ciclo hubiera concluido. Las esferas blindadas habían
partido luego de saquear el planeta, los incendios habían quemado el rastrojo,
y ahora la tierra despertaría de la pesadilla de esa segunda Creación extraña.
Eso esperaban.
Entonces, una alfombra del verde más vivo cubrió totalmente
la tierra. Las lluvias que habían lavado el cielo del humo de la quemazón,
también trajeron consigo los billones de esporas de la segunda siembra. Como
todo híbrido, la Planta era estéril, y no podía reproducirse sola. Cada
primavera había que plantar una nueva cosecha.
En dos días, las Plantas llegaban ya a los tobillos.
Los sobrevivientes dispersos sobre la chata uniformidad
verde de la llanura parecían figuras de una estampa renacentista que ilustrara
las cualidades de la perspectiva. Las tres figuras más cercanas, a una
distancia intermedia, componían una especie de Sagrada Familia; aunque acercándose
más, no se podía sino advertir que sus rasgos expresaban otra emoción que una
tranquila felicidad. En realidad la mujer sentada en el suelo lloraba
amargamente; y el hombre arrodillado detrás de ella, que le apretaba los
hombros como para consolarla, apenas podía contener las propias lágrimas. Ambos
contemplaban con fijeza el flaco bebé que la mujer tenía en brazos y que le
chupaba fútilmente el pecho seco.
Un poco más lejos se veía otra figura, ¿o diríamos dos?, sin
paralelo iconográfico alguno, a menos que la consideremos una Niobe
lamentándose por los hijos. Sin embargo, se suele presentar a Niobe sola o en
la perspectiva de sus catorce hijos; esta mujer sostenía en los brazos el
esqueleto de un solo niño. Este había tenido unos diez años al morir. El pelo
rojo de la mujer contrastaba de minera chocante con el verde que la rodeaba por
todas partes.
Casi en el horizonte se podían distinguir las figuras de un
hombre y una mujer, desnudos, tomados de la mano, sonrientes. Estos eran, sin
duda alguna, Adán y Eva antes de la Caída, aunque parecían algo más delgados de
lo que se los suele representar. Además eran bastante desparejos en cuanto a la
edad: él tenía por lo menos cuarenta años; ella era apenas una adolescente.
Iban hacia el sur, y de vez en cuando se hablaban.
La mujer, por ejemplo, volvía la cabeza hacia el hombre y le
decía:
-Nunca nos contaste quién era tu actor favorito.
Y el hombre respondía:
-David Niven. Siempre me gustó David Niven.
¡Qué bellas eran entonces sus sonrisas!
Pero estas figuras eran muy pequeñas, pequeñísimas. El
paisaje las dominaba por entero, verde, llano y, aparentemente, de vastedad
infinita. Extenso como era, la Naturaleza -o el Arte- había invertido en él
poca imaginación. Aun observando con atención, presentaba un aspecto sumamente
monótono. En cada pie cuadrado de suelo crecían cien plantas, cada una igual a
todas las otras, sin distinguirse ninguna.
La Naturaleza es pródiga. De cada cien plantas solamente una
o dos sobrevivirían; de cien especies solamente una o dos.
Pero el hombre no.
FIN